brico — instalar cyanogenmod 7.1 en un HTC Hero

Antes de que se me pase, el aviso: ¡Ojo! Aplicar estas instrucciones sobre un teléfono (no necesariamente del modelo que se comenta) puede convertirlo en un precioso e inútil cacho de metal y plástico. Que a mí me funcionase es circunstancial y, bajo ningún concepto voy a aceptar críticas ni lloros porque algo no salió como se esperaba. Es tu móvil, es tu responsabilidad. :)

HTC Hero

Como casi todo el que empieza en esto de cambiarle el sistema operativo al teléfono (si, ahora los teléfonos móviles también tienen de eso), me leí toda información relativa al modelo, un HTC Hero y a la ROM, cyanogenmod que calló en mis manos. Y de ahí vino el problema. Porque información hay mucha, muchísima, tanto oficial (foros y wiki) como extraoficial y eso, se quiera o no, termina por saturar y sembrar de dudas. Así que, tras empaparme del proceso, bajarme los ficheros y programas necesarios, me acojoné y lo puse en espera hasta que me volviese el valor.

Un mes y pico después, más calmado y valiente, volví a retomar el tema y seguí buscando información. Al final, deduje que el proceso de instalarle una ROM no es tan laborioso como aparece en la web oficial, si no pretendes modificarla. Como era mi caso, elegí la siguiente versión abreviada:

  1. obtener la última versión de la ROM. Yo me bajé la última de las versiones nocturnas, las Nightly Builds, de Cyanogenmod 7.1. Lo colocaremos en la tarjeta de memoria, en el directorio principal de la misma.
  2. obtener las google apps, para disponer de las herramientas de google, gmail incluído. Sino, sería como volver a tener un nokia :P . También debe colocarse el fichero comprimido en el raíz de la tarjeta de memoria.
  3. apagamos el teléfono y lo iniciamos en modo de recuperación del sistema, es decir, que pulsamos las teclas Home y Encendido a la vez.
  4. en el menú, lo primero que haremos será hacer una copia de seguridad por si hay que volver atrás. Usando la bola como un joystick, nos movemos a Backup/Restore y pulsamos. Ejecutamos Nand Backup y volvemos al menú principal.
  5. lo siguiente es borrar las cachés, porque tiene varias. En la opción Wipe, ejecutamos Wipe data/factory reset, Wipe cache y Wipe Dalvik-cache. Volvemos al menú principal.
  6. ahora ya toca instalar la nueva versión de Android. Para ello, vamos a la opción Flash zip from sdcard y seleccionamos el fichero de cyanogenmod. Pulsamos Home para aceptar la operación y listo.
  7. instalamos, mediante la misma opción, las google-apps.
  8. hecho esto, sólo nos falta reiniciar el teléfono y esperar. Por cierto, el primer inicio tras la instalación del nuevo android tarda mucho. Yo instalé tres veces cyanogenmod por no esperar cinco minutos.
  9. lo primero que nos pedirá será la configuración de las google-apps, es decir, una cuenta de gmail. También se descargará e instalará una versión del market ligeramente diferente a la que estaba acostumbrado y, de ahí, al infinito.

Desde el día que tuve el teléfono en mi mano quise cambiar la versión de android que traía instalado. Los motivos eran varios, como que las actualizaciones del sistema operativo eran escasas (o inexistentes) gracias a HTC, que la capa gráfica que había metido el fabricante, Sense, lastraba el funcionamiento una barbaridad o que muchas aplicaciones no eran compatibles. Hace un año HTC actualizó la versión de android a la 2.1 y solucionó el último punto, pero el resto seguía ahí.

Android 2.3.7 en mi HTC Hero

Android 2.3.7 en mi HTC Hero

Tras dar el paso, las ventajas son muy evidentes. De hecho, han pasado dos semanas y sigo pensando que he cambiado de teléfono. A grandes rasgos, el comportamiento es más fluido y rápido, se nota que Sense no está en medio, pintando todas las esquinas redondeadas y los cambios introducidos en la versión 2.3 de android son tremendos.

Tampoco tengo las aplicaciones que traía instalado de serie y que no se podían desinstalar, a pesar de ocupar un espacio muy valioso porque sólo se utilizaba la memoria interna del teléfono para guardarlas. Ahora puedo elegir dónde instalar las aplicaciones, en la memoria del teléfono o en la tarjeta externa, con lo que se gana espacio y se evita el mensaje de la falta de espacio.

Además, la batería dura considerablemente más, debido en parte al control de las aplicaciones que están funcionando en background y que es impresionante. Me he olvidado del programa aquel para matar procesos, con el vicio que tenía.

También se han resuelto algunos efectos extraños como no recibir llamadas a pesar de estar en cobertura o que tras realizar una llamada estuviese un minuto como desconectado, sin cobertura.

