historias del savoy: tu nombre tatuado

–Hace años que el Savoy es lo más parecido a un charco en mitad del parque, un lugar plácido y anodino en donde nunca pasa nada. Pero no siempre fue así. En mitad de los cincuenta, un par de familias trataron de hacerse con el control de todos los garitos de la ciudad y, ¿sabes qué?, el Savoy estaba en la maldita mitad del campo de batalla. Como si alguien hubiese extendido un mapa sobre la mesa y le hubiese trazado dos líneas divisorias al barrio y una enorme cruz al tejado del bar.–Al hizo una pausa mientras terminaba su cuarto gintonic y miraba de reojo a la puerta de las coristas, el sitio donde, según él, los ángeles bajaban a aquel infierno de tulipas verdes, humo viejo y demonios con audífono.

Tras casi un año en blanco, he escrito otro relato más para el blog de la banda. El resto en Tu nombre tatuado.

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relato – El ojo

El grifo del lavabo goteaba rítmicamente. El espejo estaba gastado, sucio y a través de los huecos translúcidos sólo podía ver la parte de su cara que no quería mirar: la barbilla. El ojo derecho le dolía y sentía calor y palpitaciones, rítmicas con el goteo incesante del lavabo. El golpe de la mandíbula apenas si lo había notado debido a la tensión de su cuerpo, a la adrenalina corriendo por sus arterias y los gintonics que llevaba de más. Intentó animarse, pensar en algo alegre, pero el ojo derecho no se le iba de la cabeza. Trató de limpiar el espejo pero siguió sin poder verse. Sintió algo líquido resbalando por la mejilla y, alarmado, se tocó la cara y el ojo. Dolía. Estaba hinchado y apenas si podía abrirlo un poco. No veía más que puntos blancos en mitad de la más absoluta negrura. Quería saber qué era aquel líquido, aunque temía que fuese sangre. El ojo no, el ojo no…

En un arranque de histeria, descolgó el espejo de las alcayatas que lo sujetaban en la pared, dejando a la vista unas manchas rojizas y un agujero en la pared, del tamaño de una moneda de dos euros. A ojo, calculó que aquel hueco coincidía con uno de los topos del espejo y sintió asco. Bajó la tapa del váter de una patada y puso el espejo encima, al revés para esquivar las zonas translúcidas y, orientando el espejo, pudo verse el ojo.

Aquella no era su cara. Aquel no era el ojo que recordaba. El líquido no era sangre, eran lágrimas. Respiró aliviado, volvió a comprobar su ojo y, sólo entonces, se permitió mirar el resto de la cara. La parte derecha de la mandíbula tenía un golpe, el pómulo izquierdo tenía un ligero corte que ya no sangraba y ya no podía abrir el ojo derecho. «Así que esto es lo que siente cuando pierdes una pelea», pensó. Antes de volver al bar, tapó con papel higiénico el hueco de la pared y volvió a colgar el espejo.

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eltallerdelaspalabras.net, revista online

AVISO: Ésta es una entrada de autobombo, en la que voy a comentar algo que he hecho (con mucha ayuda, todo hay que decirlo) y que espero poder vender por una cantidad indecente de dinero. Advertidos estáis, que luego no quiero lloros.

A principios de verano recayó sobre mí la responsabilidad de crear una revista online vinculada al Taller de las palabras. Según las primeras ideas del director del taller, ésta revista “debía ser como el New Yorker“, en cuanto a imagen y contenidos. Obviamente, este punto era del todo imposible y, aunque el resultado no deja de agradarme, sé que se puede mejorar mucho más sobre todo dedicándole unas cuantas horas al diseño, mi tema tabú.

