relato — son sólo palabras

Sobre la mesa, el titular de la primera página del periódico dejaba poco lugar a la imaginación: Bernal, amenazado. Más abajo, en la fotografía se podía leer la amenaza pintada sobre una de las paredes de la fábrica y una diana toscamente dibujada. Un poco más allá de las hojas del periódico, desde un porta retratos de plata, Ana y Lucía, su mujer y su hija, le sonreían también a todo color. A pesar de la distancia, podía oír la voz de Ana pidiéndole que no se metiera en aquellos negocios de los que apenas tenía conocimientos.

—Tu mundo es otro, decía, tú sabes dirigir empresas textiles, sabes de logística y mercados pero no tienes ni idea de importaciones. Por favor, no te metas ahí. Déjalo antes de empezar.

Estuvo a punto de hacerle caso, de no seguir adelante con la operación, pero cometió el error de comentarle las dudas de su esposa a quien le había propuesto el negocio. Son paranoias de tu mujer, le dijo, intenta que no te embarques en nuevos proyectos para que estés en casa, con ella, tomando café. Tú mismo, aceptaré tu decisión sea cual sea, le dijo antes de poner fin a la conversación, pero a lo mejor yo debo plantearme tener un director general que hace todo lo que le ordena su mujercita…

Aquella conversación había sucedido sólo seis meses atrás, un par de días antes de aceptar. Después vendría la toma de decisiones, su firma en acuerdos con empresas fantasma, las cuentas imaginativas, la huida de Ana y Lucía, la caída en desgracia y, finalmente, su cara rodeada por una diana en una sucia pared. Quien ha pintado esto, se dijo con aplomo, no está bromeando. Quizá deba contratar un guardaespaldas. O quizá no, al fin y al cabo, son sólo palabras.

Son sólo palabras, mi aportación al magazine.

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la primera frase

Sintiendo asco contenido, le apartó un mechón de pelo de la cara, le mostró su mejor sonrisa y la besó.

El beso

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Juan de Austria, 23

—Uno, uno, dos, dígame.
—Llamo de la calle Juan de Austria, del número 23. En el tercero derecha están tenido una discusión, creo que de eso de la violencia de género, lo que sale en la tele y…
—Señora, cálmese, por favor. ¿Me ha dicho la calle Juan de Austria?
—Si. Se oyen muchos gritos, más que otras veces y están rompiendo cosas contra el suelo. ¿Pueden venir pronto? La chica, Marta, grita mucho.
—Si señora, enviamos a la policía de inmediato. Necesito que me diga de nuevo el número.
—23, Juan de Austria 23. Es en el tercero izquierda, perdón, derecha.
—Muy bien señora, una patrulla de la policía va para allá. Esté tranquila. Necesito que me diga su nombre.
—Soy Soledad Suárez Murillo, vivo en el segundo derecha del mismo piso.
—La patrulla está en camino, Soledad.
—Muchas gracias.

