la sombra del ciprés es eterna

Hubo un tiempo en que me afanaba por tener en mi haber más libros leídos del mismo autor que una amiga. A ambos nos gustaba aquel escritor y tratábamos de encontrar los libros menos conocidos para devorarlos y apuntarnos el tanto. Ganó ella, que siempre llevó ventaja con las obras más contemporáneas, quizá porque yo siempre tiraba más hacia sus clásicos. Hoy me he levantado con la noticia de que ese escritor, Miguel Delibes, ha muerto.

En mi recuerdo, Delibes ha dejado alguna de las páginas que, aún hoy, consiguen evocar con nitidez una época, más gris, más fría, que nunca volverá. Tengo el recuerdo nítido de las horas pasadas con Mario, velándolo, escuchando los reproches de su mujer, en la osucuridad casi total de aquella habitación; recuerdo el frío, patente incluso en Gijón en mayo, que había a la sombra de aquellos cipreses de Ávila y la estampa de la muralla nevada; puedo ver, casi sin esfuerzo, la silueta del señor Cayo, recortándose sobre sus campos y sus árboles, sabio a pesar de su desconocimiento total de la política; todavía siento asco al evocar al señorito de Los santos inocentes, altanero y chulo como pocos; y recuerdo a Ana, la mujer de rojo, antes de su enfermedad en el que viene siendo el mejor y más sentido homenaje que he leído.

Atrás quedan las carreras por encontrar alguno de sus libros más raros o el extraño regusto al leer El camino por primera vez. Sólo me queda, cómo último homenaje, leer su último libro, El hereje.

el octavo número de la revista

Tenía que haber sido publicada ayer pero, a fuerza de empeñarme en hacer mil cosas a la vez, se me olvidó. El octavo número de la revista finalmente salió con dieciocho horas de retraso, algo imperdonable, pero salió. Se puede visitar en la página de El taller de las palabras.

En esta ocasión participo con el editorial y dos textos, uno en la sección de fotografía, titulado Anodina y otro en la sección de relatos, bajo el título de Dos días (que publiqué en el blog hace un par de semanas a modo de experimento). La mejor parte de meterse en estos lios es lo que enseñan. Hace un año ni me planteaba hacer un editorial y, ante el requerimiento de un amigo, se me antojó una misión compleja para la que no me sentía preparado. El de este número se escribió en poco más de diez minutos, de ahí su innegable calidad. :)

relato — dos días

La voz metálica del otro lado del teléfono fue clara: escóndete dos días, hasta las ocho de la tarde del jueves. No le digas a nadie dónde te metes, busca una pensión discreta, utiliza un nombre falso y paga en efectivo, nada de tarjetas. No hables con ningún familiar ni amigo. Pasadas cuarenta y ocho horas, vuelve a llamar a éste número y te iremos a buscar. Mantente atento, vigilante y se cauto. Nos vemos en dos días.

Estuvo vagando por el centro de la ciudad durante el resto del día, escogiendo con calma una pensión barata, anónima y donde no preguntasen demasiado. Cada cierto tiempo, con disimulo, observaba por encima del hombro a las personas que le rodeaban, intentando memorizar sus facciones, sus gestos y se preguntaba si ya lo estarían siguiendo. En su paranoia comenzó a temer a las sombras, a las figuras que aparecen un instante a sus espaldas y desaparecen para luego, unas calles más adelante, volverse visibles de nuevo. Se sentía observado, seguido, controlado en la distancia.

Continuó caminando por calles que no conocía, trazando grandes círculos para volver a la que consideró la mejor opción para esconderse. Era una pensión que ocupaba un edificio completo en un callejón perdido. No se anunciaba con paneles luminosos ni tenía grandes carteles en la fachada y únicamente una pequeña placa metálica en la puerta daba a conocer el establecimiento. La recepción y las habitaciones estaban situadas en la primera planta y se accedía a ella subiendo una escalera de madera de principios del siglo XX, empinada y ruidosa. Se quedó varios minutos en la calle, observando a todos los peatones y coches, tratando de reconocer alguna cara conocida. Sentía la proximidad de las sombras, se sabía seguido y observado y esperó frente a la pensión hasta estar seguro de que no lo habían seguido.

