relato — son sólo palabras

Sobre la mesa, el titular de la primera página del periódico dejaba poco lugar a la imaginación: Bernal, amenazado. Más abajo, en la fotografía se podía leer la amenaza pintada sobre una de las paredes de la fábrica y una diana toscamente dibujada. Un poco más allá de las hojas del periódico, desde un porta retratos de plata, Ana y Lucía, su mujer y su hija, le sonreían también a todo color. A pesar de la distancia, podía oír la voz de Ana pidiéndole que no se metiera en aquellos negocios de los que apenas tenía conocimientos.

—Tu mundo es otro, decía, tú sabes dirigir empresas textiles, sabes de logística y mercados pero no tienes ni idea de importaciones. Por favor, no te metas ahí. Déjalo antes de empezar.

Estuvo a punto de hacerle caso, de no seguir adelante con la operación, pero cometió el error de comentarle las dudas de su esposa a quien le había propuesto el negocio. Son paranoias de tu mujer, le dijo, intenta que no te embarques en nuevos proyectos para que estés en casa, con ella, tomando café. Tú mismo, aceptaré tu decisión sea cual sea, le dijo antes de poner fin a la conversación, pero a lo mejor yo debo plantearme tener un director general que hace todo lo que le ordena su mujercita…

Aquella conversación había sucedido sólo seis meses atrás, un par de días antes de aceptar. Después vendría la toma de decisiones, su firma en acuerdos con empresas fantasma, las cuentas imaginativas, la huida de Ana y Lucía, la caída en desgracia y, finalmente, su cara rodeada por una diana en una sucia pared. Quien ha pintado esto, se dijo con aplomo, no está bromeando. Quizá deba contratar un guardaespaldas. O quizá no, al fin y al cabo, son sólo palabras.

Son sólo palabras, mi aportación al magazine.

n1mhinho

La mayor parte de la gente que me conoce sabe que, deportivamente hablando, soy un paquete. Nunca he sido bueno en ningún deporte, con la única excepción del esquí, en parte porque no podía correr gracias al asma y también porque, una vez superado éste, no me interesaban demasiado. Siempre he encontrado más divertido y estimulante un buen libro que perseguir a una pelota de fútbol en una pista de asfalto.

Pero, por salud, hace años que practico algún deporte, el que sea, con tal de rebajar kilos, colesterol, ácido úrico, grasa abdominal y, si se tercia, dioptrías por ojo. Esta vida que llevo es lo suficientemente sedentaria como para hasta yo que comprenda que hay que menear este cuerpo de botijo un par de veces por semana. Por eso, desde el mismo año en que entré en mi actual empresa, intentamos jugar un partido de fúmbol a la semana, unas veces con más éxito que otras. ¿Qué beneficio sacamos con ello? Poco más que el sudor que perdemos y la noche plácida de agotamiento que pasamos. El resto son inconvenientes: lesiones, heridas, golpes, cabreos, rivalidades, enemistades y algún que otro lance del juego que casi termina en duelo.

Ayer jueves jugamos nuestro segundo partido en esta semana y, por primera vez en todo este tiempo, fue mi noche. Probablemente sonará terriblemente pedante y pretencioso pero… ¡qué coño!, es mi blog y el que no quiera leerlo, puede seguir este enlace. Todavía no sé la razón pero me las apañé para marcar la mitad de los goles de mi equipo, que eran los mismos que los obtenidos por el equipo contrario. También intenté algunos regates, un puñado de pases y alguna otra cosa que, seguro, abré visto en el último Campeonato de Europa.

Lamentablemente, mi impresionante actuación quedó eclipsada por el intento de Espinete de derribar, mediante potentes golpes de nuca, uno de los muros de ladrillo que delimitan el campo. Sí, están puestos en mal lugar; sí, son rígidos, resistentes y no ceden cuando algún deportista tropieza con ellos pero, aún y así, deberían ser respetados. Espinete, en el lance, terminó levemente tocado pero, ya veremos si el muro sigue allí la semana que viene.