Aquella tarde, al incorporarme al turno en la comisaría tuve una premonición: iba a ser una noche dificil. Diecisiete años en el cuerpo me han hecho un agente eficaz aunque descreído con los resultados prácticos de este trabajo. Ésta es una ciudad pequeña, en donde la noche de los miércoles suele ser tranquila y, en aquel momento, no parecía que fuese a cambiar por un mal pálpito. En cuanto me vestí de uniforme se lo comenté a Luis, mi compañero de patrulla, que me miró divertido y ahogó una carcajada. Contra pronóstico, el turno discurrió apacible hasta las once y media, cuando nos avisaron por radio de que había una discusión doméstica cerca de donde estábamos. Luis, que siempre suele conducir de noche, dirigió el coche patrulla a toda velocidad hacia la dirección que gritaban por la radio. Yo, mientras tanto, respondía a la alarma y accionaba las luces giratorias del techo. Un escalofrío me recorrió la espina dorsal. Encontramos la puerta del inmueble abierta y a una vecina esperándonos en el segundo derecha, que nos había llamado al percatarse de que los gritos y los golpes en el piso de arriba no cesaban. Con el ruido de la discusión de fondo, le pedimos más información. Soledad Suárez Murillo nos dijo que en el piso superior al suyo, el tercero derecha, vivía una pareja de mediana edad con una niña pequeña de seis años. Hacía unos años que habían llegado al edificio y, aunque no eran muy comunicativos, al menos por el día. Desde un tiempo a esta parte, al llegar la noche se escuchaban discusiones y peleas, con algún que otro golpe. Soledad ya nos había llamado en otras dos ocasiones, por los mismos motivos. Esta vez la llamada la había hecho al darse cuenta que los gritos no sólo no cesaban, sino que iban en aumento. Con el semblante serio, Soledad nos confió su miedo por Alba, la niña de seis años de la pareja. Solía cruzársela en la escalera, decía, y al tratar de hablar con ella, la niña se volvía hosca y se iba entre excusas.
—Marta, la madre, es una chica mona pero siempre tiene la expresión triste y no habla con casi nadie, como si tuviese miedo de todo el mundo. Él, Andrés, creo que se llama, es dominante y no escucha a los demás. En la última reunión de la comunidad de vecinos nos amenazó y gritó hasta que se aprobó la colocación de una antena de esas nuevas, de las terrestes o digitales, para poder ver el fútbol. Va por la vida como si los demás le deviésemos algo.
Un golpe fortísimo interrumpió el monólogo de la vecina. Los agentes corrieron escaleras arriba y Roberto llamó con el puño a la puerta del tercero derecha, identificándose y pidiendo que abriesen. Tan pronto como su mano tocó la madera, todo quedó en silencio.

Andrés, mudo de golpe, me hizo una seña para que abriese la puerta. Me sequé las lágrimas, me compuse un poco la ropa y me acerqué a la puerta. Al abrirla, había dos policías y el más viejo se identificó y me preguntó si estaba todo bien. Mentí, le dije que sí, pero no se lo creyó y me preguntó por mi marido, si estaba en casa. ¡Claro que estaba en casa, cómo no iba a estarlo! Cuando él no está, los vecinos no tienen que llamar a la policía. Le dije que sí con la cabeza, me callé y le dejé pasar. Andrés estaba en mitad del salón, de pie, con los brazos en jarras. Tenía esa mirada retadora y el gesto chulo. Recuerdo que pensé que ya no había nada de él que me gustase. Desde que había llegado esa noche no había parado de gritar por cualquier tontería. Que sí me había visto con Magda, riendo más de la cuenta; que sí no le gustaba que volviese contenta del trabajo; que si la cena no está suficientemente caliente ni salada; que si cada día hago menos en la casa y así con cualquier cosa, por pequeña que sea. Esa noche pensé que no pasaría de ahí, como casi siempre, que se le va la fuerza por la boca y sólo hace aspavientos. Pero cuando estaba cenando, sin más, cogió la copa del vino y la tiró con fuerza contra la pared, justo al lado de donde yo estaba fregando los platos.
—La siguiente no fallo. Tráeme otra copa, que ésta se ha roto.
Creo que estaba cansada, agotada de tanta violencia contenida, de tanta estupidez que desconocía. Harta de él. Cansada de sus gritos y sus súplicas al día siguiente. Asqueada. Quizá por eso, en vez de llevarle una copa, como hacía siempre, con esa mezcla de sumisión y asco, se la tiré. Y yo sí le di. Y luego le tiré el plato que estaba fregando, un vaso y media docena de cubiertos. Él, con una cara de susto que hacía años que no le veía, me tiró el plato con la cena y hubiese seguido sino me hubiese quedado quieta, mirándole fijamente, con el cuchillo más grande que hay en casa en la mano. Entonces cambió de actitud, se volvió dialogante, zalamero y bromista. Que si no aguanto una, que vaya genio que tengo, que si deja el cuchillo que eso corta. Todo el rato hablando y todo el rato acercándose suavemente, de lado y con sus ojos cambiando constantemente entre los míos y el cuchillo. Sé que lo sabía, que se dio cuenta en cuanto el tiré la copa. Sabía que había llegado al fondo de mi paciencia y que no dudaría en clavarle el cuchillo. Todavía no sé cómo, me propinó un golpe muy fuerte en el antebrazo que me hizo soltar el cebollero y, a continuación, me dió un bofetón que resonó como un tiro. ¡Plaf! Sin movimientos de más, sin aspavientos, un bofetón puso punto y final a mi insurrección. Luego se puso como un loco, a gritarme y amenazarme, hasta que sonaron los golpes en la puerta.

