fotos al peso

La ciudad de Granada, como sucede con la fruta con la que comparte nombre, hay que empezarla por el centro y sin contemplaciones. Porque esta cuidad, eternamente anclada a los pies de la sierra y de la Alhambra, lo último que necesita es otro turista más, sacafotos y hueco, que se dedique a esquivar a las gitanas que regalan romero. Por eso, el mayor regalo que uno se puede hacer es dejar de lado las costumbres de las prisas, de las fotos al peso y la cultura inocua, volátil con que nos regalamos en los viajes turísticos y abandonarse, perderse. El paseo más delicioso de la ciudad, ese que siempre repito en todas mis visitas, comienza en la Plaza Nueva, en el centro, y discurre a los pies de La Roja, a través del Darro. Después sólo hay que elegir al azar una de las callejuelas que ascienden al Albaizín, el barrio blanco de los cármenes y los aljibes y subir hacia el mirador de San Nicolás. Es importante caminar sin prisas, entre charlas y juegos, dándole en todo momento la espalda a la Torre de la Vela. Más tarde, al llegar a esa altura en que la Alhambra se hace presente, uno se suele dar la vuelta para saludar, de igual a igual, a la dueña y señora de la ciudad. Porque, por muchos siglos que hayan pasado, la fortaleza mora sigue cortando alientos e imponiendo su respeto en todos los rincones. Una vez que ya no queden más calles por las que subir, bastará orientarse con la algarabía para llegar al mirador y contemplar, en un atardecer cualquiera, cómo un sol exhausto y naranja se oculta tras la fortificación roja.

Escrito para un concurso sobre viajes del Taller de las palabras.

mamá tenía razón

Un apunte muy rápido y breve para dejar unos enlaces de fotos, de las fotos que había tomado durante el puente del primero de mayo y que, como no, no puse por aquí. Y es que, cuando mi madre tiene razón –ya no pones fotos, tengo que buscarme la vida en esa página en inglés para encontrarlas, eres un desaborío–, tiene toda la razón…

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rituales y aliados

Lo cierto es que no sé el porqué, únicamente siento cómo mis pies me arrastran a través de la calle Elvira y la plaza Nueva, como si de una procesión se tratase, hasta la iglesia de Santa Ana, caminando junto a los pies negros, los moros y los turistas que llenan cada rincón del recorrido, hasta finalizar justo donde el Darro atraviesa la ciudad por debajo. Es entonces y no antes, cuando levanto la vista y le rindo mi particular homenaje a la torre de la Vela, omnipresente y altivo mascarón de proa de La Alhambra, en forma de saludo breve y sincero, casi agradecido, como el abrazo de dos viejos amigos que se ven al cabo del tiempo.

Siempre repito este extraño ritual nada más llegar a Granada seguro de que, si no lo hago, tardaré demasiado tiempo en volver a la que considero una de las mejores (sino la mejor) ciudades en donde dejarse caer, un lugar que me ofrece tantas posibilidades como gratos recuerdos y que pasa a ser, inconscientemente, mi referencia para comenzar nuevas andaduras o ahuyentar viejos fantasmas. Me imagino, porque no lo sé a ciencia cierta, que el ritual obedece a una vieja deuda con la fortaleza, contraida hace ya más de una década, al volver a la ciudad tras un accidente del hermanín en una pista de esquí, en la sierra. Hay gente que hace promesas a tallas de madera centenarias. Yo, pragmático y agnóstico como soy, busqué al aliado más poderoso en toda la ciudad y me conjuré con La Roja para no volver a pisar un hospital por culpa de una mala, malísima caida. Ella cumplió y yo, desde entonces, también cumplo puntualmente con mi parte de la tradición, quizá la más liviana y agradecida.

Granada es una ciudad fascinante que auna historia e historias en medio metro cuadrado y que es necesario recorrer y patear, primero como turista accidental y ocioso y luego, pasado un tiempo, como experto explorador. Mi meta, hace ya un tiempo, era conseguir que las gitanas que patrullan los vértices de la catedral ofreciendo romero gratis no me viesen como un turista, sino como un habitante más y, a consecuencia de ello, les resultase completamente invisible e inservible. Lo conseguí el día que supe moverme sin necesidad de parar cada cierto número de pasos para ojear un mapa, aunque fuese de refilón. Así, dejando de pertenecer al gremio de los turistas sacafotos, conociendo una pequeña parte de la historia de la ciudad, la necesaria para sentir que no es una estación más en un viaje en que los kilómetros se pagan al peso, va uno haciendose invisible para algunos, los que viven del turismo y extraño para otros, los turistas, y consigue alcanzar el ritmo preciso que le permite formar parte del paisaje.

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