Es el mejor homenaje que he visto en estos últimos días. ¡Hasta las monjas del cielo esperan por él!
Archivos Mensuales: septiembre 2008
no soy el único que lee en sitios raros…
Ahora mismo estoy viajando en un tren y voy leyendo un libro gordo muy interesante. Mis tiempos de lectura ocurren en el ferrocarril o cuando estoy cagando en casa. Pero resulta que tanto el baño como el vagón presentan incomodidades: no tienen mesas amplias ni apoya brazos, por ejemplo; entonces al libro lo debo soportar en las manos. Cuando el volumen es breve no hay mayores problemas, pero ir y venir con un ladrillo de medio kilo en las manos, en pleno siglo veintiuno, empieza a resultar un despropósito.
Hernán Casciari en El turista original.
Recuerdo con mucho cariño la ruta en tren que, día tras día, me llevaba hasta La Felguera y en donde leía todo lo que podía, casi de forma compulsiva. La ida la dedicaba sobre todo a dormir y al final me resultaba fácil saber cuando despertarme para no pasarme de estación. Pero la vuelta tenía algo de placidez y relax, con el walkman a todo trapo y una novela o un tocho técnico entre las manos, mientras dejaba que el tren me meciese hasta casi dormirme. Era en estado de duermevela cuando los conocimientos del libro pasaban mejor hasta el cerebro, a través de las manos.
En aquel vagón y con aquel método de estudio tan válido aprendí algunos de los conocimientos técnicos que, todavía hoy, me salvan el cuello en alguna ocasión. En algún punto del trayecto entre La Felguera y El Berrón aprendí la teoría de bases de datos y los rudimentos del lenguaje SQL’92. PHP3 cayó entre La Florida y Tremañes. Pero, mi momento preferido fue, sin duda, cuando me puse en pie a la altura de Carbayín porque en “La carta esférica”, Coy acababa de incumplir su promesa con la protagonista de la novela, el personaje femenino con el mejor nombre que soy capaz de recordar, Tánger.
perdón
Estos días tengo el blog un poco apartado y apenas si escribo. Lo siento, pero no es culpa mía. Si alguien quiere pedir resposabilidades, los verdaderos culpables son mi abuela y mis padres.
La primera lleva poco más de doce días con nosotros, en Mérida y hace cuatro que la nevera tiró la toalla, incapaz de seguirle el ritmo y congelar todo lo que ella preparaba. Ha cocinado todo tipo de platos y delicias que estaban, sencillamente, sublimes y, en este punto, voy a ser parco en explicaciones porque sólo hay una forma de imaginarlo y estar aquí y probar todo lo que sale de mi ex-cocina.
A mis padres les debo una exquisita educación que me impide hablar mientras estoy comiendo y, como sólo llevamos doce días a dieta de delicatessen, no me queda tiempo para nada.
El lunes vuelvo.

