fotografía: V Festival Aéreo de Gijón

Me ha llevado un poco más tiempo del esperado, pero es que la hora escasa que estuvimos viendo el espectáculo aéreo, disparé setecientas veces la cámara de fotos. De éstas, sólo doscientas se ganaron el derecho a no ser borradas y, finalmente, treinta y seis han sido las elegidas para enseñar.

Aunque la presentación de flickr me parece estupenda, si alguien quiere ver alguna de las fotografías con más detenimiento, puede ir grupo V Festival Aéreo de Gijón.

Por cierto, viendo volar al F-18 y al Raffale, me acordé de After Burner, el juego con la cabina de pilotaje más bestial que vieron mis jóvenes ojos. ¿Las venderán en ebay? Creo que me entra en el despacho, al fondo…

apagado o fuera de cobertura

Como indica el título, estos días estoy fuera, de viaje y probablemente tarde en escribir el mismo tiempo que tardarían una docena de monos armados con olivettis, las obras completas de Garcilaso de la Vega. Estoy en otro país, uno ni muy lejano ni muy cercano, con otra mentalidad y otros modales y eso, parece mentira, se nota.

Hacen falta dos vuelos para llegar hasta aquí y en el segundo, una escala en Alemania, nos tuvieron esperando una hora en la sala de embarque y otra hora más en el avión. Al parecer había problemas técnicos que necesitaban ser corregidos. Si, claro, como siempre. Al menos en aibirria (es como se pronuncia Iberia en inglés, para los no iniciados) tenían un libro así de gordo con ciento y pico excusas. Lástima que nunca oyese esa tan famosa de “Al piloto no le sale de los huevos”.

Diez minutos después de que el piloto nos justificase el retraso, un tipo llamó a la puerta del avión. Es verdaderamente sorprendente llevar media hora en el avión y que alguien llame a la puerta. ¡Debe ser Dios, como poco! La azafata abrió, aliviada, y el fulano con el peto flourescente (Dios viste de Armani), tras hechar una parrafada con el piloto, abrió una compuerta en el suelo de la cabina y se metió dentro. Tras veinte minutos de golpes, ruidos de sierras radiales y una especie de carraca que no terminaba nunca de girar, el tipo volvió a aparecer, se despidió y se fue. El piloto, como no hay controles allá arriba, le dio zapatilla y recuperó unos minutos.

Sólo puedo imaginarme la escena a la española si el operario es el fulano de los hombres de Paco y viste el típico pantalón de trabajo azul, a medio asta y la camisa medio sacada, con los últimos cuatro botones desabrochados.

Mire usté, señor piloto, la junta la trócola ta asín, asín y las luces de posición van flojas. Yo creo que se las voy a cambiar, que tienen que ver bien allá arriba, ¿no cree? Eso sí, el gasto me lo abona en negro, que esos señores de hacienda no necesitan saber si usté tiene luces. ¿No cree?

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