Noviembre 16th, 2008 — etiquetas:a la sombra de las dagas el paraiso, el taller de las palabras, lectura, libros, peter berling
En pasado viernes recibí el libro de Peter Berling, A la sombra de las dagas, el Paraíso. Es mi primera adquisición en una actividad bastante interesante del Taller de las Palabras, basada en subastas y pujas. Explicado sencillamente, se pone en subasta un libro o un pack de libros y se puja por el hasta un máximo o una fecha tope. El dinero recaudado se empleará, al finalizar la actividad, en algún fin social.
Respecto al libro, a mí que me gustan “al peso”, este cumple las expectativas y es suficientemente grande como para durar un tiempo. Ya he podido leer un poco, una treintena de páginas y está bien escrito y cuenta una historia de caballeros templarios, sectas de asesinos y un paraíso con las mujeres más bellas del mundo. Por lo pronto, promete.
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Noviembre 13th, 2008 — etiquetas:articulo, el taller de las palabras, eltallerdelaspalabras.net, lne.es, periodico, tino pertierra
Y no, no es amor de hijo, es una verdad como un templo. Mi madre es famosa, además de por ser la comentarista más activa de este blog, porque aparece hoy en el periódico, en una apasionante entrevista que le hicieron a su hijo mayor, con motivo de la publicación de la web del taller de las palabras. Sí, suena un poco enrevesado, pero es sencillo de entender.
Creo que a estas alturas de la película, casi nadie ignora que hace casi un año me apunté a un taller de escritura por intenet, el Taller de las Palabras y que este verano, terminé montando una web para una revista que se hizo en dicho taller. Pues bien, el director del taller, un señor breve y serio llamado Tino Pertierra, ha decidido que los que participamos en el proyecto nos merecemos una pequeña reseña en el suplemento cultural del periódico y, tras un par de correos electrónicos y el consabido pase por las tijeras del editor, mi primera aparición en un medio escrito se reduce a tres párrafos. Disfrútenlos, que esta ronda corre por mi cuenta.
El taller de las palabras de la edición digital de LA NUEVA ESPAÑA se aproxima a los dos años de vida con una buena nueva: el nacimiento de una revista digital en la que se recogen muchos de los textos escritos en los últimos meses por los participantes, así como las entrevistas que éstos han hecho a escritores de reconocida valía. La publicación on line puede encontrarse en la dirección www.eltallerdelaspalabras.net y ha sido posible gracias al trabajo intenso y entusiasta de uno de los talleristas, Diego Martínez Castañeda, quien explica: «Se me encargó, por parte del coordinador del taller, la recopilación de los textos de mis compañeros y la creación de una web sencilla para albergarlos y, un par de correos electrónicos después, ya habíamos cambiado de diseño, de concepto. Algunas semanas después, cuando el desarrollo estaba a medio camino e, incluso, había comenzado a incorporar los textos, tuve el serio inconveniente de tratar de explicar a mi madre cómo acceder a la web, así que terminé comprando un dominio muy fácil y descriptivo que facilitase el acceso de terceras personas. Lo que inicialmente iba a ser un juguete en manos de los pobladores del taller, ya tenía su hueco en la red de redes».
¿Qué se puede encontrar el lector? «El acceso a la web es mediante el dominio eltallerdelaspalabras.net y en la portada nos vamos a encontrar con todo lo relacionado con el último número publicado, el correspondiente a agosto-septiembre de 2008. Desde la primera página se puede acceder a un índice con todos los números, relatos y entrevistas o, por el contrario, navegar a través de la portada, en donde se alternan fotos, fragmentos de relatos y textos completos. Un lector se puede encontrar en la web con dos tipos de obras: los relatos creados ex profeso para este proyecto, a partir de una frase o lema dados por el director del taller, y las entrevistas realizadas a varios autores de renombre que se sometieron a una entrevista conjunta por parte de los miembros de la comunidad».
¿Y quién es usted? «Me escondo detrás del apodo n1mh, aunque mi nombre es más común: Diego Martínez Castañeda. Nací en Gijón hace treinta y dos años, aunque ahora me encuentro viviendo unos kilómetros más al Sur; en concreto, en Mérida. Como lector apasionado que soy, supongo que sólo era cuestión de tiempo que terminase apuntándome a un taller para aprender las técnicas de escritura, pero no contaba con terminar creando una web como ésta, fruto de la participación, la imaginación y el esfuerzo de un colectivo tan bien avenido».
El artículo es más extenso pero la parte más interesantes de la entrevista sólo abarca los tres últimos párrafos de este artículo de La Nueva España.
