treinta y cinco

35

Hoy dejo de ser considerado, oficialmente, joven. A esta edad, a los treinta y cinco a uno le pasan varias cosas que hacen que se replantee eso de seguir cumpliendo años.

Para empezar, cambias de estado y automáticamente dejas de constar en todas las estadísticas como joven, jovenzuelo e incluso, chaval. Luego te dicen que ya estás por encima del límite y te toca trabajar, cotizar y cumplir hasta que cambies de nuevo de estado, allá cuando te jubiles (que cada vez se sabe menos cuándo será eso). Y también te das cuenta de que tienes tanto tiempo por detrás como por delante. Y da que pensar…

Recuerdo que cuando era pequeño, tuvimos que hacer una redacción en el colegio acerca de qué creíamos que iba a pasar en el año 2000, esa cifra tan redonda y preciosa. Me costó horrores terminarla porque, entre otras cosas, mi imaginación es más bien cercana, del pasado inmediato mejor que del futuro cercano y, pedirme que escribiese cien palabras sobre lo que iba a ocurrir dieciséis años más tarde se tornó en una tortura como pocas. Al final, recuerdo, mentí y plagié una novela de algún clásico, La máquina del tiempo de H.G. Wells, o alguno similar.

Hoy veintitantos años después, volvería a plagiar a alguien si me preguntan que espero del 2020, 2030 o de mis cincuenta años. No lo sé. No quiero saberlo ni tampoco quiero tratar de averiguarlo ni intuirlo. Prefiero vivirlo. Así que, sin más, nos vemos dentro de otros treinta y cinco.

Por lo demás, lo llevo bien :D .

(la magnífica foto es de kadha y está tomada prestada de su perfil de flickr y cumpliendo escrupulosamente su licencia de publicación)

ochenta años

Hoy cumple ochenta añitos güelita, mi fan más añeja. Y está encantada porque ayer tuvo una fiesta sorpresa, con regalos, familia y hasta flores. Hoy, como no, se pasó el día limpiando y apaleando a un pobre edredón.

A la fiesta sólo faltamos los emigrados, el isleño y el extremeño así que, en compensación, me he permitido colgar una foto de cuando sólo tenía setenta y nueve años y se permitía el lujo de malcriar a su primer biznieto. Para que luego se ponga pesada diciendo que ya está mayor. ¡Y un cuerno!

Así que, de parte de eme y mía, que no hacemos más que pasar calor


¡feliz cumpleaños Güelita!

volando...

un email del pasado

Mi abuela ha encontrado, en un CD que le regalamos hace siete años, un email felicitándole su septuagésimo tercer cumpleaños. Escuchó un concierto en La 2 y recordó que sus nietos le habían regalado un disco del barítono Carlos Álvarez, lo buscó y continuó el concierto en casa, a todo volumen como acostumbra. Al terminar, un pico de papel sobresalía de la caja y, tirando, tirando, apareció un papel que no había visto antes, en siete años.

Se trataba de un email, redactado un par de días antes del cumpleaños y que el hermanín recibió, imprimió y ocultó con primor. Porque para esconder un folio de papel en una caja de CD cuyo contenido está expuesto un mes y otro también, durante esos años, hay que tomárselo muy en serio. En él, en el email, le felicitábamos el cumpleaños a güelita gloria, le hablábamos del disco que iba adjunto y, al final, le pedía al hermanín que firmase por ambos con unos garabatos.

Ayer, güelita lo encontró y dio saltos de alegría por una felicitación que llegó siete años tarde. Hoy me ha llamado, me lo ha contado y nos hemos reído. Sobre todo porque hace siete años que mi abuela recibe correos electrónicos.

trescientos sesenta y cinco días después

Hoy eme cumple años y yo, que sigo intentando ser un caballero, no voy a mencionar cuantos son. Se lamenta de que ya ha pasado otro año más, a toda velocidad y casi sin darse cuenta. Dice que se hace vieja y me pone cara de circunstancias para que le de la razón y asienta a algo con lo que no estoy de acuerdo. Porque cuando se mete en esos círculos viciosos que comienzan con “estoy más viejo”, pasan por “otro año perdido en nada” y terminan en “¿qué coño estoy haciendo con mi vida?”, uno sólo puede aspirar a una depresión aguda.

eme en Roma

eme en Roma

Sí, cariño, ha pasado otro año. No cariño, no estás más vieja, sólo tienes 365 días más a tus espaldas, lo que no se puede traducir en vejez sino en experiencia. No cariño, no has perdido el tiempo, ni has dejado pasar un año en valde, sólo tienes que recordar la cantidad de cosas que hemos hecho en este tiempo. Y no cariño, no has cambiado en estos trescientos y pico días, sigues teniendo tu (adorable) puntito de mala leche, esa manera de mirar que hace temblar mis rodillas y esa forma de clavar los tacones en el parqué que agrieta los cimientos.

Así que…

¡muchas felicidades mi amor!

Y ya puedes empezar a pensar qué cosas quieres tener hechas de aquí a un año, que 365 días no dan para mucho si no nos organizamos.