historia

Hablando de la década de los ochenta, estaba empezando a recordar cómo era la vida sin tanta saturación de información, sin tantas noticias al instante ni esta necesidad de tener un ordenador e Internet, sin esta ventana abierta al mundo que tanto ofrece y tanto exige.

Los trabajos para el cole se hacían a mano, si esperabas una llamada lo hacías literalmente junto al teléfono, los alimentos sabían a otra cosa o quizá es que simplemente sabían, te llevaban a aprender mecanografía en viejas y enormes Olivettis, cuya función principal era borrarte las huellas dactilares por la fuerza que había que emplear con las teclas, a mi barrio lo cercaban los praos y el mar, la nocilla y la leche condensada estaban permitidas cada cierto tiempo, las meriendas eran de colacao y tostadas con mucha mermelada, los yogures eran caseros y la biblioteca del ateneo era el lugar más cálido y lleno de información del mundo, era Internet.

Si creyese en alguna religión más o menos oficial, pensaría que el mundo se está quedando sin alma, que estamos perdiendo el rumbo y que de esta no nos salva ni el tato. Como no es el caso, sé que me aproximo a otro cambio de década y eso, aunque lleve dos o tres años mentalizándome, asimilándolo y tratando de hacer del evento una fiesta, jode. ¡Y cuanto!

nostalgia, recuerdos, 1980

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23-f

Últimamente están de moda las fechas abreviadas, los 11S , 11M, 7J y quizá por eso ahora, en este instante, un halo a viejo y miserable recorre la televisión, que está entretenida juzgando y condenando el intento de golpe de estado de hace ya veinticinco años, con mayor o menor fortuna.

En el día de hoy y los siguientes se hablará largo y tendido, de hecho las televisiones llevan abonando el terreno una semana con especiales y exclusivas, y debe ser que no hay noticias, no mueren suficientes negros en algún lugar recóndito de Africa como para justificar dos minutos de noticia en antena y por eso intentan entrevistar a Sáez de Inestrillas a cuerpo descubierto, batalla harto complicada, por cierto. En otros canales hablan de libros acerca del tema o un grupo de militares golpistas cantan una versión de La fuerza del destino de Mecano.

Ayer mismo, el loco de la colina, Jesús Quintero, le arrancaba una bonita e interesante entrevista a Arturo Pérez-Reverte en donde decía, más o menos, que se había largado de la televisión porque la conocía demasiado bien y porque se había cansado de hablar, durante un minuto y medio, de guerras que no importaban a nadie. Sinceramente y viendo cómo está el patio, no puedo menos que darle la razón y admirarle por su entereza.

Tengo que pasarme a la lectura, al ordenador, al mus o al macramé, pero debo dejar de ver la tele.

23 de febrero de 1981, 23f, 23-f

lo has vuelto a hacer

Siempre me digo lo mismo, como una letanía, lo has vuelto a hacer, lo has hecho de nuevo, como siempre, una vez tras otra, como si el tiempo no importase, como si no hubiese otra manera de vivir, de pasar o, simplemente, de figurar. Y es que tiendo, irremisiblemente, a repetirme, a volver siempre al punto de partida, sea bueno o malo, condenado a repetir sin éxito los monólogos, como en la película de la marmota pero sin la posibilidad de mejorar, de aprender de mis errores y, finalmente, de evolucionar hacia una forma menos agresiva de mí mismo, un tipo cuya imagen en el espejo no le sea ajena, que sonría como esa foto que mi madre le dió a eme y en la que un yo de hace casi tres décadas sonrie de la única manera que merece la pena, a carcajada límpia.

PD todo va bien.

letanía

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cinismo

Hace días que no estoy alegre, más bien todo lo contrario y, supongo que por eso, escribo poco. No soy amigo de cinismos ni tonterías y si no tengo ganas de nada, si mi trabajo se torna monótono y los días son fotocopias unos de otros que van perdiendo color, opto por quedarme quieto y callado, por no fingir que soy lo que no quiero ser y por meterme un rato en mi caparazón, tranquilo, dejando vivir.

En días así suelo refugiarme en los libros, las web que tengo pendientes y los quehaceres diarios, esos que no le gustan a nadie y nadie es capaz de librarse de ellos. Y sí, ayuda, alivia y, de manera imperceptible, acorta los días de manera vertiginosa.

Es definitivo, tengo que buscarme algún vicio creativo, que me devuelva un poco de pasión y de ganas, de confianza y mala leche, que me obligue a robarle horas al sueño.

saliva, cinismo, mala leche