Cuando Marta abrió la puerta, recogí el cuchillo del suelo y lo guardé en el cajón de los cubiertos. Luego pensé que no debía haberlo hecho que, al fin y al cabo, yo soy la víctima y esa zorra quien intentó rajarme la barriga. Y motivos no le faltan, porque yo conozco su secreto. Desde hace meses llega a casa sonriendo y canturreando y si le pregunto a qué viene tan buen humor, me dice que a nada en especial, o que por culpa de un libro que está leyendo o una canción de la radio. No la creo. ¿¡Cómo la voy a creer!? Seguro que sonríe porque algún mamón del trabajo le tira los trastos. Ya me lo advertían los colegas antes de casarme: ten cuidado con Marta, que es un poco zorrón. ¡Joder! Si lo sé antes… La tía me la está pegando con otro. Fijo. Desde entonces no hace nada bien. La comida le sale insípida y siempre está fría, la casa se cae a cachos y no plancha una camisa bien ni por error. Las mías, claro, porque las suyas están todas perfectas cuando va a la oficina. Se pone guapa para ese tipo, no tengo ninguna duda. Y luego lo niega todo.
—¿En qué puedo ayudarles, agentes?
El más viejo de los polis parecía que tenía el mando, porque fue él quien más habló.
—Hemos recibido un aviso de un vecino diciendo que había una discusión violenta y queríamos comprobar si era cierto. ¿Han estado discutiendo?—el cabrón miraba alrededor y, claro, veía lo que me había tirado Marta y torcía el gesto.
—No, a mi mujer se le han caído los platos mientras fregaba.
—Es curioso que el fregadero esté a un lado de la cocina y los platos que fregaba, al otro. Incluso hay uno en el salón.
—No sé cómo lo ha hecho. Simplemente pasó.
—Señora, ¿se encuentra bien? Parece que ha estado llorando. ¿Han discutido?
Marta me miró. ¡Sonreía! Mierda, mierda, mierda… ¿Por qué se ríe? Hace un rato lloraba, ahora se ríe. ¿Por qué?
—Si. Aunque sólo gritaba él. Me tiró una copa mientras fregaba y yo le tiré el resto. Lleva meses gritándome, insultándome y, a veces, pegándome.
Marta hablaba tranquila, sin parar. Intenté hacerla callar, tapándole la boca pero el policía más joven me paró, me tiró al suelo y me inmovilizó. Entonces perdí los papeles y me puse a gritar y a amenazarla. Quizá no debí hacerlo pero la muy zorra iba a quedar como víctima. ¡Ni siquiera me preguntaron! Luego me ordenaron que me callase y me sentaron en el sofá con las esposas puestas por la espalda. El poli viejo no tenía ojos más que para Marta. Seguro que luego se lo paga en la cama.

La mujer, más tranquila, se sentó en una silla y empezó a explicarnos a Luis y a mí cómo había ido la discusión. Luego, buscó el cuchillo con el que había hecho frente a su marido, que seguía soltando miradas retadoras desde el sofá. Lo encontró en el cajón de los cubiertos, sucio y con restos de carne, entre todos los demás utensilios limpios. Al preguntarle por su hija, se puso nerviosa y salió corriendo hacia la habitación de la niña. Sin decir ni una palabra, abrió las puertas del armario y, tapada con jerseys y camisetas, estaba la niña. Su madre la sacó y la abrazó hasta que le dijimos que tenía que acompañarnos a comisaría a poner una denuncia, que era lo mejor. Se secó de nuevo las lágrimas y aceptó.