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Septiembre 19th, 2008 — etiquetas:el taller de las palabras, eltallerdelaspalabras.net, magazine, publicar, publicidad, relatos, revista
AVISO: Ésta es una entrada de autobombo, en la que voy a comentar algo que he hecho (con mucha ayuda, todo hay que decirlo) y que espero poder vender por una cantidad indecente de dinero. Advertidos estáis, que luego no quiero lloros.
A principios de verano recayó sobre mí la responsabilidad de crear una revista online vinculada al Taller de las palabras. Según las primeras ideas del director del taller, ésta revista “debía ser como el New Yorker“, en cuanto a imagen y contenidos. Obviamente, este punto era del todo imposible y, aunque el resultado no deja de agradarme, sé que se puede mejorar mucho más sobre todo dedicándole unas cuantas horas al diseño, mi tema tabú.
La idea inicial era usar las entrevistas y los textos presentados a un ejercicio del taller, en el que se nos daba un título y trescientas palabras de límite, para rellenar un único número de la revista. Pero, como sucede con estas cosas, uno no sabe ni cómo ni cuando pero todo termina, irremediablemente, liado. Así fue como me pasé los meses de julio y agosto buscando una herramienta para publicar contenidos que cumpliese unos puntos básicos, alquilando un dominio chulo, leyendo documentación, armando todo el esqueleto de la futura revista como si fuese a tener una periodicidad semanal y creando las páginas virtuales con los textos de los compañeros.

El día que terminé con todo ese trabajo, inserté una de mis fotos en la portada y, viendo cuanto ganaba, me propuse buscar una foto para cada uno de los textos y comencé a rastrear flickr con verdadera afición. Fue sencillo al principio, con los tres primeros relatos. Luego, terminé con un maremágnum de fotos, textos y licencias que casi me hace enloquecer. Afortunadamente, las gentes que pueblan esa web son generosas y nadie ha puesto pegas a que empleemos sus fotos en la web, siempre y cuando se respete la licencia, paso que cumplimos escrupulosamente. (¡Mil gracias a todos!)
Hace poco más de una semana pude enviar al foro el aviso de que se cerraba la edición de agosto de 2008 del Magazine digital de El Taller de las Palabras y dar por finalizado dicho número. Si en el futuro llegan otros, la mitad del trabajo ya estará hecho y, espero, todo será más fácil. Hasta entonces, las ofertas de compra deben enviar a mi dirección de correo electrónico habitual :).
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Agosto 31st, 2008 — etiquetas:albaizin, alhambra, concurso, el taller de las palabras, eltallerdelaspalabras.net, granada, mi columna de opinion, relatos, viajes
La ciudad de Granada, como sucede con la fruta con la que comparte nombre, hay que empezarla por el centro y sin contemplaciones. Porque esta cuidad, eternamente anclada a los pies de la sierra y de la Alhambra, lo último que necesita es otro turista más, sacafotos y hueco, que se dedique a esquivar a las gitanas que regalan romero. Por eso, el mayor regalo que uno se puede hacer es dejar de lado las costumbres de las prisas, de las fotos al peso y la cultura inocua, volátil con que nos regalamos en los viajes turísticos y abandonarse, perderse. El paseo más delicioso de la ciudad, ese que siempre repito en todas mis visitas, comienza en la Plaza Nueva, en el centro, y discurre a los pies de La Roja, a través del Darro. Después sólo hay que elegir al azar una de las callejuelas que ascienden al Albaizín, el barrio blanco de los cármenes y los aljibes y subir hacia el mirador de San Nicolás. Es importante caminar sin prisas, entre charlas y juegos, dándole en todo momento la espalda a la Torre de la Vela. Más tarde, al llegar a esa altura en que la Alhambra se hace presente, uno se suele dar la vuelta para saludar, de igual a igual, a la dueña y señora de la ciudad. Porque, por muchos siglos que hayan pasado, la fortaleza mora sigue cortando alientos e imponiendo su respeto en todos los rincones. Una vez que ya no queden más calles por las que subir, bastará orientarse con la algarabía para llegar al mirador y contemplar, en un atardecer cualquiera, cómo un sol exhausto y naranja se oculta tras la fortificación roja.
Escrito para un concurso sobre viajes del Taller de las palabras.
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Agosto 19th, 2008 — etiquetas:el taller de las palabras, eltallerdelaspalabras.net, frase, inicio, mi columna de opinion, relato, relatos
Sintiendo asco contenido, le apartó un mechón de pelo de la cara, le mostró su mejor sonrisa y la besó.
