no salgas de tres…

Y ¿cuantas veces más contemplarás la luna llena? Quizás 20. Y sin embargo, ¡todo parece tan ilimitado!

Hace ya algunos años que aprendí, a hostias, como se aprenden las cosas que nunca se volverán a olvidar, que el tiempo que pasamos con las personas a las que queremos nunca es bastante. Cualquier pequeña estupidez, cualquier insignificante acción que hagas con los tuyos, con tu familia, con tus buenos amigos, es importante. Al final, sólo somos imágenes quietas en fotos amarillentas, pero cobramos vida, nos movemos y respiramos, en cuanto alguien se fija en nosotros y pregunta ¿quién es? Entonces, como por arte de magia, la cara de la persona que recoge la pregunta se ilumina, sonríe y dice “es mi nieto. Vive en Madrid, pero me llama todos los miércoles y jugamos una partida de ajedrez a través de Internet desde hace un mes. De momento, le estoy ganando”.

De pequeño, animaba a mi abuela, con sus sesenta años cumplidos, a montarse en los columpios conmigo. En su niñez nunca tuvo columpios, ni balancines ni nada que se le pareciese, solo hambre y castañas mayucas. Lo hizo varias veces y sonreía de una forma especial, diferente. Se reía por dentro, sabiendo que, al vencer a la vergüenza, había cumplido uno de sus anhelos, de sus fantasías. Años más tarde, esa misma sonrisa la llevaba al bajarse de un avión en Barcelona, cuando la llevé al Liceo a ver una sinfonía, ya que la temporada de óperas había terminado. Yo no esperaba nada de aquel viaje y me pagaron con una sonrisa que aún hoy no he conseguido olvidar.

Para nosotros, lo viejo ya no es útil. Tenemos una concepción del mundo cruel y despótica, en la que todo aquello que tiene más de medio siglo de edad está desfasado y acabado. Ya no se escuchan las palabras de la gente con más años, ya no les hacemos caso y eso, poco a poco, nos hace perder memoria e historia. He aprendido más jugando al tute con mi abuelo de lo que soy capaz de reconocer. Nos modelan, nos dan patrones de comportamiento sin que lo sepamos y terminamos cogiendo las cartas como ellos o diciendo “¡arrastro!” de la misma forma, arrastrando las erres y apretando los dientes. Nos cuentan sus pequeñas historias y sus grandes miserias, el cuerpo ya no aguanta, me cuesta subir escaleras, que bien que has venido, come, hijo, come, que estás muy delgado. Me dejo querer, convencido de que mañana pueden no estar aquí y que este mundo será un lugar inhóspito y cruel sin sus gestos y sus sonrisas de medio lado, pícaras y sabihondas, con el cigarrillo a la mitad y haciéndote caer, inexorablemente y por quinta vez, en la misma trampa del tute. No salgas de tres si no sabes que ha sido del as…

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¿dónde está Peter Jackson cuando lo necesitas?

Antes de nada, un aviso. Esta entrada es una crítica de la película Alatriste y también habla de los libros homónimos de Arturo Pérez-Reverte y cuenta argumentos y escenas que pueden desvelar el final de los mismos.

Ayer fuimos, finalmente, a ver la película más cara del cine español y una de las que, a priori, mejor reparto tiene y fue contra todo pronóstico, una noche decepcionante como pocas que recuerde. Pérez-Reverte concibió la historia del soldado de los tercios viejos de Flandes como un folletín novelado al estilo de Alejandro Dumas y sus mosqueteros, una colección de siete libros de los que lleva cinco editados y de los que los más fanáticos esperamos los dos que restan como agua de mayo. Pues bien, a pesar de haber leido y oído que, para elaborar el guión sólo se basaron en los libros ya publicados, la película destripa los dos títulos que faltan y ahora ya sé que Angélica de Alquézar va a traicionar a Íñigo y cómo va a morir Alatriste y estoy empezando a pensar que Pérez-Reverte no va finalizar el folletín y se va a dedicar a otros asuntos.

