relato – El tiempo necesario

Al final, respiré. Hondamente. Profundamente. Como no recordaba. Sólo un accidente. Había sido eso. Nada más.

Alrededor, piezas. Fragmentos de coche. De mi coche. Ahogué un quejido. No tenía coche. Ya no. Un minuto. Sólo un minuto. Apenas nada más. El tiempo necesario. Después, el caos. Después, sin coche. Tirado. Dolorido.

Grité. No sé porqué. Rabia. Impotencia. Idiotez. Adrenalina. No lo sé. Miedo, tal vez. Luego, los civiles. Buenas tardes. Buenas tardes. Pruebas de alcoholemia. Pruebas de drogas. Pruebas de frenado. Informes. Y el atestado. Ni una sonrisa. ¿Qué ha pasado? Cuéntenos su versión.

Me gusta conducir. Desde siempre. Y el control. Las curvas. La noche. Carreteras regionales, no. Y tampoco autopistas. Prefiero las nacionales. Tienen más curvas. ¿El accidente? Si, en recta. No me explico. Voy atento. Siempre. Soy diligente. Me anticipo. Tengo reflejos. No fumo. No como. No bebo. No tomo drogas.

No lo vi. Eso es cierto. Simplemente apareció. Se puso enfrente. Se tiró encima. Apenas veinte metros. Pero lo esquivé. No sé cómo. Miré. No había nadie. Volví a mirar. Ya estaba allí. Surgió. Sólo pude reaccionar.

Giré el volante. Violentamente. Frené. Temí lo peor. El coche derrapó. Crucé el carril. Vi coches enfrente. Di otro volantazo. Las ruedas obedecieron. Cruce dos carriles. Fui al arcén. Contra el guardarraíl. Me sujeté. Esperé el golpe. No podía pensar. Mi cabeza gritaba. Órdenes tras órdenes. Mi cuerpo respondía. Entero. Sin dudas. Como una máquina. Como nunca. El volante giró. Otra vez. Impacto lateral.

Apenas hubo golpe. Sí muchas chispas. ¡Mi coche!, pensé. ¡Lo estoy destrozando! Pero estaba vivo. Traté de frenar. No quiso. El guardarraíl frenaba. Pero no demasiado. Poco a poco. Lentamente. Parecía que frenaba. Casi estaba detenido.

El golpe apareció. Desde atrás. Inesperado. Con todo resuelto. Otro vehículo. Sin advertencias. Sin ruido. Sin esperar. Ese sí dolió. Y aturdió. Y dió impulso. Más chispas. Mi cuerpo, descontrolado. El coche, lanzado. Sin fricción. Libre.

De pronto, recordé. El freno manual. Podría funcionar. Busqué la palanca. A ciegas. Mano derecha. Palpé. Entre los asientos. ¡Bingo! Tiré. Sin pensar. De golpe. Con fuerza. No esperaba aquello. Frenó, sí. Derrapó, también. Giró. Ciento ochenta grados. Misma dirección. Sentido opuesto. Veía coches enfrente. Venían hacia mí. Esperé otro golpe. Uno frontal, brutal. Nunca se produjo. El coché frenó. Sin más. Sobre la línea. En el centro.

Mi cabeza gritaba. ¡Fuera! ¡Fuera! ¡Sal del coche! Yo intentaba obedecer. Busqué la palanca. La puerta abrió. Estaba intacta. Era lo único.

Salí. Mis piernas temblaban. No me sostenían. Mi cabeza gritaba. ¡Vete al arcén! ¡Quítate del medio! Obedecí. Ví otros coches. Detenidos. Golpeados. Gente asustada. Corriendo. Hacia el arcén. Todos.

Salté el guardarraíl. Caí de rodillas. No me levanté. Vomité. Temblaba. Sudaba. Reía. Lloraba. Todavía vivía. El peatón, también. El coche, no. Veía cachos, fragmentos. Aletas, puertas, focos. Todo roto. Por la carretera.

Alguien preguntó. ¿Está bien? ¿Tiene algo roto? Asentí. Quería hablar. No podía. Paladee vómito. Palpé sudor. Me estremecí. Me ladee. Terminé tirado. Olí la tierra. Sentí calor. Dejé de temblar. Dejé de llorar.

Lentamente, me levanté. Varios coches rotos. Un coche humeaba. Gente esperando. El tráfico, detenido. Al fondo, luces. Se oían sirenas. Se calmaban algunos. Otros lloraban. Uno ofrecía ayuda. Yo no sentía. Apenas oía. Sólo mi sangre. Bom, bom, bom. Contra mis oídos. Nada más.

Respiré. Y paladee vómito.

Ejercicio para el taller de escritura que consistía en escribir un relato empleando frases de tres palabras, como máximo. Hay que estar atento, la verdad, porque a la mínima se lía uno la manta a la cabeza y no le salen frases de menos de quince palabras. Quizá por eso, por ese límite máximo que han impuesto, ahora me desahogo escribiendo el equivalente a medio texto en tres únicas frases. ¡Vendetta!

relato – devolver todo el dolor causado

Jamás vi un día tan hermoso y tan cruel. Porque no hay mayor crueldad que no dar opción a réplica, salir de escena cuando a uno le viene en gana, dando un portazo y dejando al adversario con la palabra en la boca. Porque alguien así no debería morir en la cama, satisfecho e impune. Alguien así no puede desaparecer sin amortizar parte del daño.

Aquel día fue cruel porque nos había dejado sin venganza, sin posibilidad de revancha y sin una segunda oportunidad de devolver todo el dolor causado. Demasiado dolor para quedárselo. Demasiada rabia contenida durante años. Todo para nada.