El beso
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Agosto 5th, 2008 — etiquetas:el taller de las palabras, eltallerdelaspalabras.net, machismo, mi columna de opinion, relato, relatos, taller de las palabras, violencia, violencia de genero
—Uno, uno, dos, dígame.
—Llamo de la calle Juan de Austria, del número 23. En el tercero derecha están tenido una discusión, creo que de eso de la violencia de género, lo que sale en la tele y…
—Señora, cálmese, por favor. ¿Me ha dicho la calle Juan de Austria?
—Si. Se oyen muchos gritos, más que otras veces y están rompiendo cosas contra el suelo. ¿Pueden venir pronto? La chica, Marta, grita mucho.
—Si señora, enviamos a la policía de inmediato. Necesito que me diga de nuevo el número.
—23, Juan de Austria 23. Es en el tercero izquierda, perdón, derecha.
—Muy bien señora, una patrulla de la policía va para allá. Esté tranquila. Necesito que me diga su nombre.
—Soy Soledad Suárez Murillo, vivo en el segundo derecha del mismo piso.
—La patrulla está en camino, Soledad.
—Muchas gracias.
Aquella tarde, al incorporarme al turno en la comisaría tuve una premonición: iba a ser una noche dificil. Diecisiete años en el cuerpo me han hecho un agente eficaz aunque descreído con los resultados prácticos de este trabajo. Ésta es una ciudad pequeña, en donde la noche de los miércoles suele ser tranquila y, en aquel momento, no parecía que fuese a cambiar por un mal pálpito. En cuanto me vestí de uniforme se lo comenté a Luis, mi compañero de patrulla, que me miró divertido y ahogó una carcajada. Contra pronóstico, el turno discurrió apacible hasta las once y media, cuando nos avisaron por radio de que había una discusión doméstica cerca de donde estábamos. Luis, que siempre suele conducir de noche, dirigió el coche patrulla a toda velocidad hacia la dirección que gritaban por la radio. Yo, mientras tanto, respondía a la alarma y accionaba las luces giratorias del techo. Un escalofrío me recorrió la espina dorsal. Encontramos la puerta del inmueble abierta y a una vecina esperándonos en el segundo derecha, que nos había llamado al percatarse de que los gritos y los golpes en el piso de arriba no cesaban. Con el ruido de la discusión de fondo, le pedimos más información. Soledad Suárez Murillo nos dijo que en el piso superior al suyo, el tercero derecha, vivía una pareja de mediana edad con una niña pequeña de seis años. Hacía unos años que habían llegado al edificio y, aunque no eran muy comunicativos, al menos por el día. Desde un tiempo a esta parte, al llegar la noche se escuchaban discusiones y peleas, con algún que otro golpe. Soledad ya nos había llamado en otras dos ocasiones, por los mismos motivos. Esta vez la llamada la había hecho al darse cuenta que los gritos no sólo no cesaban, sino que iban en aumento. Con el semblante serio, Soledad nos confió su miedo por Alba, la niña de seis años de la pareja. Solía cruzársela en la escalera, decía, y al tratar de hablar con ella, la niña se volvía hosca y se iba entre excusas.
—Marta, la madre, es una chica mona pero siempre tiene la expresión triste y no habla con casi nadie, como si tuviese miedo de todo el mundo. Él, Andrés, creo que se llama, es dominante y no escucha a los demás. En la última reunión de la comunidad de vecinos nos amenazó y gritó hasta que se aprobó la colocación de una antena de esas nuevas, de las terrestes o digitales, para poder ver el fútbol. Va por la vida como si los demás le deviésemos algo.
Un golpe fortísimo interrumpió el monólogo de la vecina. Los agentes corrieron escaleras arriba y Roberto llamó con el puño a la puerta del tercero derecha, identificándose y pidiendo que abriesen. Tan pronto como su mano tocó la madera, todo quedó en silencio.