La idea inicial era usar las entrevistas y los textos presentados a un ejercicio del taller, en el que se nos daba un título y trescientas palabras de límite, para rellenar un único número de la revista. Pero, como sucede con estas cosas, uno no sabe ni cómo ni cuando pero todo termina, irremediablemente, liado. Así fue como me pasé los meses de julio y agosto buscando una herramienta para publicar contenidos que cumpliese unos puntos básicos, alquilando un dominio chulo, leyendo documentación, armando todo el esqueleto de la futura revista como si fuese a tener una periodicidad semanal y creando las páginas virtuales con los textos de los compañeros.

El Taller de las Palabras.net

El día que terminé con todo ese trabajo, inserté una de mis fotos en la portada y, viendo cuanto ganaba, me propuse buscar una foto para cada uno de los textos y comencé a rastrear flickr con verdadera afición. Fue sencillo al principio, con los tres primeros relatos. Luego, terminé con un maremágnum de fotos, textos y licencias que casi me hace enloquecer. Afortunadamente, las gentes que pueblan esa web son generosas y nadie ha puesto pegas a que empleemos sus fotos en la web, siempre y cuando se respete la licencia, paso que cumplimos escrupulosamente. (¡Mil gracias a todos!)

Hace poco más de una semana pude enviar al foro el aviso de que se cerraba la edición de agosto de 2008 del Magazine digital de El Taller de las Palabras y dar por finalizado dicho número. Si en el futuro llegan otros, la mitad del trabajo ya estará hecho y, espero, todo será más fácil. Hasta entonces, las ofertas de compra deben enviar a mi dirección de correo electrónico habitual :).

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fotos al peso

La ciudad de Granada, como sucede con la fruta con la que comparte nombre, hay que empezarla por el centro y sin contemplaciones. Porque esta cuidad, eternamente anclada a los pies de la sierra y de la Alhambra, lo último que necesita es otro turista más, sacafotos y hueco, que se dedique a esquivar a las gitanas que regalan romero. Por eso, el mayor regalo que uno se puede hacer es dejar de lado las costumbres de las prisas, de las fotos al peso y la cultura inocua, volátil con que nos regalamos en los viajes turísticos y abandonarse, perderse. El paseo más delicioso de la ciudad, ese que siempre repito en todas mis visitas, comienza en la Plaza Nueva, en el centro, y discurre a los pies de La Roja, a través del Darro. Después sólo hay que elegir al azar una de las callejuelas que ascienden al Albaizín, el barrio blanco de los cármenes y los aljibes y subir hacia el mirador de San Nicolás. Es importante caminar sin prisas, entre charlas y juegos, dándole en todo momento la espalda a la Torre de la Vela. Más tarde, al llegar a esa altura en que la Alhambra se hace presente, uno se suele dar la vuelta para saludar, de igual a igual, a la dueña y señora de la ciudad. Porque, por muchos siglos que hayan pasado, la fortaleza mora sigue cortando alientos e imponiendo su respeto en todos los rincones. Una vez que ya no queden más calles por las que subir, bastará orientarse con la algarabía para llegar al mirador y contemplar, en un atardecer cualquiera, cómo un sol exhausto y naranja se oculta tras la fortificación roja.

Escrito para un concurso sobre viajes del Taller de las palabras.

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la primera frase

Sintiendo asco contenido, le apartó un mechón de pelo de la cara, le mostró su mejor sonrisa y la besó.

El beso

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Juan de Austria, 23

—Uno, uno, dos, dígame.
—Llamo de la calle Juan de Austria, del número 23. En el tercero derecha están tenido una discusión, creo que de eso de la violencia de género, lo que sale en la tele y…
—Señora, cálmese, por favor. ¿Me ha dicho la calle Juan de Austria?
—Si. Se oyen muchos gritos, más que otras veces y están rompiendo cosas contra el suelo. ¿Pueden venir pronto? La chica, Marta, grita mucho.
—Si señora, enviamos a la policía de inmediato. Necesito que me diga de nuevo el número.
—23, Juan de Austria 23. Es en el tercero izquierda, perdón, derecha.
—Muy bien señora, una patrulla de la policía va para allá. Esté tranquila. Necesito que me diga su nombre.
—Soy Soledad Suárez Murillo, vivo en el segundo derecha del mismo piso.
—La patrulla está en camino, Soledad.
—Muchas gracias.

