Hace quince años encendías la caja tonta y sabías que lo que se emitía, interesante o no, estaba contado de forma correcta; podías comprar un diario y de paso aprender ortografía, o escuchar la radio a cualquier hora y enriquecer tu léxico. Ahora una retransmisión deportiva es un costillar de faltas, un debate es un asedio al diccionario y el presentador de moda puede tener las mismas miserias gramaticales que el común de los espectadores. Raro es que un adjetivo no suplante a un pronombre en los subtítulos.
Los medios tradicionales dejaron de ser un referente lingüístico hace tiempo; Internet ha acrecentado el problema. Los buscadores fomentan la cantidad, de modo que publicar con frecuencia se traduce en mejores posiciones en los resultados de búsqueda y, por tanto, mayores ingresos por publicidad. No importa tanto cómo se cuentan las historias como contar muchas y de forma inmediata.
José Luis Perdomo en Punto y coma.
Archivos Mensuales: febrero 2010
te he traído este taper con fabada…
Forges, este domingo pasado en El País, daba en clavo. La lengua materna no es un idioma, sino un montón de expresiones, de lugares comunes bañados de realismo, coherencia y protección. Eso sí, a mí me falta ese clásico, “¡abrígate, que hace frio!”.
briconsejo: cómo limpiar un teclado inalámbrico en el lavavajillas
Suena duro, lo sé, pero tras nueve intensos años de servicio y harto de limpiar a medias mi magnífico teclado torcido, el martes me propuse darle el fregoteo definitivo. Ni la banda pegajosa de los post-it entre las teclas, ni el pincel del Macbook, ni el darle la vuelta con meneo parecía limpiar lo suficiente. Además, el polvo y la porquería era una cosa y la mugre adherida a las teclas era otra. Solución: desmontarlo y meterlo en el lavavajillas con el programa delicado, que uno no es un sádico.
Así pues, esta entrada explica cómo limpié un teclado Logitech Cordless Desktop Pro con un poco de destreza y un lavavajillas. A partir de este punto, declino cualquier responsabilidad por roturas, cortes, fracturas o pérdida de teclas que se puede derivar de la lectura y puesta en práctica de mis explicaciones. A modo de resumen: me funcionó a mí pero no tiene que pasar lo mismo con otros.
Tras sacar fotos al teclado antes de tocar nada (para saber cómo volver a dejarlo igual), informarme pertinentemente de cómo se desmontan las teclas y saber que a los teclados inalámbricos no les sienta bien esta idea, me armé con un cuchillo, un destornillador y unas pinzas y me puse a la tarea.

Lo primero fue quitarle el reposamuñecas y las pilas. A continuación, le di la vuelta y, destonillador en ristre, le quité los tornillos de la carcasa inferior y el del compartimento de las pilas. Once, en total. Al separar ambas carcasas hay que tener en cuenta que las une el cable que va desde las pilas hasta los sensores y el circuito integrado y que no es muy largo. Tiene un conector de clip que se suelta relativamente fácil, a pesar de ser endeble.

En la carcasa inferior, la que se apoya en la mesa, únicamente hay que extraer los polos de las pilas para quitarle todas las partes eléctricas. Salen hacia arriba y prácticamente sin hacer fuerza. Tras este paso, ya está lista para el lavaplatos.

En la parte superior del teclado es donde está el divertimento. En este punto, sin haber quitado un solo tornillo, lo que tenemos es, de arriba abajo, el circuito integrado que hace funcionar al teclado; una chapa metálica que le da cuerpo y protege la estructura; una lámina de plástico con los sensores que activan las teclas; y unas piezas de goma que hacen de muelle de las teclas, levantándolas cuando se pulsan. Bajo todo esto, como decían en París, están los adoquines, las teclas.
Al comenzar a quitar tornillos (unos treinta), hay que tener en cuenta que, bajo el circuíto electrónico hay dos más, así que no se recomienda tirar con fuerza si no sale. El cable que rodea todo el cuerpo del teclado está pegado, por joder, imagino, y hay que tratar de despegarlo o, en caso de que no se pueda, romper la cubierta plástica del mismo y dejar el cobre al aire. Yo usé el segundo caso. Por último, hay unos topes de plástico que han sido quemados para evitar que se muevan las láminas de plástico y que hay que cortar. Es un método curioso que nunca había visto. En vez de más tornillos, le pones un cacho de plástico y le quemas el extremo. Más barato, imposible.

