a la sombra de las dagas, el paraíso

En pasado viernes recibí el libro de Peter Berling, A la sombra de las dagas, el Paraíso. Es mi primera adquisición en una actividad bastante interesante del Taller de las Palabras, basada en subastas y pujas. Explicado sencillamente, se pone en subasta un libro o un pack de libros y se puja por el hasta un máximo o una fecha tope. El dinero recaudado se empleará, al finalizar la actividad, en algún fin social.

Respecto al libro, a mí que me gustan “al peso”, este cumple las expectativas y es suficientemente grande como para durar un tiempo. Ya he podido leer un poco, una treintena de páginas y está bien escrito y cuenta una historia de caballeros templarios, sectas de asesinos y un paraíso con las mujeres más bellas del mundo. Por lo pronto, promete.

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no soy el único que lee en sitios raros…

Ahora mismo estoy viajando en un tren y voy leyendo un libro gordo muy interesante. Mis tiempos de lectura ocurren en el ferrocarril o cuando estoy cagando en casa. Pero resulta que tanto el baño como el vagón presentan incomodidades: no tienen mesas amplias ni apoya brazos, por ejemplo; entonces al libro lo debo soportar en las manos. Cuando el volumen es breve no hay mayores problemas, pero ir y venir con un ladrillo de medio kilo en las manos, en pleno siglo veintiuno, empieza a resultar un despropósito.

Hernán Casciari en El turista original.

Recuerdo con mucho cariño la ruta en tren que, día tras día, me llevaba hasta La Felguera y en donde leía todo lo que podía, casi de forma compulsiva. La ida la dedicaba sobre todo a dormir y al final me resultaba fácil saber cuando despertarme para no pasarme de estación. Pero la vuelta tenía algo de placidez y relax, con el walkman a todo trapo y una novela o un tocho técnico entre las manos, mientras dejaba que el tren me meciese hasta casi dormirme. Era en estado de duermevela cuando los conocimientos del libro pasaban mejor hasta el cerebro, a través de las manos.

En aquel vagón y con aquel método de estudio tan válido aprendí algunos de los conocimientos técnicos que, todavía hoy, me salvan el cuello en alguna ocasión. En algún punto del trayecto entre La Felguera y El Berrón aprendí la teoría de bases de datos y los rudimentos del lenguaje SQL’92. PHP3 cayó entre La Florida y Tremañes. Pero, mi momento preferido fue, sin duda, cuando me puse en pie a la altura de Carbayín porque en “La carta esférica”, Coy acababa de incumplir su promesa con la protagonista de la novela, el personaje femenino con el mejor nombre que soy capaz de recordar, Tánger.

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el día del libro

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(Mel, desde el Diario de Cadiz)

romeu dia del libro 2008
(Romeu, desde El País).

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(Forges, desde El País).

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decálogo para crear buenos lectores

Me ha encantado este decálogo en donde se explica cómo lograr que un niño aprenda el valor de la lectura y, el más dificil todavía, termine disfrutando con ella. Parece mentira que, siendo unos pasos más o menos lógicos (recuerdo a mis padres siguiendo cada uno de los puntos del decálogo, sin que nadie lo pusiera por escrito), el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, haya tenido que hacer un plan. Deben haber empezado a verle las orejas al lobo, o lo que es lo mismo, a demasiados niños enganchados a consolas, ordenadores y demás dispositivos electrónicos.

  1. Dar ejemplo.
  2. Escuchar.
  3. Compartir.
  4. Proponer, no imponer.
  5. Acompañar.
  6. Ser constantes.
  7. Respetar.
  8. Pedir consejo.
  9. Estimular, alentar.
  10. Organizarse.

Las explicaciones a todos los puntos de la lista, están estupendamente ampliados en Papel en blanco y, como dicen en el artículo,

En esta guía para padres aparecen muchos frentes por los que hay que actuar, y el principal obstáculo es que requieren de tiempo, dedicación y constancia. Desde que son muy pequeños. Pero nadie dijo que fuera fácil…

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¡mamá, quiero ser creativo!

