perdido

a las seis y media de la mañana, frente al televisor y bebiendo un poco de café para volver a ser persona. ¡Es la session finale de Lost!

Que nadie me espere hasta las ocho…

Actualización: me toca estar desconectado de todo y todos el resto del día, por si acaso a alguien se le va la lengua.

buenas sensaciones

Últimamente hago muchas cosas, demasiadas. Entre exámenes, trabajo, proyectos personales y rollos de internet estoy bastante desbordado. No es que me queje, a fin de cuentas me lo he buscado yo. Es sólo que añoro ciertas cosas sencillas. Escribir es una de ellas.

Hoy ya empecé a normalizar la situación y salí a dar una vuelta en bicicleta. Puede no parecer gran cosa pero, esos veinte kilómetros me supieron a gloria, me transportaron unos cuantos años atrás, en los días que sí podía decir que andaba en bici. Y todo han sido buenas sensaciones: he cogido un poco de ritmo, me he encontrado cómodo sobre la bicicleta y, lo más importante, no parece que me vaya a doler nada mañana. Es triste pero, a estas alturas de la batalla, me conformaría con un dolor leve y molesto, en vez de los calambres y los dolores de las últimas intentonas en materia de deporte. Para que luego digan que es sano…

relato: la ronda (eltallerdelaspalabras.net)

Se aseguró que las puertas de los camerinos estuvieran cerradas con llave, recorrió el pasillo hasta el escenario comprobando que nada entorpeciese el paso y, de paso, arrinconó un poco más un par de sillas que estaban en una esquina, a un par de metros de la salida a escena. Revisó dos veces, como siempre, que la tramoya estuviese asegurada y hecho un vistazo al entramado de cables, cuerdas y tela que es el telón. «Tanta madera y cuerda reseca no es bueno que estén juntas», pensaba noche tras noche.

Las butacas, de sergis blog

Las butacas, de sergis blog

Algunas noches, cuando hacía el recorrido de comprobación, venía a su memoria aquellas imágenes aéreas del incendio del Liceo de Barcelona. Lloró como nadie aquella última noche de enero del noventa y cuatro, sintiendo culpa y desasosiego a partes iguales. Desde entonces siempre realizaba aquella última ronda de comprobación y no había vuelto a dejar de revisar ni un sólo rincón. Aunque llegase de madrugada a casa.

Siempre terminaba la ronda atravesando el patio de butacas desde el escenario. Bajaba por la escalera que previamente había dejado allí cuando volvía de revisar los palcos y cruzaba el pasillo con paso ágil, sin ruido, gracias a la moqueta roja. Antes de abandonar la estancia, se giró y realizó la última comprobación con la vista. Ante la falta de novedades, salió y cerró la puerta tras de sí. A esas horas el silencio lo envolvía todo y se apoderaba del lugar hasta el día siguiente, hasta la próxima función. El ruido de la puerta cerrando el patio de butacas fue la única nota discordante en todo el paseo.

Finalmente, llegó a la entrada principal, sacó las llaves y abrió la puerta. Un último vistazo alrededor, un gesto asintiendo con la cabeza y apagó las luces. Salió del teatro y cerró la puerta principal con calma, con cansancio. La sombra que estaba tras él esperó hasta que hubo dado dos vueltas a la cerradura y se acercó.

–¿Son éstas las llaves?
–Si.
–Le he hecho un recibo donde consta que me las entrega, con el día y la fecha. Está sellado.
–Muy bien. ¿Qué dijo el dueño?
–¿Del teatro? Nada. Sólo que no iba a pagar por mantener abierto un pozo sin fondo.
–Sí, es típico de él.
–Si.
–¿Qué van a hacer con él?
–Lo tirarán respetando la fachada y montarán una hamburguesería dentro.
–¿Cómo el de la calle Corrida?
–Igual.
–No sé de qué me extraño. Este país se va a la mierda. Buenas noches.
–Adiós.

Escrito para el décimo número de la revista digital de El taller de las palabras.