Rondaban por “El Corzo” otras mujeres, pero no eran como tú, Susana Pose, amiga mía, entre otras razones, porque las otras chicas tenían del amor la idea de que se trataba de algo dulce del que cabía esperar la formación de una familia rebosante de fotos y de hormigas, algo para lo que éramos nosotros tan descreídos. Si tú y yo hubiésemos unido nuestros destinos, lo más probable no sería que fundásemos una familia, ¡que bobada!, sino que constituyésemos un grupo de riesgo.
José Luis Alvite en Historia con chica y sombrero (I).
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cumplir lo prometido
Recogió el brazo y se sentó frente a mi. Pelo suelto y ondulado, caído en melena, como un sargazo fresco, sobre los hombros levantados y desnudos, brillantes como si acabase de barnizarlos ex profeso el ebanista. Vestía una blusa negra sujetada con un broche detrás del cuello. “Soy el resto de la chica que conoces”, dijo. “Estás tan cambiada que nada más verte estuve tentado de preguntarte por ti”. Había cumplido la promesa que me hizo al apalabrar la cita: “Me presentaré elegante y discreta. Me maquillaré como dices tú que se maquilla una mujer cuando quiere que se le note el alma sin que se le sepa el precio”. Palabra cumplida.
José Luis Alvite en Llama de cera (I).
besos comestibles
Fue un beso rabioso y apretado que se me hizo largo, amniótico e irrespirable como si nos estuviésemos besando en el fondo del mar, pero resultó también uno de esos besos comestibles y excitantes que saben a sexo y a comida. Después ella apoyó su cabeza en mi hombro y yo me pasé los dedos por la boca para comprobar los desperfectos. No recuerdo muchos besos como aquel. Me había quedado tan entumecida la boca, que pensé que pasarían varias semanas antes de que pudiese silbar de nuevo “El puente sobre el río Kwai”.
José Luis Alvite en Un caracol francés (II).
sin reproches
Con motivo de mi divorcio se me planteó la disyuntiva de renunciar a la ruptura o aceptar la excomunión. Según las normas de la Iglesia, ser católico era incompatible con ser divorciado, de modo que tuve que elegir entre mi confesionalidad y mi conveniencia. No dudé un solo instante. Sabía que el íntimo dolor de ser excomulgado no podía ser peor que el de renunciar a mis propios deseos. Jamás me arrepentí de mi decisión y no creo haberle hecho un solo reproche a la Iglesia Católica. Sus normas no encajaban con mis intereses, eso era todo.
Dios sin hilos, de José Luis Alvite.