Y ya, en plan tonto, comentar que el programa para gestionar la cámara de fotos es mucho más completo y sencillo de usar y que el de la galería de fotos es una pequeña maravilla, fácil e intuitivo de usar y muy vistoso.

Si bien es cierto que en ocasiones no hay bastante hardware para ciertos procesos, estoy muy contento con el resto de mejoras y ni hecho de menos la anterior versión, ni creo que vuelva a ver Sense en el teléfono.

relato – montones de chatarra

Había que convertirse en un objeto, en algo inanimado.

Los de antes sí eran buenos tiempos. No me malinterpretes, no estoy diciendo que ahora esté mal, sólo digo que han cambiado muchas cosas y no para bien. Tengo muchos recuerdos, llevo mucho tiempo en este negocio y, hasta hace diez, quince años, el mundo era nuestro. Pero llegaron esos otros aparatos, tan pequeños, sin ningún cable que te ate y con tantas tonterías encima que cuesta creer que sea un teléfono.

Antes todo giraba en torno al teléfono. En las casas había uno, sólo uno, y si alguien esperaba una llamada, se podía pasar días a su lado, sin descolgarlo, hasta que, finalmente, sonaba. Si salían fuera y tenían que llamar, bastaba con buscar una cabina en una calle para poder hacerlo. Siempre llevaban algunas monedas encima, por si acaso se veían en esa tesitura.

Ahora todo el mundo tiene un teléfono, al menos, y se pueden llevar en el bolsillo. ¡En el bolsillo! En poco tiempo consiguieron que las cabinas como tú y como yo pasásemos, de tener una función social, a ser montones de chatarra anclados en mitad de las calles.

Tengo, como te decía, muchas historias a cuestas, probablemente por haber estado de servicio muchos años. Tantos que cuando comencé en este negocio, el teléfono tenía disco para marcar los números. ¡Ah! Qué fácil era todo entonces. La gente era más sencilla, más inocente, no como ahora que te pasas las noches en vilo, viendo bidones de gasolina en cada sombra. Desde entonces han cambiado muchas cosas, demasiadas, y la gente ya no es tan inocente ni tan buena. Ahora todos tienen prisa, la mayoría están iracundos y algunos idiotas le pegan patadas y golpes a todo el mobiliario urbano, desde las papeleras a las cabinas de teléfono. ¡Eso cuando no te queman viva!

Puede parecer lo contrario, pero este trabajo no es sencillo. Tirarte años enteros de pie, firme, soportando el calor por el día, el frio de las noches y los vándalos, puede terminar con los nervios de cualquiera. Hay compañeras que han perdido la línea, que no han soportado la presión y las han retirado. Cuando empecé, en esta esquina del parque éramos cuatro, estábamos agrupadas de dos en dos formando un cuadrado. Pues bien, 00127-Y, que estaba situada detrás mío, enloqueció una noche. Siempre comunicaba, llamase quien llamase y, aunque le cambiaron el teléfono tres veces y le llegaron a mirar el cableado, no consiguieron curarla. Al final, una mañana, se la llevaron y no supimos más de ella. No es fácil éste trabajo…

Pero no todo era malo. En aquellos años, el armazón era completo, llegaba hasta el suelo y tenía una puerta dividida en tres, cuyas hojas se plegaban para que pasase la gente. Los niños jugaban contigo y se pasaban horas abriendo y cerrando la puerta, escondiéndose bajo el mostrador que estaba junto al teléfono o sentándose en él. Pues bien, hubo unos meses, casi un año entero, en que todos los que entraban en la cabina sujetaban la puerta con el pie, para evitar que se cerrase. Al principio me pareció anecdótico, sobre todo porque coincidió con la primavera pero, cuando seguían haciéndolo en pleno invierno, me empecé a preocupar. ¿Por qué querrían mantener la puerta abierta, con el frio que hacía afuera? Además, la humedad y la lluvia podía estropear un teléfono de aquella época en pocos días. Recuerdo que una tarde se metieron dos chicas y, nada más entrar, la que marcaba el número le dijo a la otra que pusiera el pie para que la puerta no se cerrase. La otra, que no creo que supiese el motivo, le preguntó porqué y la respuesta todavía me deja perplejo: para que no nos pase como a José Luis. Al parecer, un tal José Luis se había quedado encerrado en una cabina y nunca más pudo salir. Lo que me preocupaba es que todo el mundo en el barrio parecía conocer al tal José Luis.

