He metido en un grupo de flickr, best of 2011, las que considero son las diez mejores fotos que he hecho (y publicado) en 2011. Aunque la lucha no ha sido encarnizada, sí que me ha costado un poco seleccionar sólo diez de entre las doscientas veintiuna fotos que publiqué a día de hoy. Me quedan por subir a flickr unas cuantas, de esta última visita a Gijón pero no creo que altere el resultado.
Para los amantes de las estadísticas, unos datos:
sólo tres fotos no se han hecho a personas.
las fotos de edificios y objetos son del increíble viaje por Europa del norte que hicimos en septiembre.
los adultos ganan a los niños: tres fotos a críos y cuatro a adultos, si contamos con que eme y néstor aparecen en una misma foto.
el único repetido es mi sobrino. Orgullo de tío, supongo.
sólo dos están en blanco y negro, aunque hay otras dos casi monocromáticas.
la mitad, cinco, han aparecido como foto semanal del proyecto 52 semanas
Recomiendo la pantalla completa (botón inferior derecho) para el visionado.
Ayer hicimos el tercer photowalk por Mérida y, contra todo pronóstico, batimos varios records. El primero, el de convocatoria, con un total de nueve personas, que contrastan con las anteriores sesiones (una persona, yo, en el primero y tres en el segundo), a pesar de haberlo organizado todo en dos días.
También hubo otros como el del nivel fotográfico existente, el de la libre circulación de la información (o los tutoriales in-person) y, sobre todo, el de cacharros, porque Ramsés se plantó con su impresionante objetivo de 150-500mm y nos dejó jugar un rato con él.
El recorrido discurrió principalmente por la isla de Guadiana mientras hubo luz, para pasar después al mercado romano que había por las inmediaciones de la Plaza de España.
Como viene siendo costumbre, publico aquí las fotos que hice.
Y aprovecho para agradecerles a todos su asistencia, sus conocimientos y los buenos ratos pasados. ¡Qué el próximo no tarde mucho en llegar!
Actualización (17/11/2011)
Sandra y Fran han puesto sus fotos del evento en flickr y en ambos salgo retratado .
«Estocolmo lo componen catorce islas», me dijo eme en el avión, de camino a la capital de Suecia y no me extrañó porque todo el vuelo había transcurrido sobre lagos. Más tarde descubrimos que la mayor parte del tiempo que pasamos en la ciudad, lo hicimos rodeados de agua o, directamente, sobre ella.
A pesar de estar construida a caballo entre la tierra y el agua, la ciudad es inmensa y cuenta con todo tipo de comodidades para moverse. Como no, las bicicletas siempre son la mejor opción pero, también hay metro, tranvía, autobuses y taxis. A pie, si uno está en buena forma física, puede ser la mejor alternativa.
Como es la ciudad más grande de todas las que íbamos a visitar en Escandinavia, decidimos pasar más tiempo allí que en ninguna otra y reservamos cinco días casi completos. Y mereció la pena. La primera noche, dimos un largo paseo hasta el final de la isla de la Ciudad Vieja (Gamla Stan) y, de vuelta al hotel, el Ayuntamiento aparecía especialmente brillante entre el agua y las nubes.
Gamla Stan es una pequeña isla, prácticamente peatonal, que merece ser recorrida de arriba a abajo unas cuantas veces. Así, entre lluvia, restaurantes de lo más variopinto y el museo de Alfred Nobel, uno se puede encontrar tiendas de souvenir, de juguetes o de discos y libros. Pasear por la mañana de un día laboral garantiza que todos los transeuntes sean turistas (mayoritariamente chinos) y hacerlo por la noche, es garantía de tranquilidad y sosiego.
En una ciudad (y un país) donde hace cincuenta años definieron la forma de hacer los pisos del resto de Europa, con sus ventanas, su pequeña terraza y algo de jardín para que jueguen los niños, absolutamente todo está ordenado y en su sitio. Tanto es así que me extrañó que las islas no estuvieran ordenadas alfabéticamente.
Tras la segunda Guerra Mundial, el partido que gobernó lo hizo durante cerca de cuarenta años y le dio al país el concepto de estado del bienestar que abanderan hoy. En los setenta, cambió el gobierno y el nuevo jefe se encargó de continuar con las ideas del anterior. Exactamente igual que en España, donde lo primero que se ven son las guadañas. Escuchamos esta historia en el barco turístico que rodea Estocolmo y, sobre la marcha, empezamos a pensar en pedir asilo.