El interior del armario está oscuro y, cuando me cubro con la ropa, los gritos suenan lejanos, como si fuese la tele o el bar de enfrente. No me gusta cuando discuten, por eso me escondo en el armario y espero a que dejen de gritar para salir. Hoy, como parece que mamá chilla mucho, voy a esperar un poco más, diez o quince minutos, para no volver a verla llorar. No me gusta ver llorar a mamá, me pone triste. A papá parece que no le importa, porque le grita más y ella llora mucho más. Si fuese mayor, más fuerte, papá no le gritaría a mamá porque yo no le dejaría. Papá no escucha a nadie y siempre quiere que esté todo listo cuando él llega. No está nunca y cuando llega nos grita. ¡No es justo! Hace ya un rato que pararon los gritos, pero no como siempre. Casi siempre papá grita más y a mamá se le oye menos y luego, papá se va calmando hasta que deja de gritar y se va, dando un portazo o se mete en la cama. Hoy han parado de golpe, un rato después de empezar. Y no ha habido portazo. Se oyen voces en el salón, mamá, papá y otra que no sé quien es. Luego, papá vuelve a gritar, mucho y luego se calla. Un rato después, la puerta del armario comienza a abrirse.

Relato para El Taller de las Palabras.

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crueldad

—Sinceramente, no veo tantas diferencias entre clavarle espadas de metro a un toro y pegarle una paliza a un perro. Eso sí, lo primero sale en la portada de los periódicos y lo otro, en la sección de sucesos.

Mientras hablaba, Ángel miraba intermitentemente el generoso escote de Lucía, que esa noche se sentaba frente a él. A su izquierda en la mesa cuadrada y pequeña del salón del piso de Sandra y Ángel, Alex no podía apartar la vista de los ojos verdes de la anfitriona. Estaba siendo una cena sencilla, divertida y alegre.

Lucía, que dudaba con los canapés, contraatacó.

—No creo que sea, siquiera, comparable. Los toros de lidia se crian con el fin de terminar en la plaza. El perro, sin embargo, se supone que es un amigo que merece nuestro respeto y hacerle algo así es cruel.

—¿Sabeís cual es la línea que define la crueldad? La cercanía. —Alex corrigió a su novia sin siquera cambiar el gesto.—Que un toro o un perro nos miren agónicos desde una foto no conmueve porque no nos pilla cerca. Si quieres hacer daño tienes que conocer a la víctima, tener cercanía.

Se produjo un silencio mientras Alex masticaba su solomillo con salsa de castañas, como si todos estuviesen digiriendo sus palabras. Con la boca vacía, continuó.

—Os habéis lucido con el solomillo.—Mientras hablaba, fijó una mirada seria e inexpresiva en Lucía.—Es como si, en una cena como esta, alguien le espeta a su pareja que se está follando a su mejor amiga, también presente. Eso sí es crueldad.

Lucía, al cabo de un instante y sin mediar palabra, se levantó y salió del piso mientras Alex terminaba su solomillo.

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manías

Darío siempre se despierta a las siete y veintiseis minutos, se calza la zapatilla derecha antes que la izquierda y se dirige al baño, donde le esperan el gel y el champú situados, respectivamente, a la derecha e izquierda del grifo de la bañera. Como siempre, las etiquetas miran hacia afuera, para evitar confusiones. Siempre ejecuta sus medidos movimientos de ballet por su miedo a caerse en la bañera, sujetándose a los bordes con ambas manos y dando pasos cortos y suaves, como si bailase. Cuando se afeita, lo hace comenzando bajo el mentón, haciendo avanzar la cuchilla por el cuello, para saltar luego al bigote y, desde ahí continuar con el resto de la cara.

