ese puente es mío

Ayer leía en el foro Extremadura en fotos, de flickr, que un usuario de la web, pericomart había notado cierta similitud entre una de sus fotos del Puente de Lusitania de Mérida y otra aparecida en el cartel ganador del concurso convocado para anunciar el Carnaval Romano (es un fichero PDF y la foto se puede ver en la primera página).

La persona que diseñó el cartel del carnaval, por lo visto, cogió la foto de flickr y, para colmo de sus desgracias, ganó el concurso. Digo que fue una desgracia porque, si no llega a ser el elegido, nada de todo esto habría llegado a más, el verdadero dueño de la foto no se habría dado cuenta y al ayuntamiento no le lloverían más problemas con la fiesta de los disfraces.

Al coger esa foto, hacer un bonito cartel con ella y presentarlo al concurso como de su propiedad (intelectual), ya estaba incumpliendo una de las dos partes de la licencia de la foto, que puede verse claramente en la página de flickr: la de atribución. La otra parte de dicha licencia, la de uso no comercial de la misma, se la llevó de calle al ganar el concurso y embolsarse el premio.

Así las cosas, esta mañana el ayuntamiento de Mérida, tras recibir un email de pericomart, ha convocado al jurado del premio y dado como ganador al segundo clasificado, anulando al primero. Después, han publicado una nota en su web anunciando que “El jurado decide la nulidad del ganador del concurso del cartel de Carnaval”, dando por buenas las suposiciones del fotógrafo.

Desde que me dedico a compartir mis fotos por internet, en sitios como flickr, el saltarse a la torera la licencia de las mismas viene siendo, más que una molestia, una constante y, sinceramente, espero que este caso sirva como escarmiento, porque más allá no irá. Para terminar, pongo aquí la foto de pericomart, sin violar ninguna licencia.

Puente Lusitania de Mérida (por pericomart_ocupado(busy )
Puente Lusitania de Mérida (por pericomart_ocupado(busy ).

Nota: la máscara de carnaval también había sido “cogida” de un blog.

el orgullo de mi madre

Hace algunos años, un puñado de avezados políticos decidieron que el orden de los apellidos era un tema vital para la seguridad del país e hicieron una ley para poder alterar el orden de éstos. En cuanto dicha ley salió adelante, mi madre nos reunió al hermanín y a mí para comentarnos, en un ambiente serio y circunspecto, que Martínez había muchos y Castañeda unos pocos menos y que debíamos pensar en el bien común. Debíamos cambiar el orden de nuestros apellidos, según su opinión, para preservar nuestra herencia.

Su intento, duele decirlo así, no prosperó en la misma línea que el de los políticos y, tanto el hermanín como yo declinamos amablemente su propuesta. No fue fácil y no abundaron los argumentos pero sé que no se lo tomó mal. Simplemente, jugó sus cartas para ver cómo no le salía nada más allá de una pareja de doses.

Estos días estoy realizando unas labores en un CPD al que se accede tras superar una de esas máquinas de control biométrico. Todo muy moderno y seguro. Lo divertido fue ver el nombre con que me identifica el aparato.

orgullo

Mi primera impresión fue que la máquina había hablado con mi madre a mis espaldas y, de motu propio, había decidido cambiarme el nombre, omitiendo mi primer apellido. Imaginé a mamá, henchida de orgullo, al ver cómo su apellido prevalecía sobre los viejos preceptos, victorioso.

No fue hasta un rato después cuando noté que, como se trata de un aparato anglosajón, no conoce la letra eñe y, otra vez, me había cambiado el nombre. Así que, finalmente, creo que quien ha utilizado la máquina no he sido yo, sino alguien con un nombre parecido.

conozco ese sentimiento

El tubo de la ventilación arrastra el sonido sordo y llorón de una trompeta que ejecuta con solvencia un jazz, un par de pisos por debajo. Sólo oigo el lamento dulce del instrumento y, durante unos instantes, me dejo arrastrar por las notas. No es muy habitual, al menos en mi edificio, que te regalen los oídos con un buen tema musical mientras estás sentado en el váter. Lo normal es que te bombardeen con algún tipo de ruido blando o rap repetitivo y cruel, más acorde al sitio y al momento. Sonrío y me pongo a pensar cual sería la mejor música para acompañar un momento como éste. Definitivamente, una música como aquel jazz, seco y dulce, no le pega al momento. Más bien algún tema comercial, algo de uno de esos cantantes sin apellidos de revista adolescente o, quizá no, quizá algo con más ritmo, puede que un tema techno, machacón y repetitivo hasta el infarto.

En el patio de vecinos, una manada de niños juegan a perseguirse entre ellos. Las niñas del grupo, más lentas, chillan mientras corren y chillan más cuando son alcanzadas. Los niños, más ágiles, chillan mientras corren y algunos lloran al ver cómo les alcanza una niña. Los chillidos que indican una nueva víctima del juego llegan claros, a pesar de las ventanas cerradas. Una tarde, no hace mucho tiempo, me pasé dos horas viendo cómo esos pequeños monstruos iban de un lado a otro, entre gritos y amenazas. Sólo sabían hablar a gritos y pegarse. Chillar, correr y cambiar el sentido del giro en aquel patio cuadrado. Recuerdo que me fascinó la simpleza de su mundo, el correr hasta terminar sin aliento y los continuos comienzos con cada nuevo perseguidor. Añoré esa facilidad para vivir, ese mundo sencillo donde sólo hay que respirar, gritar y correr un poco más rápido que otro. Ahora mismo está oscureciendo y, poco a poco, sus gritos desaparecerán en los interiores de las casas, para dejar paso a las motos sin tubos de escape. Es ley de vida. Me aterra pensar que los monstruos que corren por el patio hoy, serán los pilotos de competición que no sabrán que eso que llaman moto tiene que llevar un tubo de escape, mañana.

La boca me sabe a miedo, a asco y saliva seca. Conozco ese sabor amargo al final del paladar. También conozco ese exagerado peso que cargan mis hombros desde hace meses. Poco a poco, como en un despertar, he ido dándome cuenta de todos los pequeños síntomas que recubren ésta enfermedad vieja y conocida. El sabor amargo de la mierda ajena, el peso que todas las mañanas cae sobre mis hombros, nada más salir de casa, con una extraña familiaridad y el mutismo creciente, las pocas ganas de hablar con nadie, me dibujan un cuadro que ya conozco. Me reconozco en el cuadro, me miro y sé que soy yo. Veo un yo olvidado que ha vuelto. Conozco ese sentimiento, esa pesadumbre y sé qué lo causa. Reconozco, a través de los años, la misma sensación de cansancio y hartazgo, el horizonte bajo y cercano que dibuja un paisaje sin esperanza ni visos de mejora. Fue el mismo paisaje que me trajo a Extremadura. En aquella ocasión aprendí que los cambios de aires solucionan estos dilemas.

Cabeceo un poco mientras miro el libro languidecer entre mis manos. Apenas si me he dado cuenta de que los estoy sujetando. No he leído más que unas líneas de las que no recuerdo nada. Lo cierro y lo dejo en la estantería. La música hace rato que enmudeció y la ventilación sólo trae los rumores físicos de otra gente, en otros pisos. Los niños poco a poco se van calmando, agotados tras un día entero persiguiéndose y el día cae, junto a mi ánimo, a algún rincón oscuro a pasar la noche.

Mañana, más tranquilo, probablemente lo vea todo de forma diferente. Hoy, harto, no creo que haya nada que justifique el esfuerzo de levantarse de la cama cada mañana.