Al parecer, un albañil tiene que tapar una fuga con cemento que pidio a las tres de la tarde y, a eso de las ocho, llama al jefecillo para conversar.
Aviso, no es bueno escuchar esto en el trabajo sin auriculares [NSFW].
Vía: Deme algo.
Al parecer, un albañil tiene que tapar una fuga con cemento que pidio a las tres de la tarde y, a eso de las ocho, llama al jefecillo para conversar.
Aviso, no es bueno escuchar esto en el trabajo sin auriculares [NSFW].
Vía: Deme algo.

Me sabe a microcuento, al dinosario que seguía allí, a cambio climático y a coro griego avisando de una tragedia que se masca. Un bicho de estos, tiburón o lo que sea, no sube seiscientos metros en vertical, con lo que conlleva, por nada. Ramón tiene razón, hay que mirar más allá o, mejor dicho, más aca, en lo que nos rodea, en lo inmediato y cercano, eso que pasa desapercibido por cotidiano y que son indicadores tan válidos como el índice de la bolsa de Madrid.
Nos estamos cargando el mundo. Felicidades.
Vía: Ramón en ElPais.com.
“Tendrías que haberme advertido de esto. Me habría vestido para la ocasión. Con mi aspecto, el camarero creerá que te he traído secuestrada”. “¡Bobadas! Me gusta como eres. ¿Recuerdas?, una noche me dijiste que éramos planos distintos de la misma película”. “Sí, pero es que viéndote ahora, tengo la sensación de haberme equivocado de reparto. Me siento como “El Lute” cenando en un bis a bis con Adurey Hepburn”.
Hace ya tiempo que lo sé, que no voy a escribir algo que además de resultar interesante, no lleve la etiqueta mediocre colgada de la solapa y, quizá por eso, porque esa la certeza siempre está ahí, valoro tanto la forma de escribir de Alvite, del bueno de Al, un tipo que escribe lo que yo sólo sueño esos dían en que me levanto con una sonrisa en la cara. Al, muchacho, mi más sentida envidia…
Vía, El Faro de Vigo.
A ella le aburrían los libros de texto; desde niña le aburrieron. En ese terreno se movía un poco en la quimera. Amaba el libro, pero el libro espontáneamente elegido. Ella entendía que el vicio o la virtud de leer dependían del primer libro. Aquel que llega a interesarse por un libro se convierte inevitablemente en un esclavo de la lectura. Un libro te remitía a otro libro, un autor a otro autor, porque en contra de lo que solía decirse, los libros nunca te resolvían los problemas sino que te los creaban, de modo que la curiosidad del lector quedaba siempre insatisfecha. Y, al apelar a otros títulos, iniciabas una cadena que ya no podía concluir sino con la muerte. Sentía avidez por la letra impresa. Y me la contagió. Fue ella la que me aproximó a los libros, a ciertos libros y a ciertos autores. En realidad me abrió las puertas de ese mundo.
* Señora de rojo sobre fondo gris — Miguel Delibes.