La dueña, extrañada, no dejaba de mirarle la cara, como si intentase averiguar los motivos que le llevaban a su pensión, a aquellas horas de la noche. Su cara y su aspecto le recordó al de un perro de presa, el instante anterior a saltar sobre un cuello ajeno. Se supo cansado y notó que apenas le quedaba paciencia para responder preguntas.

–¿Nombre?
–Antonio Gómez García–falso, tal y cómo le había dicho la voz del teléfono. Ni él hizo el amago de sacar el DNI, ni la señora de pedirlo.
–¿Cuántas noches se va a quedar?
–Dos.
–¿Quiere que la habitación tenga baño o que sea compartido?
–Con baño.
–¿Quiere ropa de cama? Hay que pagar un suplemento.
–Si, con ropa de cama.
–En total, son veintiocho euros.

La habitación, situada al final del pasillo por petición suya, era pequeña y estaba limpia. La cama, grande y mullida, ocupaba la mayor parte del espacio disponible. Instintivamente fue hasta la ventana y observó un instante la calle, intentando encontrar alguna de las caras que había memorizado durante el paseo. Después, corrió completamente las cortinas.

Comprobó el funcionamiento de la cerradura y trató de abrir de la puerta por la fuerza, sin éxito. Tras unos cuantos intentos, situó la mesita frente a ésta, colocó entre ambas una botella de cristal vacía en equilibrio y comprobó que se caía al menor intento de forzar la entrada.

Sobre la cama colocó los objetos que había comprado en una diminuta tienda regentada por chinos: algo de comida, tres paquetes de pilas, desodorante, un par de mudas, una baraja y un reloj despertador de cuerda.

El nuevo móvil de tarjeta y el arma, amartillada y sin seguro, los posó sobre una silla al lado de la cama.

Dos días, se dijo entre dientes. Sólo dos días.

El resto, el próximo día 13 de octubre de 2009, con la publicación del octavo número de la revista del taller.

al mundo le quedan dos días

Fue no hace mucho, unos cuantos días nada más. Desde entonces sé que al mundo le queda poco más de un mes y que la crisis ha empezado a golpear a todo el mundo. El azar quiso que fuésemos compañeros de manada, de uno de esos grupos que se forman a la entrada de la tienda y con los que compartes todo el recorrido, te guste o no. Un pijo clásico, de manual, recorría el pasillo a un par de metros de mí.

Aquel hombre recorría el circuíto de carreras que es la exposición de Ikea con el ánimo de un condenado, con sus bermudas, sus naúticos, su jersey primorosamente anudado al cuello y la gomina, toneladas de gomina que hacían de su cabello un casco. Su mirada perdida y ausente, recorriendo cada uno de los estantes y su expresión de cordero camino del matadero, conseguían transmitir toda su preocupación en un instante. Estaba completamente desubicado.

Cada curva del recorrido, cada mueble de diferente color y cada etiqueta tamaño XXL pertenecían a otro mundo, a un lugar lejano y gris donde no habitan las texturas marrones y suaves de Burberry’s y donde el caballo de Ralph Laurent había perdido la batalla con un corazón rojo que tiene brazos. El mundo al revés.

Un sitio barato, eso sí, que por algo estamos en crisis pero feo, muy feo, donde el lujo muere al pie de la escalera de entrada y todo está poblado de objetos con nombres imposibles, impronunciables y abyectos que le quitan todo el glamour. ¿Cómo puede uno presumir de tener un Lillagen o un Asperlund? ¡Ni tan siquiera suenan bien!

Un instante antes de perder de vista al pijo, me pareció oírle gritar ¡¡Louis Vuitton, ¿por qué me has abandonado?!!