máquinas de escribir

El fin de una era: cierra la última fábrica de máquinas de escribir del mundo

Como a muchos otros de mi generación, me regalaron una cuando hice la primera comunión. Como muchos otros de mi generación, no recuerdo cuando fue la última vez que utilicé una.

En Microsiervos.

Lo leí ayer y, sin quererlo, recordé un texto que escribí para el taller de escritura titulado Olivetti Lettera 32.

Un estuche verde, semirígido y con una cremallera negra y brillante no era uno de esos objetos que un niño pequeño y curioso dejaría pasar sin más. Además, mi madre guardaba aquel precioso estuche en el cajón los papeles de papá, en el centro del mueble del salón. Eran demasiados privilegios para un simple estuche verde, que dormitaba rodeado de papel de cartas, sobres, sellos y documentos variados. Los niños teníamos prohibido abrir aquella puerta pero, la sola presencia de la caja verde, con aquella extraña inscripción metálica, compensaba el posible castigo. La chapa metálica, mitad negra, mitad blanca, tenía escrita la leyenda Olivetti Lettera 32 en brillantes letras blancas y negras. Hasta años después de aquella tarde de invierno, no conocería el significado de las mismas, aún habiéndolas leído miles de veces.

Más en Olivetti Lettera 32.

relato: la ronda (eltallerdelaspalabras.net)

Se aseguró que las puertas de los camerinos estuvieran cerradas con llave, recorrió el pasillo hasta el escenario comprobando que nada entorpeciese el paso y, de paso, arrinconó un poco más un par de sillas que estaban en una esquina, a un par de metros de la salida a escena. Revisó dos veces, como siempre, que la tramoya estuviese asegurada y hecho un vistazo al entramado de cables, cuerdas y tela que es el telón. «Tanta madera y cuerda reseca no es bueno que estén juntas», pensaba noche tras noche.

Las butacas, de sergis blog

Las butacas, de sergis blog

Algunas noches, cuando hacía el recorrido de comprobación, venía a su memoria aquellas imágenes aéreas del incendio del Liceo de Barcelona. Lloró como nadie aquella última noche de enero del noventa y cuatro, sintiendo culpa y desasosiego a partes iguales. Desde entonces siempre realizaba aquella última ronda de comprobación y no había vuelto a dejar de revisar ni un sólo rincón. Aunque llegase de madrugada a casa.

Siempre terminaba la ronda atravesando el patio de butacas desde el escenario. Bajaba por la escalera que previamente había dejado allí cuando volvía de revisar los palcos y cruzaba el pasillo con paso ágil, sin ruido, gracias a la moqueta roja. Antes de abandonar la estancia, se giró y realizó la última comprobación con la vista. Ante la falta de novedades, salió y cerró la puerta tras de sí. A esas horas el silencio lo envolvía todo y se apoderaba del lugar hasta el día siguiente, hasta la próxima función. El ruido de la puerta cerrando el patio de butacas fue la única nota discordante en todo el paseo.

Finalmente, llegó a la entrada principal, sacó las llaves y abrió la puerta. Un último vistazo alrededor, un gesto asintiendo con la cabeza y apagó las luces. Salió del teatro y cerró la puerta principal con calma, con cansancio. La sombra que estaba tras él esperó hasta que hubo dado dos vueltas a la cerradura y se acercó.

–¿Son éstas las llaves?
–Si.
–Le he hecho un recibo donde consta que me las entrega, con el día y la fecha. Está sellado.
–Muy bien. ¿Qué dijo el dueño?
–¿Del teatro? Nada. Sólo que no iba a pagar por mantener abierto un pozo sin fondo.
–Sí, es típico de él.
–Si.
–¿Qué van a hacer con él?
–Lo tirarán respetando la fachada y montarán una hamburguesería dentro.
–¿Cómo el de la calle Corrida?
–Igual.
–No sé de qué me extraño. Este país se va a la mierda. Buenas noches.
–Adiós.

Escrito para el décimo número de la revista digital de El taller de las palabras.

relato: Noviembre de mil novecientos noventa y ocho

Yo misma había llegado a convencerme de que mi matrimonio era perfecto. Y, aunque lo parezca, no es un ejercicio difícil de conseguir. Luego siempre está la realidad, terca y obstinada que nos abofetea una y otra vez con una imagen más verídica y menos edulcorada de lo nos gustaría.