Andrés, mudo de golpe, me hizo una seña para que abriese la puerta. Me sequé las lágrimas, me compuse un poco la ropa y me acerqué a la puerta. Al abrirla, había dos policías y el más viejo se identificó y me preguntó si estaba todo bien. Mentí, le dije que sí, pero no se lo creyó y me preguntó por mi marido, si estaba en casa. ¡Claro que estaba en casa, cómo no iba a estarlo! Cuando él no está, los vecinos no tienen que llamar a la policía. Le dije que sí con la cabeza, me callé y le dejé pasar. Andrés estaba en mitad del salón, de pie, con los brazos en jarras. Tenía esa mirada retadora y el gesto chulo. Recuerdo que pensé que ya no había nada de él que me gustase. Desde que había llegado esa noche no había parado de gritar por cualquier tontería. Que sí me había visto con Magda, riendo más de la cuenta; que sí no le gustaba que volviese contenta del trabajo; que si la cena no está suficientemente caliente ni salada; que si cada día hago menos en la casa y así con cualquier cosa, por pequeña que sea. Esa noche pensé que no pasaría de ahí, como casi siempre, que se le va la fuerza por la boca y sólo hace aspavientos. Pero cuando estaba cenando, sin más, cogió la copa del vino y la tiró con fuerza contra la pared, justo al lado de donde yo estaba fregando los platos.
—La siguiente no fallo. Tráeme otra copa, que ésta se ha roto.
Creo que estaba cansada, agotada de tanta violencia contenida, de tanta estupidez que desconocía. Harta de él. Cansada de sus gritos y sus súplicas al día siguiente. Asqueada. Quizá por eso, en vez de llevarle una copa, como hacía siempre, con esa mezcla de sumisión y asco, se la tiré. Y yo sí le di. Y luego le tiré el plato que estaba fregando, un vaso y media docena de cubiertos. Él, con una cara de susto que hacía años que no le veía, me tiró el plato con la cena y hubiese seguido sino me hubiese quedado quieta, mirándole fijamente, con el cuchillo más grande que hay en casa en la mano. Entonces cambió de actitud, se volvió dialogante, zalamero y bromista. Que si no aguanto una, que vaya genio que tengo, que si deja el cuchillo que eso corta. Todo el rato hablando y todo el rato acercándose suavemente, de lado y con sus ojos cambiando constantemente entre los míos y el cuchillo. Sé que lo sabía, que se dio cuenta en cuanto el tiré la copa. Sabía que había llegado al fondo de mi paciencia y que no dudaría en clavarle el cuchillo. Todavía no sé cómo, me propinó un golpe muy fuerte en el antebrazo que me hizo soltar el cebollero y, a continuación, me dió un bofetón que resonó como un tiro. ¡Plaf! Sin movimientos de más, sin aspavientos, un bofetón puso punto y final a mi insurrección. Luego se puso como un loco, a gritarme y amenazarme, hasta que sonaron los golpes en la puerta.
Cuando Marta abrió la puerta, recogí el cuchillo del suelo y lo guardé en el cajón de los cubiertos. Luego pensé que no debía haberlo hecho que, al fin y al cabo, yo soy la víctima y esa zorra quien intentó rajarme la barriga. Y motivos no le faltan, porque yo conozco su secreto. Desde hace meses llega a casa sonriendo y canturreando y si le pregunto a qué viene tan buen humor, me dice que a nada en especial, o que por culpa de un libro que está leyendo o una canción de la radio. No la creo. ¿¡Cómo la voy a creer!? Seguro que sonríe porque algún mamón del trabajo le tira los trastos. Ya me lo advertían los colegas antes de casarme: ten cuidado con Marta, que es un poco zorrón. ¡Joder! Si lo sé antes… La tía me la está pegando con otro. Fijo. Desde entonces no hace nada bien. La comida le sale insípida y siempre está fría, la casa se cae a cachos y no plancha una camisa bien ni por error. Las mías, claro, porque las suyas están todas perfectas cuando va a la oficina. Se pone guapa para ese tipo, no tengo ninguna duda. Y luego lo niega todo.
—¿En qué puedo ayudarles, agentes?
El más viejo de los polis parecía que tenía el mando, porque fue él quien más habló.
—Hemos recibido un aviso de un vecino diciendo que había una discusión violenta y queríamos comprobar si era cierto. ¿Han estado discutiendo?—el cabrón miraba alrededor y, claro, veía lo que me había tirado Marta y torcía el gesto.
—No, a mi mujer se le han caído los platos mientras fregaba.
—Es curioso que el fregadero esté a un lado de la cocina y los platos que fregaba, al otro. Incluso hay uno en el salón.
—No sé cómo lo ha hecho. Simplemente pasó.
—Señora, ¿se encuentra bien? Parece que ha estado llorando. ¿Han discutido?
Marta me miró. ¡Sonreía! Mierda, mierda, mierda… ¿Por qué se ríe? Hace un rato lloraba, ahora se ríe. ¿Por qué?
—Si. Aunque sólo gritaba él. Me tiró una copa mientras fregaba y yo le tiré el resto. Lleva meses gritándome, insultándome y, a veces, pegándome.