A mediados de los noventa, y lo sé porque el teléfono ya tenía reloj y calendario, un chico estuvo viniendo al parque todos los martes y jueves por la noche. Vino durante varios años y siempre hacía lo mismo: llamaba a su novia a las diez y media y se gastaba ciento veinticinco pesetas en monedas de cinco duros. La conversación duraba cerca de veinte minutos pero, con el tiempo aprendió algunos trucos y nunca metía todas las monedas al principio, sino que, cuando el teléfono avisaba de que se quedaba sin saldo, introducía otra. No sé el motivo, pero así ganaba casi un minuto y medio, entre las tres monedas. Mucho tiempo cuando se está tan enamorado.

Siempre entraba a mi teléfono y con el tiempo me cayó bien y le dejaba algunas monedas en el cajetín, para que pudiese hablar un poco más. La voz de su novia era dulce, parecía estar siempre de buen humor y le adoraba. Creo que no les escuché discutir ni una sóla vez, lo cual era un alivio tras pasarme el día oyendo gritos y viendo cómo algunos indeseables golpeaban el teléfono con el auricular, si se tragaba las monedas. Era ese dinero el que luego dejaba en el cajetín para el enamorado de las diez y media. Algunas veces, por vergüenza, trataba de distraerme y no prestar atención a la conversación porque, con el tiempo, pasaron de ser extremadamente dulzones a ser prácticamente pornográficos. ¿Acaso no se daban cuenta de que yo también estaba allí? Le decía a ella que no quería llamarla desde casa porque no tenía intimidad pero, una vez en la cabina se olvidaba del mundo.

Anécdotas así tengo muchas, después de tanto tiempo. Es una pena que cada vez se produzcan menos, que cada día entre menos gente. ¡Si ahora hasta pueden enviar faxes desde aquí! Alguien, tratando de mantener el negocio en boga, ha perdido el norte. Faxes… otra tecnología moderna. En fin, que ya te iré contando, que tenemos tiempo de sobra porque, ni tan siquiera en pleno día parecen vernos ya.

fotografía – anacronismo

anacronismo

anacronismo.
(Del gr. ἀναχρονισμός).

1. m. Error que consiste en suponer acaecido un hecho antes o después del tiempo en que sucedió, y, por ext., incongruencia que resulta de presentar algo como propio de una época a la que no corresponde.
2. m. Persona o cosa anacrónicas.

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desmovilizado

Esta tarde, tras retrasarlo al máximo, he llevado a n80.n1mh.org al taller. El móvil estaba literalmente mudo desde hacía quince días, por un altavoz y un chip que controlan, entre otras tonterías, la voz de aquellos con quien hablo. He conocido pocas sensaciones tan desesperantes como la de descolgar el teléfono y no oír nada, sentir el silencio más absoluto mientras sabes que, al otro lado de la línea, a tí se te escucha perfectamente. Con eme, últimamente, he desarrollado un código por el cual yo me imagino sus preguntas y, a ciegas (o a sordas), le respondo. No es muy útil pero uno de los dos, ella concretamente, se parte de risa. Así que hoy, tras ver cómo le cambiaron el altavoz la semana pasada, sin éxito, lo he dejado definitivamente en la tienda para que lo lleven de paseo, le cambien el chip y el altavoz y, espero, me lo devuelvan con voz.

En diez años que hace que utilizo estos pequeños aparatos del Averno, esta es la segunda vez que me tengo que quedar sin cobertura durante una buena temporada. La otra vez, fueron casi dos meses que finalizaron el día que se anunció que las operadoras podrían portarte el número sin perderlo. Dos meses que, a priori, iban a ser un paseo por el infierno, todo el día desconectado, dependiendo de otros para llamar, buscando cabinas telefónicas y con media familia sin saber qué haces ni por donde paras y, sin embargo, lo recuerdo como un periodo tranquilo, sin agobios ni dependencias absurdas. Las llamadas importantes siempre me pillaban al lado del teléfono y las otras, sencillamente, no importaban. Al final, tan acostumbrado estaba a mi vida de outsider que, al sentir la vibración del teléfono con la primera llamada, pegué un bote del que todavía se ríen algunos.

Sólo son veinte días, ha dicho el tipo de la tienda de reparaciones. Y lo cubre la garantía (¡gracias Nokia!). Y ya estaba cansado de activar el altavoz externo (cojonudo, por cierto), con cada llamada entrante o saliente. No me importa montar el espectáculo por la calle pero mantener una conversación privada, caminando por la calle, mientras le hablas a un altavoz es bastante frustrante.

Así pues, aquellos que queráis hablar conmigo, tenéis tres opciones: a) llamar a eme (si os lo coge); b) llamarme a casa (si estoy) y c) escribirme un e-mail. Mamá, tú ya sabes que tienes línea directa y puedes asomarte a la ventana y gritar ;) . Por mi parte, doy comienzo a otras vacaciones desmovilizadas y tranquilas.