it’s over

Este ha sido, sin duda, el peor año que he pasado en la Escuela Oficial de Idiomas de Mérida. Y lo ha sido por tres motivos: el ritmo que, desde el primer día, imprimió la profesora al temario, que siempre encontré demasiado alto; la gran cantidad de clases a las que no fui por irme de juerga a Austria; y el que los compañeros de clase fuesen gente mayor, que había pasado tiempo en paises anglófonos y sólo iban a clase a sacarse el título y hablar rápido.

Por eso, esta semana acudí a los exámenes con cierto excepticismo y completamente liberado de cualquier presión, con la vista en setiembre más que en junio. Poco estudio (negarlo sería de necios) y mucha confianza en mi curso avanzado de inglés y cerveza en Austria, me hicieron olvidar muchas cosas y relajarme en exceso. Y, quizá por eso, al terminar esta tarde el examen oral (de inglés, no ingles), la profesora me dijo que había aprobado todo, que había pasado cuarto. Suelo ser calmado pero me puse tan nervioso que no pude decir nada coherente, sólo tonterías, mientras daba botes.

Así que se acabó, se terminó el cuarto curso de inglés y en setiembre me espera quinto, el último escalón de esta escalera que subo, de momento, porque quiero y sin prisas. Aprender por el simple placer de aprender. De locos.

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el interruptor

Esta mañana volvió a suceder, volví a escuchar cómo el interruptor cambiaba de posición, sentí cómo algo en mi cabeza se deslizaba lentamente desde la parte que habla español a la parte que habla inglés. Bastó un ‘hello… n1mh?‘ al otro lado del teléfono, una voz gutural que arrastraba las vocales por el suelo y cuyo propietario, una alemán llamado Alexander, me debía un correo desde ayer por la tarde, sólo hizo falta eso, para despejarme la modorra de golpe. Y todavía no sé cómo.

Hace años que sé que tengo ese interruptor, que yo imagino en alguna parte oscura y primitiva de mi cerebro, como una diminuta clavija blanca y cuya tarea es decidir en que idioma me expreso, pero no soy capaz de elegir por mí mismo en que posición debe estar. La jodida clavija es automática y debe necesitar un cierto peso, una cierta presión para moverse de un lado al otro, presión que, por supuesto, yo no ejerzo. Cuando balancea su posición me pongo a hablar en inglés como si hubiese nacido en bajo la estatua de Nelson, sin miedo al ridículo, sin vergüenza y sin alteraciones de pulso, simplemente hablo. Además, se da la paradoja de que mi interlocutor se suele enterar bastante bien de la historia que le cuento, mucho mejor que cuando me esfuerzo por sacar mis más profundos conocimientos de escuela.

La primera vez que sentí deslizarse al interruptor fue con una llamada a HP por un switch falto de cariño. Aunque la comunicación era con España, me salió una voz femenina hablando en inglés y, para sorpresa del folixeru, le expliqué a la señorita el problema y atendí a la solución. Sin un pestañeo de más. Las otras veces han sido en Londres, cuando tenía hambre y no me entendía con nadie, con los mismos alemanes de los teclados hace ahora dos años y durante hora y media y en algún que otro examen de inglés. Lo peor es que siempre es inesperado y placentero, así que sólo queda esperar a sentir cómo se desliza el interruptor blanco y cómo la conversación se hace fácil, límpia, mientras el pulso se tranquiliza.

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casualidades

Lo que son las cosas. Esta tarde ponía una breve descripción que un funcionario hace de su propio trabajo y esta noche, finalmente, he podido recoger mi certificado que demuestra que ya tengo unos conocimientos mínimos (miserables) de inglés y sólo he tenido que pasar por allí ¡ocho veces!. Eso, en algunos paises nórdicos lo llaman eficacia. El certificado, un nombre pomposo para un pedazo de papel estándar en color amarillo claro, no estaba hecho, no estaba firmado, databa de la época de paco o estaba escrito en inglés, sin tíldes ni eñes aunque, para remartar, cuando por fin lo tiene todo, no está inscrito en el libro de registro.

El (o la, cosas del género) administrativo que tuvo que soportar todo el cruce de notas, con mis comentarios al margen, ha debido quedar bastante cansado de mi y ha debido “olvidar” el último trámite, el del registro, de forma voluntaria. Y no le culpo porque, aunque me hacía gracia el tema y procuraba escribir las notas más o menos bien, las notas, esos pedazos de folios ya usados en los que las bedeles me decían que había que hacer todo el trámite, decía, eran pura quinina. Comprendo (pero no disculpo), que cuando a uno le toca la lotería de una plaza en la administración, de por cumplidos sus objetivos personales y se dedique a sus historias pero, de ahí a olvidar todo el apartado de cultura general que tuvo que aprender para obtener el puesto, media un abismo.

El último documento lo devolví a fábrica porque mi nombre no tenía tildes ni eñes, porque Asturias aparecía entre paréntesis, como un resto de la operación de borrado y porque había un par de palabras más mal escritas. Una joya de documento oficial o certificado, que estaría orgulloso de mostrar allá donde fuera.

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lesson one

Acabo de regresar del primer examen final de este año, inglés esta vez y el menú de hoy consistía en un listening (un tocata, un vinilo, un guiri contándote su vida y unas preguntas para saber si lo entiendes) y un par de readings (unos textos extraidos de revistas viejas y ñoñas y una batería de preguntas acerca de lo que cuentan).

No recordaba estar tan concentrado y tenso durante tanto tiempo seguido desde la universidad y, sinceramente, espero que los resultados sean completamente opuestos. La perspectiva de un tercer año cursando inglés con el mismo profesor (me he acostumbrado a su franja horaria) no es del todo halagüeña. Pero si toca, toca…

Y ahora, como antaño, a afilar el hacha que mañana hay otros dos, un writing de unas quinientas palabras (las típicas redacciones de después del verano - este verano ha sido chupi. he ido al mar…) y un test sobre un libro de lectura obligatoria, Nicholas Nickleby. Aunque más que libro es un recorte tras otro a la novela homónima de Charles Dickens, con todo su trasfondo social, sus niños pobres y sus adultos crueles e idiotas. Por ello no es excesivamente complicado de leer (yo lo hice en la azotea de un hotel de Sevilla, junto a la piscina), a pesar de tener más personajes que la guía telefónica. Todavía no me creo que hayan hecho una película basada en el libro aunque, claro está, me da demasiado miedo como para atreverme a verla.

Con todo, estoy contento. Creo que los de hoy son parte de la historia…

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