La ropa la prepara el día antes, para no perder mucho tiempo pensando y llegar tarde al trabajo. Suele emplear quince minutos ante el armario abierto, descolgando perchas, colocando trajes y corbatas sobre la cama, como si de un muestrario se tratase, con los zapatos a los pies de ésta. Termina seleccionando cuidadosamente la corbatas, ni muy clásica ni muy alegre, para no dar una impresión equivocada, dice, para no parecer un nuevo rico sin gusto, ni un viejo ejecutivo decrépito.

El café lo toma templado, con leche desnatada y tres cuartas partes de un sobre de azúcar. Lo acompaña de la misma marca de galletas que, siendo niño, le daba su abuelo y que cada vez resulta más dificil conseguir para Charo, su mujer. El ritual comienza cuando pone sobre la mesa, en columnas equidistantes, montones de seis galletas, con las caras más lisas juntas. Veinticuatro galletas en cuatro montones perfectamente alineados, rodeando su viejo tazón con café. Las despacha en orden alterno, comenzando por la columna par situada más a su derecha, continúa por el siguiente montón par y, finalmente, termina con las dos restantes, las impares, comenzando por la izquierda.

Charo se levanta animada, alegre y vivaracha, cantando y hablando de las noticias de la radio. Darío habla poco. La mañana en que le llamó aquel abogado para decirle que su mujer quería dejar de serlo, sólo había dicho una frase.

–Charo, cariño, me estoy dando cuenta de que eres un poco maniática. ¡Mira que untar sólo media tostada de mantequilla!

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el horóscopo

Marga sabe que la suerte no existe, que todo lo relativo al azar es un dicho, un enorme bulo que se inventó alguien para vender más lotería. Desgraciadamente para ella, lo sabe desde hace poco tiempo, pero lo guarda como un enorme secreto. Sabe que la gente es incrédula y que, con una revelación semajante, hay que tener cuidado.

Desde hacía años, todas las mañanas a la hora del desayuno se repite el mismo ritual, en el que ella participa de buen grado. Un compañero, creyente acérrimo de las verdades del horóscopo, se pelea por el periódico del día en el bar de siempre. El dueño del bar, incluso, le guarda el diario cuando se van acercando las once. A esa hora, como un perro de presa, Juan otea todas las mesas del bar buscando a su objetivo y, si está siendo leído, se mantiene a distancia, espectante, pero sin perder el contacto visual. Una vez liberado, Juan cobra su pieza y, tras sentarse de nuevo en la mesa, se lanza a leer la sección de los horóscopos.

Como ya se sabe el signo zodiacal de cada uno, lee en voz alta y sin preguntar primero, la sarta de ambigüedades y despropósitos que van a suceder a cada uno a lo largo del día, deteniéndose en las partes más jugosas. Para el no hay otro momento como ese a lo largo del día. En ocasiones, estando en trance, recuerda los augurios del día anterior y los vincula a hechos que le sucedieron. Las palabras del periódico son tan ambigüas que todo cabe en ellas, desde el piar de los pájaros en un mañana de primavera, al accidente de coche que casi le mata. Sin embargo, para Juan, esas palabras indican cláramente su destino. Luego, tras el esfuerzo, se desploma en la silla y no vuelve a abrir la boca.

Pero esa mañana Marga le pide a Juan, un instante antes de que comience a desglosar los vaivenes de los Capricornio, su signo, que no lo haga. Es la única persona que tiene a la cabra como símbolo y, por lo tanto, no le estropea la revelación a nadie. Juan, extrañado, le pregunta a qué se debe su cambio de actitud, si ella era, antaño, la que más interés ponía en averiguar su futuro. No quiere herirle así que, sin dar demasiados detalles, le dice que ya sabe qué suerte tendrá a lo largo del día. Juan continúa con los Acuario, que hay dos.

Sólo hace unos días que Marga sabe que la suerte no existe y que el horóscopo engaña. Y lo sabe porque, precisamente, se lo ha dicho un horóscopo. En su bolso, dentro de la cartera y junto a la foto de su niña, guarda un recorte de periódico, un cuadradito con el vaticinio para los Capricornio del tres de mayo, en el que se puede leer:

Esta sección la hace una máquina que sólo junta palabras al azar. No se crea nada de lo que lea aquí. La suerte no existe y hoy tampoco le va a tocar la lotería. Salga ahí afuera y disfrute del día. De nada.

