Fue mi primera sesión fotográfica de estudio y, como siempre que hay una gran ocasión, abusé de la paciencia y la confianza de la familia política. Una sábana para el fondo, unos taburetes, un trípode y un sol limpio inundando lateralmente la estancia hicieron el resto.
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fotografía — Batallando en la piscina de bolas
No hay nada como llevar a un crío pequeño a una feria para personajes (me gusta más que personitas) para morirte un poco de envidia, porque no te dejan jugar a tí, principalmente.
Estas pasadas fiestas, en Gijón, fuimos un par de veces a la PequeFeria y hasta hicimos un amago de pagar en euros en vez de en tiquets, para que nos dejasen meternos en alguna de aquellas atracciones a los adultos. Bolas gigantes de plástico sobre piscinas, piscinas de bolas, camas elásticas… ¡y nosotros sin poder jugar! Y con mi sobrino apareciendo y desapareciendo entre bloques de gomaespuma, en la piscina de bolas.
fotografía — seis sobrinos
O uno repetido seis veces. Poco a poco le voy cogiendo el gusto a esto de tirar una ráfaga de nueve fotos y ponerlas todas juntas, como una película extraña, para ver cual es el resultado. Con mi sobrino no resultó tan mal y sólo se perdieron tres de las nueve fotografías. El chaval es inquieto y se mueve más rápido que un gato, sobre todo si anda el tío cerca con la cámara de fotos.
Fueron tomadas el día de navidad de 2011.
sin alardes ni aspavientos
Mi familia es una tribu. Creo que ya lo había dicho por aquí pero no está de más repetirlo. Nos movemos como esas bandadas de estorninos que vuelan entre los árboles, al unísono y movidos por las mismas necesidades. Cuando necesitas algo sabes que puedes contar con docena y media de personas incondicionalmente. Cuando aparecen los problemas, que siempre lo hacen, tienes alguien que te ayudará hasta la extenuación. Y al revés, exactamente igual. No hay vacaciones ni días libres y, por supuesto, uno no se da de baja ni alega cansancio para no hacer su parte de la tarea. No es que sea bueno o malo, símplemente es como es y hay que asumirlo.
Por estos lares tienen otra idea de familia, con más independencia y menos contacto, aunque reconozco que tanto roce puede producir chispas. Ni una es mejor ni otra es peor, simplemente no son la misma idea. eme no lo sabía, no conocía esta extraña forma de asociarse y, hasta que lo vivió en primera persona, me miraba un tanto extrañada cuando le contaba cómo solíamos comer fuera de casa, todos juntos, los fines de semana. Luego creo que hasta le llegó a gustar un poco. Hoy en día ya es miembro de pleno derecho de la tribu, creo que con más voz y voto que yo mismo y esa es una idea que me encanta. Uno no ingresa en una tribu sólo por pasar unos días al año viviendo con ellos. Hay que integrarse, ganarse respetos y, finalmente, conseguir ser tratado como uno más, como un igual. A ella le bastaron diez minutos para sortear todas las miradas, para derrotar suspicacias, para salir airosa.
eme y yo nos casaremos el próximo diez de setiembre, en Gijón, huyendo del calor y buscando la mar. Será algo tranquilo, sin alardes ni aspavientos y, por supuesto, mi tribu y su familia estará allí, junto con un puñado de buenos amigos de los que no hay forma de olvidarse ni que nos olviden. Al final nos reuniremos casi medio centenar de personas para brindar por una cabezonería que tuve hace años: le aposté a eme que lo nuestro sí tenía un futuro. De momento, voy ganando.