Marta hablaba tranquila, sin parar. Intenté hacerla callar, tapándole la boca pero el policía más joven me paró, me tiró al suelo y me inmovilizó. Entonces perdí los papeles y me puse a gritar y a amenazarla. Quizá no debí hacerlo pero la muy zorra iba a quedar como víctima. ¡Ni siquiera me preguntaron! Luego me ordenaron que me callase y me sentaron en el sofá con las esposas puestas por la espalda. El poli viejo no tenía ojos más que para Marta. Seguro que luego se lo paga en la cama.
La mujer, más tranquila, se sentó en una silla y empezó a explicarnos a Luis y a mí cómo había ido la discusión. Luego, buscó el cuchillo con el que había hecho frente a su marido, que seguía soltando miradas retadoras desde el sofá. Lo encontró en el cajón de los cubiertos, sucio y con restos de carne, entre todos los demás utensilios limpios. Al preguntarle por su hija, se puso nerviosa y salió corriendo hacia la habitación de la niña. Sin decir ni una palabra, abrió las puertas del armario y, tapada con jerseys y camisetas, estaba la niña. Su madre la sacó y la abrazó hasta que le dijimos que tenía que acompañarnos a comisaría a poner una denuncia, que era lo mejor. Se secó de nuevo las lágrimas y aceptó.
El interior del armario está oscuro y, cuando me cubro con la ropa, los gritos suenan lejanos, como si fuese la tele o el bar de enfrente. No me gusta cuando discuten, por eso me escondo en el armario y espero a que dejen de gritar para salir. Hoy, como parece que mamá chilla mucho, voy a esperar un poco más, diez o quince minutos, para no volver a verla llorar. No me gusta ver llorar a mamá, me pone triste. A papá parece que no le importa, porque le grita más y ella llora mucho más. Si fuese mayor, más fuerte, papá no le gritaría a mamá porque yo no le dejaría. Papá no escucha a nadie y siempre quiere que esté todo listo cuando él llega. No está nunca y cuando llega nos grita. ¡No es justo! Hace ya un rato que pararon los gritos, pero no como siempre. Casi siempre papá grita más y a mamá se le oye menos y luego, papá se va calmando hasta que deja de gritar y se va, dando un portazo o se mete en la cama. Hoy han parado de golpe, un rato después de empezar. Y no ha habido portazo. Se oyen voces en el salón, mamá, papá y otra que no sé quien es. Luego, papá vuelve a gritar, mucho y luego se calla. Un rato después, la puerta del armario comienza a abrirse.
Relato para El Taller de las Palabras.
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Marzo 5th, 2008 — etiquetas:carta, desamor, el taller de las palabras, escritos, relato, relatos, taller de escritura, tino pertierra
Mi amor, se acabó. Porque mi amor se acabó, sin comas. Lo he intentado todo y tú también, en un absurdo ejercicio de equilibrismo masoquista. Nos escudamos en las buenas acciones, tratando de no herir al otro, pero no dejamos de infringirnos daños, más dolorosos y crueles que el abandono y la indiferencia que tanto tememos y rehuimos. Afortunadamente, aún nos queda el respeto justo para no hacernos sangre, para no pelear por cada posesión, por cada recuerdo. La peor parte de las peleas, amor mío, comienza cuando uno de los contendientes le echa en cara al otro sus flaquezas. Nosotros, todavía, no hemos alcanzado tanta miseria, la necesaria para dejarnos cegar por las posesiones, por la parte tangible de una relación.
Nos hemos querido con ansia, con ganas, hasta saciarnos y, quizá por eso, nos conocemos tanto y nos respetamos. Somos como viejos amantes que contemplan, atónitos y tristes, los últimos rescoldos de la pasión que compartían. Y no sabemos cómo ha sucedido. Hemos puesto tanto espacio entre nosotros que hace meses que, al tocarte, mi cerebro me recuerda el tacto del cuero frío, en vez de tu cálida piel. El recuerdo más vívido que tengo de tus labios lo atesoro junto a una de mis orejas desde hace más de un año y, mi amor, es demasiado tiempo para recordar cómo duelen tus besos.
Pensarás que deliro pero creo que no es tarde y que podemos curar nuestras heridas, pero en otras manos, en las manos de alguien diferente de quien las provocó. Yo, unilateralmente, parto a buscar esas manos desde ahora mismo. Los boleros no mienten, mi amor, y lo nuestro no tiene salida. Por eso abandono y doy por finalizado el contrato que nos unía. Ahora sólo es papel mojado.
Presentado en el primer concurso del Taller de las palabras: cartas de desamor.
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