el bar nalón

Las gentes de la Ciudad Tecnológica Valnalón, mis antiguos compañeros y amigos, están de visita en Mérida para contar las maravillas de su programa de formación a emprendedores, la “Cadena de formación”. El evento será mañana en el Palacio de Congresos y, por supuesto, trataré de pasarme.

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y nos dieron las diez

He podido recuperar el dinero de las entradas del concierto de Sabina, pero en forma de cheque al portador sin fondos. Delante de mí, en la cola que la empresa ha instalado en la plaza de España, una chica intentaba, sin éxito, que le devolviesen en efectivo el dinero de doce entradas y en el periódico de hoy citan a otra chica con 75 entradas. Menos mal que no lo suspendieron porque no iba a ir nadie. ¡Ah! En el periódico no comentan que la caseta de marras estaba custodiada por un segureta con aspecto de pit-bull con migraña y una pareja de policías locales, por si acaso a alguien se le pasa por la cabeza prenderle fuego.

Pero en un país cainita y ruín como este, en donde hay que pagar por todo dos veces, las gentes de bien del ayuntamiento se han apresurado a montar un circo publicitario bananero para que esto no vuelva a pasar:

“Además –indica la delegada- se pone a disposición de todos los que se consideren afectados los servicios jurídicos del Ayuntamiento de forma gratuita para que nadie sufra ningún quebranto monetario por causa del incumplimiento de la empresa encargada del concierto; con todo ello, este Ayuntamiento se encarga de gestionar sin riesgo espectáculos. Esa es la gran diferencia con el partido socialista”.

Vía: mérida.es.

Se les ha olvidado, como no, el hecho de que llevan organizando con este señor (Agustín Tarazona) un montón de conciertos durante unos pocos años, con finales parecidos. La memoria es frágil, sobre todo en política.

Al final lo de siempre, las ganas te las mojas con el café y el cabreo te lo ventilas jugando al fútbol y, manda huevos, te puedes dar con un canto en los dientes por haber recuperado el dinero de las entradas, o eso espero. En cuanto al otro concierto, el del 22 de junio, no tengo pensado ir, ni loco, ni borracho, ni ‘jarto vino’. Y jode, vaya si jode.

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offline

Lo que empezó siendo una posibilidad, un sueño cuasi imposible, sucedió estos días. Me fuí a Sevilla con la vana esperanza de desconectar del trabajo y olvidarme de todo lo que fuese posible en poco más de setenta y dos horas y, raro en mí, no he tocado un teclado (salvo el del móvil) en estos días. A cambio he sucumbido a las cervecitas, al pescaíto, a las puntillitas, al calor y a casi cuatro horas en la piscina del ático del hotel, con vistas a la Giralda.

la giralda desde la piscina

Cuando llevas una temporada dura en el trabajo, todo afecta, todo pasa factura y, con sorpresa, un día te das cuenta de que estás discutiendo por cualquier chorrada que ni te va ni te viene, sólo necesitas oír tu voz y, quizá por eso, la levantas más de la cuenta. Demasiado tiempo sin parar, sin desconectar, porque no sabes que lo necesitas, pasa una factura muy alta y, por eso y por mucho más, hay que irse, lejos, sin portátiles ni tecnología, a la vieja usanza: playeros y bermudas.

En cierto modo fue como antaño, como mi primer trabajo, dando tumbos por la piel de toro y conociendo ciudades de seis de la tarde a once de la noche, si había suerte. En aquella época salía de la gasolinera de turno, pasaba por el hotel, me vestía de oriundo y me iba a dar vueltas por el lugar donde estuviese. Sevilla, Valencia, Barcelona, Madrid, Soria… siempre con el atardecer, la mayor parte de las veces solo y más feliz que unas castañuelas.

Con tanto trajín he aprendido a camuflarme y, a pesar de pasearme por los alrededores de la catedral, de estand en estand de la feria del libro, ni una sola gitana me ofreció romero. ¡No he perdido el toque!

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