La película, desde el principio, me resultó incomprensible y terriblemente lenta, a pesar de haber releido los libros en un par de ocasiones, y sólo se mostraba una sucesión de escenas inconexas de cruentras batallas en Flandes y duelos a espada en Madrid, omitiendo toda la historia intermedia o mejor, sustituyéndola por un breve subtítulo al inicio, que debía orientar al espectador acerca de qué había sucedido entre medias. También es cierto que, resumir siete libros en dos horas y media exactas es dificil, máxime cuando no dejas ninguna trama en el tintero, aunque sea imposible desarrollarlas todas o, simplemente, mantener cierta coherencia entre ellas. Comparandola con la trilogía de Tolkien, su universo fantástico y complejo, lleno de personajes y la adaptación (bastante más que buena) de Peter Jackson en El Señor de los Anillos, que también contó con un presupuesto millonario y un reparto de lujo, amén de un guión fielmente adaptado de los libros, ésta pelicula no pasa de spaguetti western, de intento fallido de imitar algo que le viene grande.

De lo poco bueno, tres actores. Juan Echanove con su Quevedo, lúcido y crítico con su época, tullido y, sin embargo, diestro con la espada y arrogante. Javier Cámara como el Conde-Duque de Olivares, el Grande más poderoso que, probablemente, haya habido por estos lares, altivo y loco, despótico y Elena Anaya, Angélica de Alquézar, mala, malísima en esta historia, mujer fatal, inteligente y ambiciosa que utiliza a su antojo a todos los que la rodean. Otro aspecto reseñable de la película es que muestra, de forma más continua, la relación entre los personajes que con los libros queda un poco diluida, olvidada entre tanta escaramuza y artimaña. La cara amarga de los personajes es que, la mayoría resultan planos, incluso el propio Íñigo Balboa, hilo conductor de la historia y coprotagonista, pasa a un inquietante segundo plano en mitad de la narración.

En resumen, la película me resultó un fiasco, a pesar de las buenas intenciones y las ganas que le tenía. Lenta, inconexa, poco clara y simplona, son algunos de los adjetivos que me ha dejado, como una estocada, Alatriste, de Agustín Díaz Yánes.

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café por litros

A la una y media de la mañana apenas se escuchan ruidos, los pirados de las motos y los quads hace rato que no salen de sus casas y sólo el siseo sordo y rítmico de los aspersores de agua, que inundan el jardín de la comunidad de vecinos, rompe el silencio.

Ha sido un fin de semana diferente, con más gente de lo habitual pululando por la casa, con turnos para la ducha y café por litros, pero ha valido la pena. La visita, padres y tíos, han venido a vernos, a ver el piso y a llevarse por delante varios meses de dietas en unas demoledoras jornadas gastronómicas, aunque también han venido con la navaja suiza de McGyver y el mono de trabajo. Sólo llevaban unas horas aquí y ya habían sido vistas para sentencia las puertas corredizas del armario, que debían poder moverse de un sitio a otro, las estanterías del despacho, que no tenían los tornillos adecuados, la puerta del horno, que no cerraba correctamente, las mosquiteras de las puertas, que necesitaban mimos y la puerta del aseo, que necesitaba un par de arandelas nuevas. La árdua tarea de quitar y volver a poner todos los tornillos de las sillas, argumentando que están flojos, ramonín, no cuenta para nota. En líneas generales el piso ha gustado, la decoración made in Suecia ha gustado y la distribución también, así que se puede decir que hemos sacado un aprobado holgado, a falta del sofá y de cuatro detalles más.

Aunque normalmente no se dice, las visitas se agradecen y se celebran como un día de fiesta en que todo está permitido. La gente habla a la vez, a gritos y quitándose la palabra, tratando de poner al corriente de las novedades, a toda velocidad, contando los últimos chismes y haciendo bromas sobre los mismos temas de siempre. Esta vez, esa situación, me produjo una extraña sensación de vacío, de vértigo y de caida en espiral porque, a pesar de haber comprado un piso a setencientos kilómetros de ellos, el escuchar las voces de media familia comentando el color de las paredes en mitad del salón, me hacía sentir perdido y deshubicado, pero feliz.

La semana que viene seremos nosotros los que haremos los setecientos kilómetros hacía el norte, buscando un descanso que tenemos más que merecido y al resto de caras que esta vez no han venido.

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