A continuación viene lo divertido: desmontar, una a una, todas las teclas. Tras ciento cinco puedo decir que encontré un método sencillo y práctico para extraerlas. Consistía en pulsar las teclas desde abajo y, por arriba mover una de las patillas con suavidad y un objeto romo, unas pinzas en mi caso, mientras soltabas lentamente la pieza. Por último, un pequeño empujón desde arriba, cuando la patilla ya estaba liberada, soltaba la pieza sin problemas. Pero, tras treinta teclas, las prisas empiezan a hacer mella y uno se puede cargar patillas por ser impaciente. ¡Jazz y tila!

la roña se ve perfectamente entre las teclas
La porquería que aparece entre las teclas puede variar pero, tras nueve años de servicio ininterrumpido, con lo que saqué del teclado se podía reconstruir un hamster.

Una vez extraídas las teclas, las puse en un bol con agua y jabón y las dejé reposar un día antes de darles un buen fregado en la bañera. No las metí en el lavaplatos porque he leído que el detergente de éste es bastante agresivo y no quería quedarme sin la serigrafía. Quizá la próxima vez terminen ahí. Las carcasas, esas sí, recibieron un baño más profundo, aunque con el programa delicado.

Tras los respectivos baños, estuvieron secando medio día más. Luego coloqué las teclas con mucho cuidado, sin emplear demasiada fuerza al encajarlas en su posición y comprobando dos veces que, realmente, aquella era la tecla de esa posición. No me apetecía desmontar más teclas.

Después llegó el turno del ensamblado, que fue en orden inverso al de desmontaje. Primero las láminas de goma, luego la lámina de plástico con los sensores, el circuito integrado y, finalmente, la chapa metálica. Sólo faltaba colocar un tornillo para sujetar el conjunto, conectar el cable que lleva la energía desde las pilas (paso importantísimo que yo, obviamente, olvidé) y probar si funciona.
Pero antes de todo eso, todavía hubo tiempo para jugar un poco. Con tantas teclas, la mesa parecía un teclado de Scrabble.

más pan, más circo
Nos pidieron, en el taller de escritura, redactar una carta al director del diario La Nueva España, con la idea de que se publicase. Como la mía no fue publicada y ya no tengo esperanzas de que lo sea, la pongo aquí. Un aviso: va sobre fútbol.
Más pan, más circo
Junto con las últimas noticias sobre el incremento del número de parados, la ausencia del Presidente de Estados Unidos de un cumbre en Madrid y el inicio del fin de una serie de televisión ha pasado, casi de puntillas, la decisión de una asamblea futbolísticas de aumentar el número de partidos de éste deporte que se jugarán cada semana. La próxima temporada, según este anuncio, se jugará un partido de fútbol de primera división los lunes y otro, de segunda, los viernes, lo que unido a los que ya había los martes, miércoles, jueves, sábados y domingos, conseguirán que haya fútbol todos y cada uno de los días de la semana. Y eso sólo si la temporada es regular, es decir, que en caso de campeonatos, mundiales y demás excepciones, sólo quedarán quince días al año sin el deporte rey.
Los romanos, que si de algo sabían era de solucionar crisis por la vía rápida, aplicaban el dicho de pan y circo. Cuando el pueblo pasaba penurias y para evitar sublevaciones, el emperador de turno les daba un poco de pan para saciar el hambre y un poco de circo para entretener la cabeza. Si el estómago no gruñe demasiado y los gladiadores te entretienen, no piensas en tus problemas.
Algo parecido han debido pensar en los altos estamentos del fútbol porque, al aumentar el número de funciones de circo y extenderlas prácticamente todo el año, parece que quieren hacernos olvidar lo perversa y dura que resulta la realidad y, de paso, ayudar al emperador para que no tenga que preocuparse, además, por un pueblo soberano y sublevado