Creía que mi matrimonio, tan cargado de momentos emotivos, sencillos y sentidos, había alcanzado su plenitud tras diez años de convivencia. Arturo, mi marido, despertaba mis instintos y mi cariño, casi sin proponérselo y lo invadía todo con su calma y sosiego. La rutina, que en otras épocas había sido mi gran enemigo, caminaba a mi lado día tras día.

Creía en esa alianza, ciegamente, hasta que Natalia me dijo que se separaba. Lo decía sin acritud, sin pasión, ni ira. Me lo explicó todo tomando un café a la salida del trabajo. Luis, su marido, se había acomodado, se había olvidado de ella, de sus necesidades e inquietudes y había empezado a considerarla como un añadido más de la casa. Exactamente como el añadido que plancha, cocina y nunca dice nada.

–Creo que empezó a acostumbrarse a que trabajase dentro y fuera de casa y al polvo insípido de los sábados por la noche. Creo que, desde hace un par de años me confunde con el robot de cocina. No queda en él nada de aquella pasión, de aquella locura constante con que venía día tras día, al principio.

Sólo hicieron falta dos cafés más con Natalia, capuchinos, con un dedo de espuma y dos de azúcar, para que mi plácida vida sintiese moverse el suelo por debajo. Dos cafés y la venda cayó de un golpe. Arturo se había acostumbrado a mí y ya no luchaba por mantenerme junto a él.

Prueba, me dijo Natalia. Quita todas las respuestas automáticas, esas que no aportan nada y te dan una contestación para quitarte del medio. Ahora, quita también los besos en la frente, esos que ya nacen vacíos. También elimina los arrumacos y los cariños que no son sentidos, aquellos forzados y sosos. Bien, ¿qué te queda? ¿Cuándo fue la última vez que tu marido te dijo algo bonito desinteresadamente?

Noviembre de mil novecientos noventa y ocho.

Lo dejé. Dejé de sentir un cariño y un amor ciegos por él. Dejé de creer que mis instintos despertaban por un poco de sexo fácil y cómodo, un domingo por la mañana al mes. Dejé de creer que todo en él era calma y sosiego y empecé a darme cuenta que siempre había sido un vago y un conformista. Dejé de creer en una rutina común para empezar a sentir el abismo frente a mí.

Y, finalmente, le dejé un domingo por la mañana, después de un rato soso y aburrido de mal sexo.

Escrito para el noveno número de la revista digital de El taller de las palabras.

más pan, más circo

Nos pidieron, en el taller de escritura, redactar una carta al director del diario La Nueva España, con la idea de que se publicase. Como la mía no fue publicada y ya no tengo esperanzas de que lo sea, la pongo aquí. Un aviso: va sobre fútbol.

Más pan, más circo

Junto con las últimas noticias sobre el incremento del número de parados, la ausencia del Presidente de Estados Unidos de un cumbre en Madrid y el inicio del fin de una serie de televisión ha pasado, casi de puntillas, la decisión de una asamblea futbolísticas de aumentar el número de partidos de éste deporte que se jugarán cada semana. La próxima temporada, según este anuncio, se jugará un partido de fútbol de primera división los lunes y otro, de segunda, los viernes, lo que unido a los que ya había los martes, miércoles, jueves, sábados y domingos, conseguirán que haya fútbol todos y cada uno de los días de la semana. Y eso sólo si la temporada es regular, es decir, que en caso de campeonatos, mundiales y demás excepciones, sólo quedarán quince días al año sin el deporte rey.

Los romanos, que si de algo sabían era de solucionar crisis por la vía rápida, aplicaban el dicho de pan y circo. Cuando el pueblo pasaba penurias y para evitar sublevaciones, el emperador de turno les daba un poco de pan para saciar el hambre y un poco de circo para entretener la cabeza. Si el estómago no gruñe demasiado y los gladiadores te entretienen, no piensas en tus problemas.

Algo parecido han debido pensar en los altos estamentos del fútbol porque, al aumentar el número de funciones de circo y extenderlas prácticamente todo el año, parece que quieren hacernos olvidar lo perversa y dura que resulta la realidad y, de paso, ayudar al emperador para que no tenga que preocuparse, además, por un pueblo soberano y sublevado