Las islas más cercanas al centro de la ciudad tienen un cometido, una función. Al otro lado del museo de Historia Natural está Skeppsholmen, con el museo de Arte moderno y unas extrañas esculturas al aire libre que recuerdan vagamente a Curro, el de la Expo de Sevilla. Djurgarden, por el contrario, tiene un parque temático de casas suecas desde 1100 hasta 1850, un recinto con animales típicos del país, el museo del Vasa, un galeón que se hundió el día que lo botaron y que resulta inmpresionante y unos cuantos museos más. Gamla Stan, además, alberga el Palacio Real y el parlamento.
Como estaba previsto, caminamos mucho, recorrimos una gran parte de la ciudad a pie y degustamos algunas de las delicias locales, unos arenques crudos en varias salsas con sabor a Baron Dandy, que volvieron a conseguir que eme pusiera cara de asco durante una cena completa.
Aún así, para tratarse de una ciudad prácticamente desconocida y de la que apenas tenía referencia (ABBA no cuenta como tal), volvería para quedarme sin ninguna duda.
Tengo cierta tendencia a evocar mi infancia y todo lo que allí sucedió para explicar ciertas acciones en el presente y, una de las más claras, fue viajar a Dinamarca. Además de las galletas danesas y los cuentos de Andersen, la imagen que arrastraba desde hacía años era la de una pequeña estatua de bronce de mirada melancólica, que mira al horizonte desde el puerto de Copenague.
Y no defraudó, la verdad. Ni la estatua de la sirenita, ni el resto de la ciudad. Es muy posible que, al ser la primera escala del viaje, todavía arrastrásemos el complejo de españolitos con nosotros y todo nos pareciese más grande, más bonito y más brillante que cualquier cosa que viésemos en España. Pero ese complejo no se fue en todo el viaje. Todo en esta ciudad estaba diseñado pensando en el uso y la función que tendrían. Y todo era bonito y fácil de usar.
Lo que probablemente no esperaba y me impactó de lleno fueron las bicicletas. Creo, y esto es algo completamente subjetivo, que cada danés debe tener tres o cuatro bicis porque es la única manera en que me salen las cuentas. Era, además, una delicia ver a tanta gente montando en bicicletas de todo tipo, formas y estados, acompañados, con críos y con plataformas en la parte delantera para poder llevar cajas o más gente. Daba igual el estado de la bici mientras anduviese y había alguna que no te llegabas a explicar cómo podían moverse. El ayuntamiento también tiene sus propias bicis que cualquier puede usar y, aunque al principio nos dieron un poco de miedo porque no tienen freno y la forma de detenerse en pedalear hacia atrás, al final terminé cogiéndoles el truco. El sistema de alquiler es sencillo, como el de los carros de supermercado, sólo hay que tener una moneda de veinte coronas y desbloquear el candado. Lo difícil es encontrar una bicicleta libre.
Teníamos idealizados a los escandinavos como fríos y distantes (y altos y rubios ) y el choque fue brutal. Pocas veces he visto gente tan amable y dispuesta a ayudarte sin esperar a que pidas auxilio. Un ejemplo: al aterrizar me pegué con una máquina para comprar los billetes del tren a Copenague y compré cuatro tickets en vez de dos. En la ventanilla de asistencia, una señora enorme y con una sonrisa del mismo tamaño sólo dijo “y sí querías dos, ¿por qué has sacado cuatro?” antes de estallar en una carcajada y devolverme el dinero sobre la marcha. Ni reclamaciones, ni malas caras ni largos procesos en los que parece que, más que el importe de un par de billetes, te están devolviendo el PIB de algún país pequeño.
Y luego está ese pequeño detalle del civismo y la educación. Ahora sé que allí sí tienen de eso y que aquí, nosotros, sólo creemos saber qué es. Puede sonar duro pero, ¡qué coño!, he tenido la sensación de haber viajado al futuro cincuenta años y ahora estoy curando la decepción posterior.
Y, para terminar, una curiosidad: no todo en la cocina local es maravilloso. Muchos platos lo son, de verdad, pero en ocasiones uno falla en la elección. Y sino, sólo hay que pedir un Steak tartar. Una delicia.