fotografía — seis sobrinos

sobrino

O uno repetido seis veces. Poco a poco le voy cogiendo el gusto a esto de tirar una ráfaga de nueve fotos y ponerlas todas juntas, como una película extraña, para ver cual es el resultado. Con mi sobrino no resultó tan mal y sólo se perdieron tres de las nueve fotografías. El chaval es inquieto y se mueve más rápido que un gato, sobre todo si anda el tío cerca con la cámara de fotos.

Fueron tomadas el día de navidad de 2011.

sin alardes ni aspavientos

Mi familia es una tribu. Creo que ya lo había dicho por aquí pero no está de más repetirlo. Nos movemos como esas bandadas de estorninos que vuelan entre los árboles, al unísono y movidos por las mismas necesidades. Cuando necesitas algo sabes que puedes contar con docena y media de personas incondicionalmente. Cuando aparecen los problemas, que siempre lo hacen, tienes alguien que te ayudará hasta la extenuación. Y al revés, exactamente igual. No hay vacaciones ni días libres y, por supuesto, uno no se da de baja ni alega cansancio para no hacer su parte de la tarea. No es que sea bueno o malo, símplemente es como es y hay que asumirlo.

Por estos lares tienen otra idea de familia, con más independencia y menos contacto, aunque reconozco que tanto roce puede producir chispas. Ni una es mejor ni otra es peor, simplemente no son la misma idea. eme no lo sabía, no conocía esta extraña forma de asociarse y, hasta que lo vivió en primera persona, me miraba un tanto extrañada cuando le contaba cómo solíamos comer fuera de casa, todos juntos, los fines de semana. Luego creo que hasta le llegó a gustar un poco. Hoy en día ya es miembro de pleno derecho de la tribu, creo que con más voz y voto que yo mismo y esa es una idea que me encanta. Uno no ingresa en una tribu sólo por pasar unos días al año viviendo con ellos. Hay que integrarse, ganarse respetos y, finalmente, conseguir ser tratado como uno más, como un igual. A ella le bastaron diez minutos para sortear todas las miradas, para derrotar suspicacias, para salir airosa.

eme y yo nos casaremos el próximo diez de setiembre, en Gijón, huyendo del calor y buscando la mar. Será algo tranquilo, sin alardes ni aspavientos y, por supuesto, mi tribu y su familia estará allí, junto con un puñado de buenos amigos de los que no hay forma de olvidarse ni que nos olviden. Al final nos reuniremos casi medio centenar de personas para brindar por una cabezonería que tuve hace años: le aposté a eme que lo nuestro sí tenía un futuro. De momento, voy ganando.

odio, amigo, orgullo

Hay ciertas palabras que evito utilizar, en la medida de lo posible. Una es odio, en verbo y en nombre, porque considero que el odio implica demasiado esfuerzo para un vago como yo, al que nunca le compensará el esfuerzo de odiar intensamente a alguien.

Otra es amigo, y no porque no los tenga, tal y como mantienen algunas personas que me creen el eslabón perdido entre un hermitaño y un monje benedictino, ni porque blanda el número de amigos de facebook como coartada, sino porque distingo mucho entre amigo, conocido, compañero, etcétera. Mi categorización de las personas que conozco es bastante intensa y hace falta mucho esfuerzo por ambas partes para saltar de conocido a amigo.

La última palabra que me viene a la mente por falta de uso es orgullo. Mido mucho cuando usar esta palabra porque, desde siempre, la he asociado a problemas, a rencores, a falsedad. Sé que es una opinión subjetiva y particular, pero no recuerdo haber visto nada bueno asociado al orgullo.

Dicho esto, tengo que añadir que hoy voy a romper mi norma y voy a hablar del orgullo o, más bien, voy a hablar orgulloso. Orgulloso de mi sobrino porque ayer, con su vocabulario de media docena de palabras, le explicó muy ufano a mi madre que quería usar el ordenador para hablar con sus tíos, en vez de ver a Miliki cantando con Don Pepito y Don José. Y lo consiguió con un puñado de noes bien dichos porque mamá, que lleva muchas batallas a cuestas, nos llamó sobre la marcha para que nos conectásemos a la videoconferencia y no dejar al crío con las ganas.

Estoy orgulloso, también, de saber que por mucha distancia que nos separe, el guaje nos busca y nos llama cada vez con más frecuencia y se vuelve un poco loco (exactamente igual que los tíos, la verdad) cada vez que nos citamos por videoconferencia para enseñarnos sus juguetes o para ver cuanto ha crecido.

Y es que con esa sonrisa socarrona es muy difícil no caer rendido y orgulloso a sus pies.