Morris Lessmore

@AlbVadi me ha enviado este fantástico vídeo que habla de libros y de lo que realmente importa, leerlos, dejarnos arrastrar por ellos y sus historias.

En la web el autor comenta:

Inspired, in equal measures, by Hurricane Katrina, Buster Keaton, The Wizard of Oz, and a love for books, “Morris Lessmore” is a story of people who devote their lives to books and books who return the favor.

Inspirado a partes iguales por el huracán Katrina, Buster Keaton, El mago de Oz y su amor por los libros, “Morris Lessmore” es una historia de gente que dedica sus vidas a los libros y sobre los que les devuelven el favor.

(si hay algún fallo achacable a la traducción es todo mío).

entrevista en Disfruta la lectura

Parece que esta mañana se han puesto de acuerdo para publicar un par de cosas pendientes y la segunda es una entrevista en la web Disfruta la lectura, un interesante proyecto de Raúl Bordallo sobre libros y literatura.

Conocí a Raúl cuando llegué a Extremadura y coincidimos unas semanas en el trabajo. Después de aquello habíamos tenido poco trato hasta que recibí un email suyo preguntándome si estaba interesado en responder unas cuestiones sobre libros. La respuesta se puede leer en la web y comentamos cosas de libros, autores e, incluso, da tiempo para ponerse algo filosófico.

Disfruta – A veces dudo si leer no nos corrompe, nos cambia o nos marca caminos. Cuando empezamos a leer dejamos de ser como somos al nacer.

No, no lo creo. Nos cambian la familia, el entorno y los amigos. Nos corrompe la creencia de ser superiores al resto de personas. La lectura te da armas para lidiar con tu mundo, te ayuda a entenderlo e, incluso, te ofrece refugio y desconexión durante un rato. Yo la veo como un escudo más que como una brújula.

Pero, sin duda, lo que más me ha gustado ha sido el tratamiento que me da y que ya casi había olvidado: lector. Soy, de nuevo, un lector y es uno de los títulos que más me gustan. Porque, para bien o para mal, fue la condición de lector voraz la que me condujo hasta aquí y renegar de ella a estas alturas de la batalla sería de cafres e hipócritas.

Vía: Entrevista al lector Diego Martínez Castañeda.

chicas que leen, chicas que no leen

Hay ocasiones, cuando uno trata de juntar letras con el ánimo de escribir algo decente, que recurre a trucos para facilitar el trago. Usar el mismo punto de partida para escribir un texto a cuatro manos es bastante socorrido y me ha funcionado en algunas ocasiones. Hasta hoy.

Un compañero, apreciados, dejó un texto en twitter del que, con sólo leer el título, ya tuve buenas sensaciones: Salir con chicas que no leen / Salir con chicas que leen (versión para imprimir). Se trata de un texto dividido en dos, cada uno de un autor diferente y ha sido publicado en una revista Colombiana de la que no había tenido noticias.

Tras leerlo, sólo pude sentir una envidia honda, opaca, sin paliativos. Quizá porque es directo, claro, sencillo. Quizá por los contrapuntos o porque ambos autores recorren el mismo camino, de diferente forma. Quizá porque identifico algunas de las partes y las interiorizo. Quizá porque utilizan la sintaxis como algo diferenciador.

Haz todas estas cosas, maldita sea, porque no hay nada peor que una chica que lee. Hazlo, te digo, porque una vida en el purgatorio es mejor que una en el infierno. Hazlo porque una chica que lee posee un vocabulario capaz de describir el descontento de una vida insatisfecha. Un vocabulario que analiza la belleza innata del mundo y la convierte en una alcanzable necesidad, en vez de algo maravilloso pero extraño a ti.
Sal con una chica que no lee (Por Charles Warnke)

Sal con alguien que se gasta todo su dinero en libros y no en ropa, y que tiene problemas de espacio en el clóset porque ha comprado demasiados. Invita a salir a una chica que tiene una lista de libros por leer y que desde los doce años ha tenido una tarjeta de suscripción a una biblioteca.
Sal con una chica que lee (Por Rosemary Urquico)

el niño (cuentascuentos.org)

El niño que está postrado en la cama no puede respirar. Lo hace, respira, pero con mucha dificultad, cogiendo un poco de aire con cada inhalación. La madre, solícita y sigilosa, cuida de que su pequeño esté cómodo y tome las medicinas a su hora.

Asma. Ese fue el diagnostico cuando el niño sólo tenía un par de años. No se cura pero se trata, aún no sabemos qué lo causa. Cuando tenga dieciséis se le pasará… hasta que llegue a los sesenta. Desde entonces, libros, información, más médicos, más pruebas y, una o dos veces al año, guardar cama durante semana y media hasta que podía respirar de nuevo.

El niño conoce su cuerpo y sus reacciones. Es su templo. Lo ha estado estudiando cada día que permanecía postrado, cada ocasión en que el aire no llegaba con suficiente fuerza a sus pulmones. Se conocen, son viejos enemigos condenados a verse las caras un par de veces al año. Hay respeto, pero también hartazgo.

La madre espera, paciente, a que vuelva el hambre como síntoma de que la enfermedad remite. Sabe que una mañana le pedirá su plato favorito. Será la señal de que se acaba. Sabe, a fuerza de verlo mil veces, que siempre empieza con un catarro común, que luego se mete el asma, toma el pecho y se hace fuerte durante días enteros, dejándole únicamente un hilo de aire para subsistir. Sabe, también, que pasará. Siempre lo hace. Pero la congoja de ver cómo ese cuerpo pequeño se convulsiona entre toses le puede.

El niño. El cuento completo en cuentascuentos.org.