Jamás vi un día tan gris ni un cielo tan azul en noviembre. Medio país lloraba de alegría y el otro medio rezaba de miedo. Yo no. No podía. Perdida la posibilidad de venganza, atrofiados los gritos de rabia en la garganta, no quedaba más opción huir hacia adelante. Olvidar fue imposible. Pensar en perdonar una sola de las afrentas fue como traicionar la memoria de los vencidos. Finalmente, sólo quedó el camino amable de la locura. Ignorar para poder seguir adelante. No saber para no sentir.

El día más cruel se convirtió en el día más hermoso. Él había muerto y yo seguía vivo. Cada uno había jugado sus cartas como mejor había creído, todo a una mano y él, finalmente, había perdido. Fue la única vez, durante todo aquel largo sueño, en que gané un sólo juego. Para mí, como para muchos otros, siempre pintaron bastos.

Aquel veinte de noviembre, como muchos otros, me quedé en casa brindando con las sombras del pasillo, a la memoria de quienes nos quedamos, definitivamente, sin venganza.

Relato para el cuarto número de la revista de El Taller de las Palabras

relato – el filo del cuchillo

Tuvo que conocer el filo del cuchillo y sentir el miedo y el odio. Solo entonces se preguntó cómo pudo vivir como un fugitivo, cómo supo sobrevivir sin medios. Guerreó donde fue, con esfuerzo, sin ilusión, sin otro fin que morir. Odio, cuchillo y muerte fueron su credo. Y fue ese fin el que primero llegó, sigiloso y cruel, como siempre, con cuerpo de serpiente. Solo escuchó los dientes hundiéndose en su piel. Después, silencio.

El ejercicio consistía en escribir un texto, sin tema ni longitud fijadas de antemano, pero sin emplear la letra A. ¿Sencillo? ¡Un cuerno!

conozco ese sentimiento

El tubo de la ventilación arrastra el sonido sordo y llorón de una trompeta que ejecuta con solvencia un jazz, un par de pisos por debajo. Sólo oigo el lamento dulce del instrumento y, durante unos instantes, me dejo arrastrar por las notas. No es muy habitual, al menos en mi edificio, que te regalen los oídos con un buen tema musical mientras estás sentado en el váter. Lo normal es que te bombardeen con algún tipo de ruido blando o rap repetitivo y cruel, más acorde al sitio y al momento. Sonrío y me pongo a pensar cual sería la mejor música para acompañar un momento como éste. Definitivamente, una música como aquel jazz, seco y dulce, no le pega al momento. Más bien algún tema comercial, algo de uno de esos cantantes sin apellidos de revista adolescente o, quizá no, quizá algo con más ritmo, puede que un tema techno, machacón y repetitivo hasta el infarto.

En el patio de vecinos, una manada de niños juegan a perseguirse entre ellos. Las niñas del grupo, más lentas, chillan mientras corren y chillan más cuando son alcanzadas. Los niños, más ágiles, chillan mientras corren y algunos lloran al ver cómo les alcanza una niña. Los chillidos que indican una nueva víctima del juego llegan claros, a pesar de las ventanas cerradas. Una tarde, no hace mucho tiempo, me pasé dos horas viendo cómo esos pequeños monstruos iban de un lado a otro, entre gritos y amenazas. Sólo sabían hablar a gritos y pegarse. Chillar, correr y cambiar el sentido del giro en aquel patio cuadrado. Recuerdo que me fascinó la simpleza de su mundo, el correr hasta terminar sin aliento y los continuos comienzos con cada nuevo perseguidor. Añoré esa facilidad para vivir, ese mundo sencillo donde sólo hay que respirar, gritar y correr un poco más rápido que otro. Ahora mismo está oscureciendo y, poco a poco, sus gritos desaparecerán en los interiores de las casas, para dejar paso a las motos sin tubos de escape. Es ley de vida. Me aterra pensar que los monstruos que corren por el patio hoy, serán los pilotos de competición que no sabrán que eso que llaman moto tiene que llevar un tubo de escape, mañana.

La boca me sabe a miedo, a asco y saliva seca. Conozco ese sabor amargo al final del paladar. También conozco ese exagerado peso que cargan mis hombros desde hace meses. Poco a poco, como en un despertar, he ido dándome cuenta de todos los pequeños síntomas que recubren ésta enfermedad vieja y conocida. El sabor amargo de la mierda ajena, el peso que todas las mañanas cae sobre mis hombros, nada más salir de casa, con una extraña familiaridad y el mutismo creciente, las pocas ganas de hablar con nadie, me dibujan un cuadro que ya conozco. Me reconozco en el cuadro, me miro y sé que soy yo. Veo un yo olvidado que ha vuelto. Conozco ese sentimiento, esa pesadumbre y sé qué lo causa. Reconozco, a través de los años, la misma sensación de cansancio y hartazgo, el horizonte bajo y cercano que dibuja un paisaje sin esperanza ni visos de mejora. Fue el mismo paisaje que me trajo a Extremadura. En aquella ocasión aprendí que los cambios de aires solucionan estos dilemas.

Cabeceo un poco mientras miro el libro languidecer entre mis manos. Apenas si me he dado cuenta de que los estoy sujetando. No he leído más que unas líneas de las que no recuerdo nada. Lo cierro y lo dejo en la estantería. La música hace rato que enmudeció y la ventilación sólo trae los rumores físicos de otra gente, en otros pisos. Los niños poco a poco se van calmando, agotados tras un día entero persiguiéndose y el día cae, junto a mi ánimo, a algún rincón oscuro a pasar la noche.

Mañana, más tranquilo, probablemente lo vea todo de forma diferente. Hoy, harto, no creo que haya nada que justifique el esfuerzo de levantarse de la cama cada mañana.