Llevo media vida leyendo, aprendiendo a juntar palabras y distinguiendo las dos literaturas, la que me gusta de la que no, aquella que ni me llena ni me revuelve las entrañas, la que no cuenta nada ni soy capaz de distinguir del texto edulcorado y eficaz de un paquete de magdalenas.

Llevo, decía, gastado mucho tiempo y esfuerzo en una actividad demasiado parecida al onanismo, ya que ambas se las practica uno a sí mismo y ninguna está muy bien vista en la sociedad moderna y, claro está, tenía que pasar factura. Así que un día, ebrio de sensaciones indescriptibles recien asimiladas de un libro, me convencí a mí mismo de que podía ser creativo, podía escribir algo lo suficientemente bueno que me permitiese enseñarlo sin sentir ridículo. Porque, por mucho que digamos que no, tenemos una parte exhibicionista que necesita darse a conocer, salir del armario y mostrarse sin pudor, dándole una patada en el culo al extraño sentimiento de vergüenza y miedo escénico que acompaña a cada letra impresa y que convierte en un exámen cada pequeño trocito de texto del que pedimos una segunda opinión.

Esa misma tarde me compré el cuaderno nuevo y flamante, con las tapas verdes, destinado a albergar mis próximos best-sellers e inicié el sano ritual de volcar mis neuras en palabras y recorrí la misma senda que todos aquellos que empiezan a garabatear palabras, es decir, copié a los autores que admiraba, sabiendo que, algún lejano día, tendría que escribir las cosas tal y cómo yo las veía, sacándome de la manga mi propio estilo. Todavía sigo buscando estilos a los que amoldarme.

Algún tiempo después llegó la informática y con ella mis primeros diarios digitales y los directorios ocultos, protegidos, lejos de miradas extrañas y curiosas. Se daba la paradoja de que, por mucho que escribiese, por muchas letras que derramase, era incapaz de mostrar nada, de enseñar más de tres palabras sin ruborizarme ni caer en una espiral de vergüenza y prejuicios, por lo que todo debía ser escondido concienzudamente, los cuadernos en el fondo de algún cajón, entre otros cuadernos y los ficheros en el más oscuro rincón del disco duro.

Después Internet entró en tromba, mostrando una nueva manera de hacer las cosas, de leer, de escribir y de enseñarse al mundo, aparecieron las news y las webs especializadas, sitios donde te enseñaban trucos para escribir y poder y, poco a poco, fuí olvidando todos mis prejucios y miedos, asumí que el estilo es algo que tienen las gentes importantes y no los medianías para, finalmente, pedirle a alguien de confianza que leyese un texto y me diese su opinión. Tenía la sensación de estar caminando desnudo por la calle hasta que, entre sonrisas soltó un ¡que callado lo tenías!

Y finalmente los weblog, los diarios de la red, lugares públicos y personales donde, a fuerza de airear las nimiedades uno obtiene la íntima satisfacción de estar expuesto en mitad de una plaza, instantes antes de que empiece la puja. En ellos la vergüenza no tiene cabida y el miedo al rechazo se desecha en el mismo instante en que se crea tal espacio. Son adictivos en ambos sentidos, todo es susceptible de terminar colgando en el mono loco y, también, otros weblogs te atrapan y pasan a ocupar un sitio en las rutinas diarias, leer el correo electrónico, pasar la vista por los periódicos nacionales y por alguno astur y darse un garbeo por los diarios de mucha otra gente, que no conoces pero que sí sabes cómo respira.

Haciendo balance deduzco que, en todo este tiempo, lo único que ha cambiado han sido los miedos, que han desaparecido, se han ido. Las motivaciones, las historias, los conocimientos, siguen siendo, sino los mismos, sí muy parecidos y continúo sin sacar beneficios a esta terapia, así que o es amor al arte o adicción. Apuesto por ésta última.

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