la soledad es un lugar tan vacío sin tí

Después de cinco días dando tumbos por aquí, llega un momento en que uno pide, suplica, un poco de tiempo, no mucho, unos minutos, una hora si puede ser, para hacer nada, para dar vueltas con la cámara de fotos en ristre, fabricando recuerdos a golpe de clic. Eso he hecho hoy.

Después de una deliciosa sidra en un merendero y cuando todo el mundo se retiró a sus quehaceres, yo me subí a un monte, a Deva, a sacar fotos a Gijón, a un Gijón azul y bonito, iluminado debilmente y con un cielo límpido y rosa.

Después, más tranquilo, cené una hamburguesa en los Vikingos, mirando al mar y a la noche y me fui a la playa. Mucha gente no lo sabe, pero el mejor momento para andar por la playa es cuando amanece o cuando es de noche. Son instante mágicos.

Por norma general, el ser humano es ambicioso y olvida muy fácilmente que el placer de la vida está en las pequeñas cosas, en las tonterías que, al cumplir años, relegamos al fondo del cajón con la excusa de que los adultos no hacen el tonto. Nos equivocamos. Yo hoy me reencontré con uno de los mayores y más pequeños placeres que conozco: pasear por la playa de noche, con buena música. En la iPod sonaba Sabina, Fito y los Fitipaldis, Héroes y alguno más que no recuerdo y, entre todos, ponían música al movimiento de las olas. Sólo faltaba eme corriendo contra la marea y escribiendo su nombre en la arena, saltando nerviosa y juguetona.

Este post está dedicado a vosotros, gentes de muy variado pelaje, que teneis una playa al lado de casa y no conoceís el placer de pasear de la mano de la única persona importante en este sucio mundo, mientras la arena juega a hacer carreras entre los dedos de los pies. Yo, desde la distancia, estaré anhelando volver a jugar con las olas.

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install party

Cada vez que me paseo por el norte me pasa lo mismo. Mi tiempo se convierte en una vorágine de amigos, familia, sidras, noches y ordenadores.

Esta vez ha sido la peor y en los seis días que estaré al fresco voy a estar más de 18 horas instalando sistemas operativos, programas, webcams y mulas. Lo peor es que la mayor parte de las install parties son por la noche, entre las doce y las cuatro de la mañana.

A veces pienso que la culpa es mía por ser tan posesivo con el ordenador, por querer saber que tiene, que le duele y cual es la solución.

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Counter Strike night

La espalda siempre apoyada contra lo que queda del muro exterior de la casa, en cuclillas, mirando constantemente a derecha e izquierda por si alguien te ha visto desde la calle y situado en un lugar desde el que se vea el final de las escaleras.

Estás en un tercer piso sin tejado y medio destrozado, pero da lo mismo.El muro de la vivienda es un vago recuerdo y sólo queda en pie la mitad, desde la ventana hacia la derecha. Afuera está lloviendo pedriza y, sin embargo, la calma te inunda. Sabes que tienes que hacer y eso te tranquiliza; ya eres perro viejo y resabiado.

Alguien en la calle monta un escándalo y sabes que tardará entre tres y cinco segundos en volver a disparar; es el momento.

Te pones en pie, el rifle apunta al techo que no hay, te mueves rápido hacia la izquierda, a la ventana, barriendo el terreno, buscando algo diferente en el paisaje que ya conoces, una cara, un cuerpo, una gorra, un casco; el rifle ahora va por delante, amenazador. Cambias a la mira telescópica, has visto algo extraño. Un reflejo.

La ventana se termina, no tienes más visión, más ángulo. Posición inicial, la espalda contra la pared, en cuclillas, el rifle mirando al cielo. Han pasado tres segundos, con suerte sigue liado recargando el panzerfaust, creyendo que nadie le busca. Esta vez, el movimiento será por la derecha y usando el resto del muro como parapeto. Tienes dos segundos.

En pie, el rifle mirando al cielo, te mueves hacia la derecha, esgrimes el rifle, el tiempo apremia, dos segundos. Usas la mira telescópica desde el principio, desde el mismo límite del muro. Te mueves rápido, ya conoces el paisaje. La ampliación de la mira lo muestra; tras unos escombros, a través de una ventana, verde y pulcro, aparece un casco de infantería aliada. Un segundo. No te ha visto, no se mueve, no te siente, no sabe que la cruceta del Kar98 está en su nuca. Cero segundos.

Se gira, ha terminado de cargar el arma y te busca. Puedes ver cómo inicia el movimiento de levantar el pesado panzerfaust y cómo apunta hacia donde te encuentras, el tercer piso, mientras mantienes la cruceta fija entre sus ojos. Suavemente, con mimo y precisión, pulsas el botón izquierdo del ratón. ¡Plak! ¡Plak! Dos disparos. Con uno hubiese sido suficiente, pero nunca se sabe y es mejor asegurarse; él, con uno solo de sus proyectiles te borra del mapa. No ha terminado el movimiento y se ha caido hacia atrás con violencia. No hay acritud ni triunfalismos, sólo alguien que cae; no es personal, sólo son negocios. Alguien que lleva corbata y que está sentado dos puestos más allá ahoga un gemido y un insulto.

Al instante, sin saber cómo, sin darte cuenta, estás en cuclillas, con la espalda pegada a la pared, el rifle mirando al cielo, tranquilo. Pulsas la erre y el rifle baja; le introduces dos balas en la recámara. Estás listo otra vez.

Después todo se repite, una y otra vez hasta que dan las cuatro de la mañana y, agotados pero contentos, cada uno se retira a dormir.

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