historias del Savoy – un pecado

Al me advirtió que una vez había oido al cronista del Clarion Chester Newman que en esta ciudad dejar un trabajo no era un lujo, era un pecado. Aunque para un tipo como tú un trabajo no es un lujo, es un milagro.

* Cambio de aires

El guaje ha vuelto por el Savoy dos meses después de la última aparición y, aunque algunos dirán que no somos muy prolíficos, nosotros preferimos pensar que tenemos ritmo.

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acariciar a una mujer

Chester Newman es muy reservado para sus cosas y raras veces confiesa un sentimiento. Me dijo anoche en el Savoy: “Muchacho, a veces pienso que lo malo de acariciar a una mujer es que corres el riesgo de que te mejore el carácter y se te joda la letra.”

* José Luis Alvite — Almas del nueve largo (historias del Savoy)

historias del savoy – sangre y orina

Cuando Ernie Loquasto abrió las puertas del Savoy, soñaba con una clientela distinguida, gentes de la alta sociedad que únicamente torcían el gesto al encontrar muy seco su Dry Martini. Años después era él quien torcía el gesto al ver desfilar por su local a esa clase de tipos que sólo celebran el día de la madre cuando cae en miércoles y que siempre son capaces de ver el lado bueno de un balazo a quemarropa. Siendo sinceros, los tipos que cada noche llenan el local de Ernie no suelen ser del tipo de gente que cambia mucho, ni de bar, ni de agente de la condicional y, quizá por eso, la clientela se mantiene tan fiel como el terciopelo que oscurece las paredes. Tal y como lo definió el periodista del Clarion Chester Newman en un brillante artículo, el Savoy es ese tipo de lugares donde el barman, con infinita elegancia, deja sobre la mesa un whisky, el teléfono del sepulturero de guardia y la dirección de la salida trasera más próxima.

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historias del savoy – martini del nueve largo

El dueño del Savoy, Ernie, me presentó a los muchachos, a esos tipos que se pasaban la mayor parte de su tiempo de libertad entre aquellas cuatro paredes forradas de tela roja y cuya biografía entraba en el canto de un libro de poesía, la clase de tipos duros que hacía lustros que habían sustituido los cereales del desayuno por la metralla de la cena y con los que sólo desearías tener una discusión por ver quien cede el paso a la entrada del retrete.

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