Aquella tarde, al incorporarme al turno en la comisaría tuve una premonición: iba a ser una noche dificil. Diecisiete años en el cuerpo me han hecho un agente eficaz aunque descreído con los resultados prácticos de este trabajo. Ésta es una ciudad pequeña, en donde la noche de los miércoles suele ser tranquila y, en aquel momento, no parecía que fuese a cambiar por un mal pálpito. En cuanto me vestí de uniforme se lo comenté a Luis, mi compañero de patrulla, que me miró divertido y ahogó una carcajada. Contra pronóstico, el turno discurrió apacible hasta las once y media, cuando nos avisaron por radio de que había una discusión doméstica cerca de donde estábamos. Luis, que siempre suele conducir de noche, dirigió el coche patrulla a toda velocidad hacia la dirección que gritaban por la radio. Yo, mientras tanto, respondía a la alarma y accionaba las luces giratorias del techo. Un escalofrío me recorrió la espina dorsal. Encontramos la puerta del inmueble abierta y a una vecina esperándonos en el segundo derecha, que nos había llamado al percatarse de que los gritos y los golpes en el piso de arriba no cesaban. Con el ruido de la discusión de fondo, le pedimos más información. Soledad Suárez Murillo nos dijo que en el piso superior al suyo, el tercero derecha, vivía una pareja de mediana edad con una niña pequeña de seis años. Hacía unos años que habían llegado al edificio y, aunque no eran muy comunicativos, al menos por el día. Desde un tiempo a esta parte, al llegar la noche se escuchaban discusiones y peleas, con algún que otro golpe. Soledad ya nos había llamado en otras dos ocasiones, por los mismos motivos. Esta vez la llamada la había hecho al darse cuenta que los gritos no sólo no cesaban, sino que iban en aumento. Con el semblante serio, Soledad nos confió su miedo por Alba, la niña de seis años de la pareja. Solía cruzársela en la escalera, decía, y al tratar de hablar con ella, la niña se volvía hosca y se iba entre excusas.
—Marta, la madre, es una chica mona pero siempre tiene la expresión triste y no habla con casi nadie, como si tuviese miedo de todo el mundo. Él, Andrés, creo que se llama, es dominante y no escucha a los demás. En la última reunión de la comunidad de vecinos nos amenazó y gritó hasta que se aprobó la colocación de una antena de esas nuevas, de las terrestes o digitales, para poder ver el fútbol. Va por la vida como si los demás le deviésemos algo.
Un golpe fortísimo interrumpió el monólogo de la vecina. Los agentes corrieron escaleras arriba y Roberto llamó con el puño a la puerta del tercero derecha, identificándose y pidiendo que abriesen. Tan pronto como su mano tocó la madera, todo quedó en silencio.

