Mayo 26th, 2008 — etiquetas:ikea, obras, piso, suelo, tarima
La semana pasada, eme estuvo de vacaciones los cinco días laborales y yo, los tres últimos. ¿Vacaciones? Quería decir obras, porque nos pasamos los días pegados a una bayeta y hasta nos hemos comprado un aspirador.
Todo, cualquier cosa, es poco por la nueva tarima flotante, o suelo de madera laminado o como carajo se llamen esas chapas de madera, color roble luminoso, que se colocan haciendo clic sobre el terrazo. Al final, como suele pasar con estas cosas (afortunadamente), el resultado ha merecido la pena y el piso parece otro.
En plan de broma, le dije a eme que con el suelo de madera y los muebles del fabricante sueco, nos iban a sacar en la portada del próximo catálogo de Ikea.
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Septiembre 28th, 2006 — etiquetas:armario, ikea, pesadillas
Stordal, Stordal… Llevo varios días teniendo pesadillas premonitorias, oscuros sueños donde recorro un pasillo infinito repleto de puertas corredizas de acero que llevan a otros pasillos idénticos. Después me despierto gritando esas palabras.
No sabía que el final de los sueños tenían que ver con otro final, el del tente mágnifico y enorme que nos habíamos autoimpuesto, hasta que ayer, finalmente, le plantamos cara al último armario sueco, al gigante de más de dos metros de alto y dos metros de ancho. Tras cuatro horas de guerra fraticida, vencimos y ahora adorna nuestra pared y cargará con nuestros ropajes.
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Septiembre 7th, 2006 — etiquetas:gensanta, ikea, piso
Nunca el negocio de los Meccano, los Lego y los puzzles de madera estuvo tan en boga y, para no ser menos, nosotros queríamos formar parte de la locura.
Así que, catálogo en mano, diseñamos todo el piso mirando fotos en papel couchè y nos entretuvimos apuntando artículos, precios y códigos de ocho dígitos en un hoja de cálculo, imaginando combinaciones de colores, colocando mentalmente los muebles en sus sitios correspondientes y, cuando reunimos el valor (y la pasta) suficiente, nos lanzamos a la piscina, inconscientes de nosotros, pensando que las cosas, cuanto más difíciles, más divertidas. Así que el martes, día festivo en la vieja Emérita Augusta, eme y un servidor se dieron una vuelta por Sevilla, por ikea más concretamente, a lomos de una brillante y gigantesca furgoneta de alquiler, conocída cariñosamente como el navío por sus doce metros de eslora y su propensión a zozobrar con un poco de viento cruzado en la autopista.
Una vez allí, en la casita de colores de los suecos (a la que, por cierto, no pienso volver en mucho, mucho tiempo), sucedió lo que más o menos se esperaba, una versión ampliada de las pesadillas de Elm Street, con demasiada gente alrededor intentando cojer las mismas cajas, nosotros dos tirando de cinco carros, cinco, cargados hasta el límite mismo de la ley de la gravedad y moviendo cantidades ingentes de esas pulcras cajas etiquetadas con su código, las medidas del contenido, el peso, los dracmas que cuesta en Grecia, etcétera. Probablemente, la parte menos dolorosa de todo haya sido pasar por caja y dibujar un garabato en la factura final, con un boli Bic que apenas pesa cincuenta gramos.
A la hora de llevarnos nuestras compras a casa surgió el dilema: el navío no podía acceder al garaje y era muy complicado sacar los carros a la calle, con su acera correspondiente, sus cuarenta y pico grados y hacer toda la labor de estibaje desde allí y, fue entonces cuando comenzó nuestra pequeña aventura ilegal, escuchando cómo las barras del control de gálibo rodaban por el techo del vehículo (benditos coches de alquiler, ya se hechaban de menos), esquivando las señales luminosas del garaje y las tuberías rojas de agua, demasiado bajas para mi gusto y aparcando en dos plazas de minusválidos. Cuatro faltas en cinco minutos escasos, mi record.
