cambiando el cuento de la navidad

No soy muy partidario de estas fiestas y a las pruebas me remito: 2004, 2006, 2007, 2008 y valga esta entrada como representante del 2009. No me gusta la idiotez que parece adueñarse de la mayoría de los cerebros durante dos meses, ni el tufillo sacrosanto que tiene todo, ni la obligación de ser, pensar y de actuar como si fuésemos buenos, siendo la mayor banda de cabrones que ha poblado la tierra.

Por eso y por mil motivos más, me ha gustado esta variación del cuento de Caperucita Roja, titulado Caperucita en Navidad:


Vía: Pisito en Madrid.

¡Los deseos se cumplen! :D

el más caro de todos

Ya han llegado las fiestas, los dulces navideños y todo lo demás y no porque lo diga el corte inglés, que ya llevan un tiempo recondándonos lo felices que tenemos que estar, sino porque hoy, esta mañana, mi lector de feeds se ha puesto a hablarme de turrón. Y del caro, faltaría más.

1880

Así pues, queda oficialmente inaugurada la temporada de comilonas y desmadres gastronómicos, incluyendo los menús normales a precios de jeque árabe. ¡A disfrutar!

articulaciones de cristal

Men sana in corpore sano. ¡Mentira! Esta mañana apenas si puedo moverme ni caminar y todo por hacerle caso al Pepito Grillo que tengo en la cabeza, ese que llevaba semanas gritándome que me moviese, que hiciese algo más que estar bajo el aire acondicionado. No dudo que Pepito Grillo tenga razón, ni lo ingrato de su tarea pero, al día siguiente de dejarme convencer, todos los argumentos con los que predican los fanáticos de la salud y el binestar me parecen mentira.

La vuelta al cole de los más pequeños coincide, este año, con nuestra vuelta al deporte y con la feria de Mérida. A los crios los putean un año más con la excusa de que van a volver a ver a sus amiguitos después de tres meses de descanso y a los adultos la gente de la capital extremeña le dan una excusa para pasearse entre las casetas de los diferentes partidos políticos, borrachos como sólo se está en fiestas. A nosotros, torpes sufridores del latinajo del principio, sólo se nos ocurrió alquilar una pista de futbito en la Ciudad deportiva para correr tras un balón amarillo al que, por más señas, no le debimos caer demasiado bien, viendo lo abultado del resultado.

Esta mañana camino como si mis articulaciones fueran de cristal y pudieran romperse a cada instante. No es una sensación agradable pero, tras tres meses sin moverme, imagino que es lo mínimo que podía esperar. Ahora ya sé que ver deporte en la televisión, aunque se trate de las Olimpiadas Chinas, no te prepara para realizarlo fuera de ella. De hecho, ni tan siquiera te sirve de calentamiento.