relato – el filo del cuchillo

Tuvo que conocer el filo del cuchillo y sentir el miedo y el odio. Solo entonces se preguntó cómo pudo vivir como un fugitivo, cómo supo sobrevivir sin medios. Guerreó donde fue, con esfuerzo, sin ilusión, sin otro fin que morir. Odio, cuchillo y muerte fueron su credo. Y fue ese fin el que primero llegó, sigiloso y cruel, como siempre, con cuerpo de serpiente. Solo escuchó los dientes hundiéndose en su piel. Después, silencio.

El ejercicio consistía en escribir un texto, sin tema ni longitud fijadas de antemano, pero sin emplear la letra A. ¿Sencillo? ¡Un cuerno!

relato – se acabó para tí

La luz entraba en la habitación por las rendijas de la persiana, transversalmente, e iluminaba poco a poco la estancia. Ya era tarde, cerca de las nueve y el sol comenzaba a pasar por encima de los edificios cercanos y a invadir, como cada mañana, la habitación. Herminia que estaba despierta desde hacía rato, sólo dormía unas horas cada noche y se pasaba el resto de tiempo siguiendo la respiración entrecortada de Fermín, pensando y esperando a que el sol inundase la estancia. Con la luz del invierno, fría y débil, vio aparecer poco a poco la mesita de noche situada entre las camas, la espalda de su marido bajo las mantas y el armario, al fondo. Había sido una noche fría y afuera, el amanecer había dejado un rastro de escarcha que invitaba a mantener el calor bajo la ropa de cama, a permanecer cobijado mientras fuera posible. Herminia podía ver el vaho que formaba su respiración y sintió la cara fría. El resto del cuerpo estaba arropado y se negaba a moverse, al menos de momento.

Más en Se acabó para tí, en la revista de El Taller de las Palabras.

palabras más, palabras menos

Desde hace poco más de semana y media soy uno de los ciento sesenta personajes que están apuntados al Taller de las palabras, un taller de escritura o escritores que lleva a cabo Tino Pertierra en los foros de La Nueva España. En definitiva, se trata de que un señor nos pone ejercicios semanales, para que un montón de pirados tengan una excusa para no dejar de juntar palabras.

Nunca me había planteado inscribirme en un taller de esta guisa pero, tengo que admitir que, a pesar de empezar con reticencias, estoy disfrutando de la experiencia. Hasta ahora, el camino había sido autodidacta, trataba de aprender mediante libros, ensayos y un montón de textos en los que, con algo de suerte, conseguías enterarte del contenido del índice. Aquí, al menos, ya me han dado dos palabras a cambio del primer ejercicio obligatorio que tuve que entregar: sólido y concienzudo. Quizá algún día sepa qué significa :D .

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tienes una carta

cartas

(Si realmente quieres tocar a alguien, envíale una carta)

Vía: Desequilibrios.

Esta imagen forma parte de una campaña publicitaria del servicio postal australiano y me ha llamado la atención, principalmente, porque es cierto. En otras entradas comentaba que tenía costumbre de mantener, con cierta regularidad, correspondencia con una buena amiga, cuando internet no tenía tanto tirón y cuando seguía siendo la manera más eficaz de contar algo que no tuviese fecha de caducidad. Éste es un extraño mundo, rápido, donde todo nace y muere en un sólo día y, con semejante escenario, una carta que tarda cinco días en cruzar el país, contando con que el servicio postal esté de buenas, es tan útil como un sello usado.

Las cartas, cuando eran personales, generaban un estado de anhelo que incluía la extraña necesidad de que el cartero hiciese su trabajo tarareando la música implacable de las Valquirias, que llevase la carta y trajese la respuesta en un tiempo razonable, es decir, en un par de semanas. Lo que antaño era razonable, hoy se convierte en indecente y es que no nos damos cuenta, o por lo menos yo no termino de asimilarlo, que antes las cartas llevaban abrazos y besos, amor y esperanza incrustadas entre el papel y la tinta. Era, además, un tiempo mucho más que aceptable si se tiene en cuenta cuánto del total se consumía en el trayecto, cuánto gastaba el receptor leyendo y releyendo convulsivamente la misiva, el tiempo dedicado a la respuesta, respondiendo cada frase con una carta entera y haciendo borradores para, finalmente, enviar una carta de escritura lenta y cuidada con medio corazón ensartado en ella.

Anacrónico y casi un proceso del siglo XIX, pero deliciosamente lento, casi una agonía que se resumía en la frase que conseguía levantarte de la silla de un salto: tienes una carta.

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