Andrés, mudo de golpe, me hizo una seña para que abriese la puerta. Me sequé las lágrimas, me compuse un poco la ropa y me acerqué a la puerta. Al abrirla, había dos policías y el más viejo se identificó y me preguntó si estaba todo bien. Mentí, le dije que sí, pero no se lo creyó y me preguntó por mi marido, si estaba en casa. ¡Claro que estaba en casa, cómo no iba a estarlo! Cuando él no está, los vecinos no tienen que llamar a la policía. Le dije que sí con la cabeza, me callé y le dejé pasar. Andrés estaba en mitad del salón, de pie, con los brazos en jarras. Tenía esa mirada retadora y el gesto chulo. Recuerdo que pensé que ya no había nada de él que me gustase. Desde que había llegado esa noche no había parado de gritar por cualquier tontería. Que sí me había visto con Magda, riendo más de la cuenta; que sí no le gustaba que volviese contenta del trabajo; que si la cena no está suficientemente caliente ni salada; que si cada día hago menos en la casa y así con cualquier cosa, por pequeña que sea. Esa noche pensé que no pasaría de ahí, como casi siempre, que se le va la fuerza por la boca y sólo hace aspavientos. Pero cuando estaba cenando, sin más, cogió la copa del vino y la tiró con fuerza contra la pared, justo al lado de donde yo estaba fregando los platos.
—La siguiente no fallo. Tráeme otra copa, que ésta se ha roto.
Creo que estaba cansada, agotada de tanta violencia contenida, de tanta estupidez que desconocía. Harta de él. Cansada de sus gritos y sus súplicas al día siguiente. Asqueada. Quizá por eso, en vez de llevarle una copa, como hacía siempre, con esa mezcla de sumisión y asco, se la tiré. Y yo sí le di. Y luego le tiré el plato que estaba fregando, un vaso y media docena de cubiertos. Él, con una cara de susto que hacía años que no le veía, me tiró el plato con la cena y hubiese seguido sino me hubiese quedado quieta, mirándole fijamente, con el cuchillo más grande que hay en casa en la mano. Entonces cambió de actitud, se volvió dialogante, zalamero y bromista. Que si no aguanto una, que vaya genio que tengo, que si deja el cuchillo que eso corta. Todo el rato hablando y todo el rato acercándose suavemente, de lado y con sus ojos cambiando constantemente entre los míos y el cuchillo. Sé que lo sabía, que se dio cuenta en cuanto el tiré la copa. Sabía que había llegado al fondo de mi paciencia y que no dudaría en clavarle el cuchillo. Todavía no sé cómo, me propinó un golpe muy fuerte en el antebrazo que me hizo soltar el cebollero y, a continuación, me dió un bofetón que resonó como un tiro. ¡Plaf! Sin movimientos de más, sin aspavientos, un bofetón puso punto y final a mi insurrección. Luego se puso como un loco, a gritarme y amenazarme, hasta que sonaron los golpes en la puerta.

Cuando Marta abrió la puerta, recogí el cuchillo del suelo y lo guardé en el cajón de los cubiertos. Luego pensé que no debía haberlo hecho que, al fin y al cabo, yo soy la víctima y esa zorra quien intentó rajarme la barriga. Y motivos no le faltan, porque yo conozco su secreto. Desde hace meses llega a casa sonriendo y canturreando y si le pregunto a qué viene tan buen humor, me dice que a nada en especial, o que por culpa de un libro que está leyendo o una canción de la radio. No la creo. ¿¡Cómo la voy a creer!? Seguro que sonríe porque algún mamón del trabajo le tira los trastos. Ya me lo advertían los colegas antes de casarme: ten cuidado con Marta, que es un poco zorrón. ¡Joder! Si lo sé antes… La tía me la está pegando con otro. Fijo. Desde entonces no hace nada bien. La comida le sale insípida y siempre está fría, la casa se cae a cachos y no plancha una camisa bien ni por error. Las mías, claro, porque las suyas están todas perfectas cuando va a la oficina. Se pone guapa para ese tipo, no tengo ninguna duda. Y luego lo niega todo.
—¿En qué puedo ayudarles, agentes?
El más viejo de los polis parecía que tenía el mando, porque fue él quien más habló.
—Hemos recibido un aviso de un vecino diciendo que había una discusión violenta y queríamos comprobar si era cierto. ¿Han estado discutiendo?—el cabrón miraba alrededor y, claro, veía lo que me había tirado Marta y torcía el gesto.
—No, a mi mujer se le han caído los platos mientras fregaba.
—Es curioso que el fregadero esté a un lado de la cocina y los platos que fregaba, al otro. Incluso hay uno en el salón.
—No sé cómo lo ha hecho. Simplemente pasó.
—Señora, ¿se encuentra bien? Parece que ha estado llorando. ¿Han discutido?
Marta me miró. ¡Sonreía! Mierda, mierda, mierda… ¿Por qué se ríe? Hace un rato lloraba, ahora se ríe. ¿Por qué?
—Si. Aunque sólo gritaba él. Me tiró una copa mientras fregaba y yo le tiré el resto. Lleva meses gritándome, insultándome y, a veces, pegándome.
Marta hablaba tranquila, sin parar. Intenté hacerla callar, tapándole la boca pero el policía más joven me paró, me tiró al suelo y me inmovilizó. Entonces perdí los papeles y me puse a gritar y a amenazarla. Quizá no debí hacerlo pero la muy zorra iba a quedar como víctima. ¡Ni siquiera me preguntaron! Luego me ordenaron que me callase y me sentaron en el sofá con las esposas puestas por la espalda. El poli viejo no tenía ojos más que para Marta. Seguro que luego se lo paga en la cama.