Luego, durante el agotador proceso de carga, la eterna pregunta: ¿cómo voy a salir de aquí, si es la segunda planta del garaje y se sale a través de la primera y este trasto no sube por la rampa sin romper algo? La respuesta es simple: Juan Carlos, el segurata, un tio majo que nos miró con cara de asombro al descubrir el Titanic en medio de su planta y que, amablemente, cortó el tráfico de acceso al parking para que yo saliese por donde había entrado, montando el pollo del día.
El apacible viaje de vuelta, el desvío para recoger al hermano de eme en Badajoz y las tres horas y media que empleamos los tres en subir los muebles me los guardo en la memoria, frescos y vívidos como si acabasen de suceder, para recordarlos dentro de algún tiempo, probablemente tras montar el inmenso mosaico de madera y cristal, el puzzle en que se va a convertir el piso.
A la mañana siguiente, dormido y jodido por el esfuerzo, pasé por delante del salón reconvertido a improvisado guardamuebles y, como Charlton Heston en El Planeta de los simios supe que no había sido una pesadilla, que realmente habíamos trasladado más de quinientos quilos a lo largo de trescientos quilómetros. Ya lo decía folixeru, pahabernosmataoporcualquieresquina.
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Noviembre 13th, 2005 — etiquetas:ikea, niños
Yo pensaba que la gente que no trabaja los sábados estaba en casa durmiendo o pasando la resaca lo más dignamente posible, tranquilos y en pijama. Pues resulta que no, que todas esas personas que deberían estar en casa, están en algún Ikea pasando la mañana y haciendo de figurantes.
Yo no lo sabía, pero ayer aprendí que los niños tienen que ser homologados, certificados o algo que suene a oficial por Ikea y que requiera la presencia de los padres, los niños, los abuelos y algún tio carnal. Sino, no me explico por qué había tanta gente y, sobre todo, tantos padres sonrientes, sudorosos, arrastrando las malditas sillas con niños pequeños y no tan pequeños a bordo, tratando de que seas tú quien se salga de la cola de gente que avanza pasillo arriba y clavándote las ruedas en el talón de Aquiles. Ni se disculpaban, los jodíos. Tampoco se inmutaban cuando sus fierecillas, niños rubios, cabrones, resabiados, vestidos de Kiddy’s Class y Hilfiger se ponían a correr alrrededor tuyo o a pegarte patadas porque sí, porque papi y mami trabajan mucho y la niñera no les da cariño, educación o dos hostias en todo el morro. ¡Son cosas de niños! ¡Son taaaaan ricos!, decían y yo, que soy todo corazón, no sabía si darle la razón o un euro para que le comprase una gorra o una camiseta de los Latin Kings y le fuese enseñando cosas útiles para su futuro.
En cierto modo era lo esperado y, por ese motivo, habíamos madrugado y nos plantamos en Sevilla, en la tienda sueca, a las once de la mañana, con una lista detallada de artículos para comprar (modelo, color, código, peso y tamaño del embalaje, medidas, longitud, latitud, etc…) y una segunda lista de posibles caprichos (lo de posibles es un eufemismo). Al final, cansados y doloridos nos fuimos a degustar unos montaditos al centro, al patio donde nos enseñó María la sevillana cómo se bebe el fino y el rebujito mientras se sonríe con los ojos.
De la mesa y la silla, algún día, pondré fotos. De momento comentar que están montadas y en uso, que las instrucciones son para lechones como yo y que, como bien sabía eme, quedan estupendamente. Ahora sólo tengo que darles uso :).
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Noviembre 11th, 2005 — etiquetas:ikea
Este sábado eme y yo hemos planeado una escapada a Sevilla para comprar una de estas

y otra de estas

Todo para que el niño se aplique y apruebe algo, lo que sea, pero algo.
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