Carlos: n1mh
n1mh: dime
Carlos: si te tuvieras q definir como profesional de la informatica en que “cajón” te meterías?
n1mh: en el de las putas
Lo cual me recuerda la mejor respuesta para estas preguntas: Y tú, ¿en qué trabajas?
Carlos: n1mh
n1mh: dime
Carlos: si te tuvieras q definir como profesional de la informatica en que “cajón” te meterías?
n1mh: en el de las putas
Lo cual me recuerda la mejor respuesta para estas preguntas: Y tú, ¿en qué trabajas?
Pegatinas chulas, simpáticas y muy nerd para añadir al blog. Me ha costado elegir sólo una muestra, estas seis porque la web tiene bastantes más y todas muy graciosas. Me ha gustado, especialmente el sticker de los white russians, la bebida favorita de El Nota.
La lista completa, en One Plus You.
Coincidiendo con el Día Internacional del Libro y la celebración en Mérida del día de los derechos de autor, me propuse hacer algo diferente y liberé un par de libros por la ciudad.
¿Liberar? ¿Acaso caminan solos? Casi. La idea de liberar libros no es nueva, se trata de dar la oportunidad a otras personas para que lean los libros que a uno le dicen algo, de compartir la cultura y el conocimiento mediante préstamos a fondo perdido
. Pero, en una pequeña capital como ésta, estos movimientos no es algo que suceda a menudo, uno no se encuentra en la calle con libros que otros van dejando, sencillamente porque tiene un caracter muy minoritario, casi personal.
Así que, sacudida la apatía inicial, esa inercia que casi obliga a no hacer nada, seleccioné dos libros, los etiqueté en la web de bookcrossing y me fui al centro de Mérida para liberarlos. Los elegidos fueron Las enemigas, de Paulette Jiles y El año que tampoco hicimos la revolución, de Colectivo Todoazen. Reconozco que el segundo lo liberé por no ser capaz de leerlo, por resultar demasiado agotador para mí pero, por el contrario, el primero resultó interesante y bastante ameno de leer.
Al día siguiente pasé por la zona y no había ni rastro de ninguno de los dos. Uno espera que estas pequeñas acciones no hayan terminado en un contenedor (¡ni aunque sea de reciclado de papel!), ni roto y desperdigado por la acera, ni como libro de pega en una tienda de muebles, justo al lado de los lomos de cartón piedra de La Iliada.
Ahora, sólo queda esperar y ver si alguien añade alguna entrada en el diario de los libros.
Jamás vi un día tan hermoso y tan cruel. Porque no hay mayor crueldad que no dar opción a réplica, salir de escena cuando a uno le viene en gana, dando un portazo y dejando al adversario con la palabra en la boca. Porque alguien así no debería morir en la cama, satisfecho e impune. Alguien así no puede desaparecer sin amortizar parte del daño.
Aquel día fue cruel porque nos había dejado sin venganza, sin posibilidad de revancha y sin una segunda oportunidad de devolver todo el dolor causado. Demasiado dolor para quedárselo. Demasiada rabia contenida durante años. Todo para nada.
Jamás vi un día tan gris ni un cielo tan azul en noviembre. Medio país lloraba de alegría y el otro medio rezaba de miedo. Yo no. No podía. Perdida la posibilidad de venganza, atrofiados los gritos de rabia en la garganta, no quedaba más opción huir hacia adelante. Olvidar fue imposible. Pensar en perdonar una sola de las afrentas fue como traicionar la memoria de los vencidos. Finalmente, sólo quedó el camino amable de la locura. Ignorar para poder seguir adelante. No saber para no sentir.
El día más cruel se convirtió en el día más hermoso. Él había muerto y yo seguía vivo. Cada uno había jugado sus cartas como mejor había creído, todo a una mano y él, finalmente, había perdido. Fue la única vez, durante todo aquel largo sueño, en que gané un sólo juego. Para mí, como para muchos otros, siempre pintaron bastos.
Aquel veinte de noviembre, como muchos otros, me quedé en casa brindando con las sombras del pasillo, a la memoria de quienes nos quedamos, definitivamente, sin venganza.
Relato para el cuarto número de la revista de El Taller de las Palabras