La mujer, más tranquila, se sentó en una silla y empezó a explicarnos a Luis y a mí cómo había ido la discusión. Luego, buscó el cuchillo con el que había hecho frente a su marido, que seguía soltando miradas retadoras desde el sofá. Lo encontró en el cajón de los cubiertos, sucio y con restos de carne, entre todos los demás utensilios limpios. Al preguntarle por su hija, se puso nerviosa y salió corriendo hacia la habitación de la niña. Sin decir ni una palabra, abrió las puertas del armario y, tapada con jerseys y camisetas, estaba la niña. Su madre la sacó y la abrazó hasta que le dijimos que tenía que acompañarnos a comisaría a poner una denuncia, que era lo mejor. Se secó de nuevo las lágrimas y aceptó.

El interior del armario está oscuro y, cuando me cubro con la ropa, los gritos suenan lejanos, como si fuese la tele o el bar de enfrente. No me gusta cuando discuten, por eso me escondo en el armario y espero a que dejen de gritar para salir. Hoy, como parece que mamá chilla mucho, voy a esperar un poco más, diez o quince minutos, para no volver a verla llorar. No me gusta ver llorar a mamá, me pone triste. A papá parece que no le importa, porque le grita más y ella llora mucho más. Si fuese mayor, más fuerte, papá no le gritaría a mamá porque yo no le dejaría. Papá no escucha a nadie y siempre quiere que esté todo listo cuando él llega. No está nunca y cuando llega nos grita. ¡No es justo! Hace ya un rato que pararon los gritos, pero no como siempre. Casi siempre papá grita más y a mamá se le oye menos y luego, papá se va calmando hasta que deja de gritar y se va, dando un portazo o se mete en la cama. Hoy han parado de golpe, un rato después de empezar. Y no ha habido portazo. Se oyen voces en el salón, mamá, papá y otra que no sé quien es. Luego, papá vuelve a gritar, mucho y luego se calla. Un rato después, la puerta del armario comienza a abrirse.

Relato para El Taller de las Palabras.

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crueldad

—Sinceramente, no veo tantas diferencias entre clavarle espadas de metro a un toro y pegarle una paliza a un perro. Eso sí, lo primero sale en la portada de los periódicos y lo otro, en la sección de sucesos.

Mientras hablaba, Ángel miraba intermitentemente el generoso escote de Lucía, que esa noche se sentaba frente a él. A su izquierda en la mesa cuadrada y pequeña del salón del piso de Sandra y Ángel, Alex no podía apartar la vista de los ojos verdes de la anfitriona. Estaba siendo una cena sencilla, divertida y alegre.

Lucía, que dudaba con los canapés, contraatacó.

—No creo que sea, siquiera, comparable. Los toros de lidia se crian con el fin de terminar en la plaza. El perro, sin embargo, se supone que es un amigo que merece nuestro respeto y hacerle algo así es cruel.