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taller de escritura: carta de desamor

Mi amor, se acabó. Porque mi amor se acabó, sin comas. Lo he intentado todo y tú también, en un absurdo ejercicio de equilibrismo masoquista. Nos escudamos en las buenas acciones, tratando de no herir al otro, pero no dejamos de infringirnos daños, más dolorosos y crueles que el abandono y la indiferencia que tanto tememos y rehuimos. Afortunadamente, aún nos queda el respeto justo para no hacernos sangre, para no pelear por cada posesión, por cada recuerdo. La peor parte de las peleas, amor mío, comienza cuando uno de los contendientes le echa en cara al otro sus flaquezas. Nosotros, todavía, no hemos alcanzado tanta miseria, la necesaria para dejarnos cegar por las posesiones, por la parte tangible de una relación.

Nos hemos querido con ansia, con ganas, hasta saciarnos y, quizá por eso, nos conocemos tanto y nos respetamos. Somos como viejos amantes que contemplan, atónitos y tristes, los últimos rescoldos de la pasión que compartían. Y no sabemos cómo ha sucedido. Hemos puesto tanto espacio entre nosotros que hace meses que, al tocarte, mi cerebro me recuerda el tacto del cuero frío, en vez de tu cálida piel. El recuerdo más vívido que tengo de tus labios lo atesoro junto a una de mis orejas desde hace más de un año y, mi amor, es demasiado tiempo para recordar cómo duelen tus besos.

Pensarás que deliro pero creo que no es tarde y que podemos curar nuestras heridas, pero en otras manos, en las manos de alguien diferente de quien las provocó. Yo, unilateralmente, parto a buscar esas manos desde ahora mismo. Los boleros no mienten, mi amor, y lo nuestro no tiene salida. Por eso abandono y doy por finalizado el contrato que nos unía. Ahora sólo es papel mojado.

Presentado en el primer concurso del Taller de las palabras: cartas de desamor.

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mi columna de opinión: a cinco columnas

Con este ejercicio del Taller de las palabras inauguro una nueva categoría en el blog, «mi columna de opinión», en la que espero poner opiniones, relatos, historias y demás escritos que me inspira la realidad.

Para realizar el ejercicio, había que crear un relato basado en una noticia o noticias que leyésemos en la prensa y, aunque en la campaña electoral no se mencione, la violencia sexista (violencia de género está mal dicho), me sigue pateando el cerebro desde las páginas de los periódicos.

Rosa es una mujer de costumbres, se podría decir que de manías. Todas las mañanas compra el periódico nada más salir a la calle, camino del tren que la llevará al trabajo. Para ella, cada viaje en tren es idéntico a los otros, un sinfín de rutinas encadenadas con parsimonia. Se sienta en sentido contrario a la marcha, hacia la mitad del vagón, en el centro del convoy, con un ojo en el periódico y otro en el pasaje. Siempre dedica el mismo tiempo a las hojas de papel y las personas que la rodean, que suelen ser las mismas y a quienes considera viejos conocidos.

Antes de salir de la estación, el vagón se va llenando con los habitantes de tan reducido mundo. El chico que estudia cerca del trabajo de Rosa, con sus auriculares y su sempiterno libro de bolsillo, que ejerce de acompañante y aislante sobre el resto del mundo. La mujer callada, frágil y casi invisible a los ojos de los demás, que suele llevar unas enormes gafas negras bajo las que Rosa imagina que duerme durante el trayecto. Los tres adolescentes ruidosos y alegres que se bajan en la segunda parada, enmudeciendo el vagón con su partida. La señora que, como le comentaba un día a una chica que se sentó con ella, iba al hospital a ver su hermano y cuyos ojos azules no pueden evitar una lágrima de tristeza. El tipo alto y altivo que siempre habla por el móvil a gritos y que, afortunadamente, se baja en la tercera parada, evitándoles escuchar el runrun de su conversación.