—¿Sabeís cual es la línea que define la crueldad? La cercanía. —Alex corrigió a su novia sin siquera cambiar el gesto.—Que un toro o un perro nos miren agónicos desde una foto no conmueve porque no nos pilla cerca. Si quieres hacer daño tienes que conocer a la víctima, tener cercanía.

Se produjo un silencio mientras Alex masticaba su solomillo con salsa de castañas, como si todos estuviesen digiriendo sus palabras. Con la boca vacía, continuó.

—Os habéis lucido con el solomillo.—Mientras hablaba, fijó una mirada seria e inexpresiva en Lucía.—Es como si, en una cena como esta, alguien le espeta a su pareja que se está follando a su mejor amiga, también presente. Eso sí es crueldad.

Lucía, al cabo de un instante y sin mediar palabra, se levantó y salió del piso mientras Alex terminaba su solomillo.

Relato para El taller de las palabras.

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manías

Darío siempre se despierta a las siete y veintiseis minutos, se calza la zapatilla derecha antes que la izquierda y se dirige al baño, donde le esperan el gel y el champú situados, respectivamente, a la derecha e izquierda del grifo de la bañera. Como siempre, las etiquetas miran hacia afuera, para evitar confusiones. Siempre ejecuta sus medidos movimientos de ballet por su miedo a caerse en la bañera, sujetándose a los bordes con ambas manos y dando pasos cortos y suaves, como si bailase. Cuando se afeita, lo hace comenzando bajo el mentón, haciendo avanzar la cuchilla por el cuello, para saltar luego al bigote y, desde ahí continuar con el resto de la cara.

La ropa la prepara el día antes, para no perder mucho tiempo pensando y llegar tarde al trabajo. Suele emplear quince minutos ante el armario abierto, descolgando perchas, colocando trajes y corbatas sobre la cama, como si de un muestrario se tratase, con los zapatos a los pies de ésta. Termina seleccionando cuidadosamente la corbatas, ni muy clásica ni muy alegre, para no dar una impresión equivocada, dice, para no parecer un nuevo rico sin gusto, ni un viejo ejecutivo decrépito.

El café lo toma templado, con leche desnatada y tres cuartas partes de un sobre de azúcar. Lo acompaña de la misma marca de galletas que, siendo niño, le daba su abuelo y que cada vez resulta más dificil conseguir para Charo, su mujer. El ritual comienza cuando pone sobre la mesa, en columnas equidistantes, montones de seis galletas, con las caras más lisas juntas. Veinticuatro galletas en cuatro montones perfectamente alineados, rodeando su viejo tazón con café. Las despacha en orden alterno, comenzando por la columna par situada más a su derecha, continúa por el siguiente montón par y, finalmente, termina con las dos restantes, las impares, comenzando por la izquierda.

Charo se levanta animada, alegre y vivaracha, cantando y hablando de las noticias de la radio. Darío habla poco. La mañana en que le llamó aquel abogado para decirle que su mujer quería dejar de serlo, sólo había dicho una frase.

–Charo, cariño, me estoy dando cuenta de que eres un poco maniática. ¡Mira que untar sólo media tostada de mantequilla!

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el horóscopo

Marga sabe que la suerte no existe, que todo lo relativo al azar es un dicho, un enorme bulo que se inventó alguien para vender más lotería. Desgraciadamente para ella, lo sabe desde hace poco tiempo, pero lo guarda como un enorme secreto. Sabe que la gente es incrédula y que, con una revelación semajante, hay que tener cuidado.

Desde hacía años, todas las mañanas a la hora del desayuno se repite el mismo ritual, en el que ella participa de buen grado. Un compañero, creyente acérrimo de las verdades del horóscopo, se pelea por el periódico del día en el bar de siempre. El dueño del bar, incluso, le guarda el diario cuando se van acercando las once. A esa hora, como un perro de presa, Juan otea todas las mesas del bar buscando a su objetivo y, si está siendo leído, se mantiene a distancia, espectante, pero sin perder el contacto visual. Una vez liberado, Juan cobra su pieza y, tras sentarse de nuevo en la mesa, se lanza a leer la sección de los horóscopos.