Instantes después de que el tren se ponga en marcha, Rosa ojea el titular a color y cinco columnas, extrañada por semejante esfuerzo y el derroche de tinta en un periodico local y, sólo entonces, nota la ausencia de la chica de las gafas oscuras.

La noticia.

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historias del savoy: cartas a una gasolinera

Muy poca gente sabe que en el Savoy actuaron estrellas de renombre, durante aquella época dorada que fue el periodo de postguerra. Gene Kelly, Fred Astaire, Frank Sinatra o Bette Davis fueron algunos de los artistas que dejaron su impronta en el escenario del local de Ernie Loquasto. Eran ese tipo de gente en cuyas manos el dinero era algo tan natural como el sudor y cuyos nombres aparecían resaltados con un brillante neón, incluso en las necrológicas del periódico. Fueron buenos y duros tiempos, donde, tras cada actuación, los hombres del público se vieron obligados a demostrar su virilidad jugándose a doble o nada el Buick y la chica contra la cínica e inmovil sonrisa de Sinatra.

Otro relato más para Historias del Savoy.

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mi nombre en la portada

La semana pasada llegó por mensajero mi último experimento: mi primer libro. Suena extraño pero lo cierto es que ya tengo una copia en papel de algunos relatos que escribí cuando tenía imaginación (y menos años) y de una recopilación bastante radical de los que yo considero los mejores textos de este weblog. Sinceramente, nunca pensé que llegaría a tener el libro en mis manos.

Antes, cuando alguien consideraba que tenía algo que ofrecer al resto de la humanidad, escribía un libro y enviaba una copia a docena y media de editoriales, esperando que fuese del agrado del editor y se lo publicasen. Normalmente, las noticias del editor no eran satisfactorias casi nunca y el intrépido escritor se quedaba con las ganas de acariciar un volumen con su nombre en la portada. Sólo unos pocos atravesaban las tijeras de los editores con cierta solvencia y ellos, los elegidos, eran quienes dejaban perplejo al mundo con sus historias, su prosa y su talento.

Ahora, por contra, pasar por las manos de un editor no es un paso imprescindible para ver tu propio ego saciado hasta límites nunca soñados y, bendita Internet, todo está en la red. Basta con acceder a una web, lulu.com, registrarse, subir un fichero con el texto, maquetarlo y ponerlo a la venta. Si alguien está interesado en la obra, compra el número de ejemplares que quiera y éstos son impresos bajo demanda. Sencillo, rápido y cómodo, a un par de golpes de ratón. Huelga decir que, al prescindir del censor, de la criba profesional de una editorial, los textos son, en la mayoría de las ocasiones, infumables.

A finales de julio, harto de preguntarme ¿por qué no? y no encontrar respuestas convincentes, seleccioné unos cuantos textos inéditos, de esos que consiguen que te sonrojes al mencionarlos siquiera, algún artículo más del weblog para conseguir el límite mínimo de páginas y los subí a la web. El resultado es un libro de tapa dura, titulado No salgas de tres…, de treinta y cinco páginas que resulta difícil de leer porque la letra es diminuta pero que, a cambio, tiene mi nombre en la portada. La parte más chocante del proceso es cuando te compras a tí mismo un ejempla, el primero, para corregirlo y, porqué no, para saciar las ansias de verte en papel.

Desde que recibí el paquete por correo, estoy revisando el texto, corrigiendo errores, faltas de ortografía y palabras muy localizadas (playeros, por ejemplo) y buscando una foto para ilustrar la portada, en vez de usar alguna de las plantillas que ofrecen en la web. Espero tener, en breve, la segunda edición del libro y ponerlo a la venta. Por lo pronto, el proceso ha sido divertido, estimulante y lleno de sorpresas y no descarto repetirlo en un futuro. ¡Harry Potter, tiembla!

libros, no salgas de tres…, publicar, lulu.com, editorial

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