Como ya se sabe el signo zodiacal de cada uno, lee en voz alta y sin preguntar primero, la sarta de ambigüedades y despropósitos que van a suceder a cada uno a lo largo del día, deteniéndose en las partes más jugosas. Para el no hay otro momento como ese a lo largo del día. En ocasiones, estando en trance, recuerda los augurios del día anterior y los vincula a hechos que le sucedieron. Las palabras del periódico son tan ambigüas que todo cabe en ellas, desde el piar de los pájaros en un mañana de primavera, al accidente de coche que casi le mata. Sin embargo, para Juan, esas palabras indican cláramente su destino. Luego, tras el esfuerzo, se desploma en la silla y no vuelve a abrir la boca.

Pero esa mañana Marga le pide a Juan, un instante antes de que comience a desglosar los vaivenes de los Capricornio, su signo, que no lo haga. Es la única persona que tiene a la cabra como símbolo y, por lo tanto, no le estropea la revelación a nadie. Juan, extrañado, le pregunta a qué se debe su cambio de actitud, si ella era, antaño, la que más interés ponía en averiguar su futuro. No quiere herirle así que, sin dar demasiados detalles, le dice que ya sabe qué suerte tendrá a lo largo del día. Juan continúa con los Acuario, que hay dos.

Sólo hace unos días que Marga sabe que la suerte no existe y que el horóscopo engaña. Y lo sabe porque, precisamente, se lo ha dicho un horóscopo. En su bolso, dentro de la cartera y junto a la foto de su niña, guarda un recorte de periódico, un cuadradito con el vaticinio para los Capricornio del tres de mayo, en el que se puede leer:

Esta sección la hace una máquina que sólo junta palabras al azar. No se crea nada de lo que lea aquí. La suerte no existe y hoy tampoco le va a tocar la lotería. Salga ahí afuera y disfrute del día. De nada.

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taller de escritura: carta de desamor

Mi amor, se acabó. Porque mi amor se acabó, sin comas. Lo he intentado todo y tú también, en un absurdo ejercicio de equilibrismo masoquista. Nos escudamos en las buenas acciones, tratando de no herir al otro, pero no dejamos de infringirnos daños, más dolorosos y crueles que el abandono y la indiferencia que tanto tememos y rehuimos. Afortunadamente, aún nos queda el respeto justo para no hacernos sangre, para no pelear por cada posesión, por cada recuerdo. La peor parte de las peleas, amor mío, comienza cuando uno de los contendientes le echa en cara al otro sus flaquezas. Nosotros, todavía, no hemos alcanzado tanta miseria, la necesaria para dejarnos cegar por las posesiones, por la parte tangible de una relación.

Nos hemos querido con ansia, con ganas, hasta saciarnos y, quizá por eso, nos conocemos tanto y nos respetamos. Somos como viejos amantes que contemplan, atónitos y tristes, los últimos rescoldos de la pasión que compartían. Y no sabemos cómo ha sucedido. Hemos puesto tanto espacio entre nosotros que hace meses que, al tocarte, mi cerebro me recuerda el tacto del cuero frío, en vez de tu cálida piel. El recuerdo más vívido que tengo de tus labios lo atesoro junto a una de mis orejas desde hace más de un año y, mi amor, es demasiado tiempo para recordar cómo duelen tus besos.

Pensarás que deliro pero creo que no es tarde y que podemos curar nuestras heridas, pero en otras manos, en las manos de alguien diferente de quien las provocó. Yo, unilateralmente, parto a buscar esas manos desde ahora mismo. Los boleros no mienten, mi amor, y lo nuestro no tiene salida. Por eso abandono y doy por finalizado el contrato que nos unía. Ahora sólo es papel mojado.

Presentado en el primer concurso del Taller de las palabras: cartas de desamor.

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