el octavo número de la revista

Tenía que haber sido publicada ayer pero, a fuerza de empeñarme en hacer mil cosas a la vez, se me olvidó. El octavo número de la revista finalmente salió con dieciocho horas de retraso, algo imperdonable, pero salió. Se puede visitar en la página de El taller de las palabras.

En esta ocasión participo con el editorial y dos textos, uno en la sección de fotografía, titulado Anodina y otro en la sección de relatos, bajo el título de Dos días (que publiqué en el blog hace un par de semanas a modo de experimento). La mejor parte de meterse en estos lios es lo que enseñan. Hace un año ni me planteaba hacer un editorial y, ante el requerimiento de un amigo, se me antojó una misión compleja para la que no me sentía preparado. El de este número se escribió en poco más de diez minutos, de ahí su innegable calidad. :)

relato — dos días

La voz metálica del otro lado del teléfono fue clara: escóndete dos días, hasta las ocho de la tarde del jueves. No le digas a nadie dónde te metes, busca una pensión discreta, utiliza un nombre falso y paga en efectivo, nada de tarjetas. No hables con ningún familiar ni amigo. Pasadas cuarenta y ocho horas, vuelve a llamar a éste número y te iremos a buscar. Mantente atento, vigilante y se cauto. Nos vemos en dos días.

Estuvo vagando por el centro de la ciudad durante el resto del día, escogiendo con calma una pensión barata, anónima y donde no preguntasen demasiado. Cada cierto tiempo, con disimulo, observaba por encima del hombro a las personas que le rodeaban, intentando memorizar sus facciones, sus gestos y se preguntaba si ya lo estarían siguiendo. En su paranoia comenzó a temer a las sombras, a las figuras que aparecen un instante a sus espaldas y desaparecen para luego, unas calles más adelante, volverse visibles de nuevo. Se sentía observado, seguido, controlado en la distancia.

Continuó caminando por calles que no conocía, trazando grandes círculos para volver a la que consideró la mejor opción para esconderse. Era una pensión que ocupaba un edificio completo en un callejón perdido. No se anunciaba con paneles luminosos ni tenía grandes carteles en la fachada y únicamente una pequeña placa metálica en la puerta daba a conocer el establecimiento. La recepción y las habitaciones estaban situadas en la primera planta y se accedía a ella subiendo una escalera de madera de principios del siglo XX, empinada y ruidosa. Se quedó varios minutos en la calle, observando a todos los peatones y coches, tratando de reconocer alguna cara conocida. Sentía la proximidad de las sombras, se sabía seguido y observado y esperó frente a la pensión hasta estar seguro de que no lo habían seguido.

La dueña, extrañada, no dejaba de mirarle la cara, como si intentase averiguar los motivos que le llevaban a su pensión, a aquellas horas de la noche. Su cara y su aspecto le recordó al de un perro de presa, el instante anterior a saltar sobre un cuello ajeno. Se supo cansado y notó que apenas le quedaba paciencia para responder preguntas.

–¿Nombre?
–Antonio Gómez García–falso, tal y cómo le había dicho la voz del teléfono. Ni él hizo el amago de sacar el DNI, ni la señora de pedirlo.
–¿Cuántas noches se va a quedar?
–Dos.
–¿Quiere que la habitación tenga baño o que sea compartido?
–Con baño.
–¿Quiere ropa de cama? Hay que pagar un suplemento.
–Si, con ropa de cama.
–En total, son veintiocho euros.

La habitación, situada al final del pasillo por petición suya, era pequeña y estaba limpia. La cama, grande y mullida, ocupaba la mayor parte del espacio disponible. Instintivamente fue hasta la ventana y observó un instante la calle, intentando encontrar alguna de las caras que había memorizado durante el paseo. Después, corrió completamente las cortinas.

Comprobó el funcionamiento de la cerradura y trató de abrir de la puerta por la fuerza, sin éxito. Tras unos cuantos intentos, situó la mesita frente a ésta, colocó entre ambas una botella de cristal vacía en equilibrio y comprobó que se caía al menor intento de forzar la entrada.

Sobre la cama colocó los objetos que había comprado en una diminuta tienda regentada por chinos: algo de comida, tres paquetes de pilas, desodorante, un par de mudas, una baraja y un reloj despertador de cuerda.

El nuevo móvil de tarjeta y el arma, amartillada y sin seguro, los posó sobre una silla al lado de la cama.

Dos días, se dijo entre dientes. Sólo dos días.

El resto, el próximo día 13 de octubre de 2009, con la publicación del octavo número de la revista del taller.

relato – El tiempo necesario

Al final, respiré. Hondamente. Profundamente. Como no recordaba. Sólo un accidente. Había sido eso. Nada más.

Alrededor, piezas. Fragmentos de coche. De mi coche. Ahogué un quejido. No tenía coche. Ya no. Un minuto. Sólo un minuto. Apenas nada más. El tiempo necesario. Después, el caos. Después, sin coche. Tirado. Dolorido.

Grité. No sé porqué. Rabia. Impotencia. Idiotez. Adrenalina. No lo sé. Miedo, tal vez. Luego, los civiles. Buenas tardes. Buenas tardes. Pruebas de alcoholemia. Pruebas de drogas. Pruebas de frenado. Informes. Y el atestado. Ni una sonrisa. ¿Qué ha pasado? Cuéntenos su versión.

Me gusta conducir. Desde siempre. Y el control. Las curvas. La noche. Carreteras regionales, no. Y tampoco autopistas. Prefiero las nacionales. Tienen más curvas. ¿El accidente? Si, en recta. No me explico. Voy atento. Siempre. Soy diligente. Me anticipo. Tengo reflejos. No fumo. No como. No bebo. No tomo drogas.

No lo vi. Eso es cierto. Simplemente apareció. Se puso enfrente. Se tiró encima. Apenas veinte metros. Pero lo esquivé. No sé cómo. Miré. No había nadie. Volví a mirar. Ya estaba allí. Surgió. Sólo pude reaccionar.

Giré el volante. Violentamente. Frené. Temí lo peor. El coche derrapó. Crucé el carril. Vi coches enfrente. Di otro volantazo. Las ruedas obedecieron. Cruce dos carriles. Fui al arcén. Contra el guardarraíl. Me sujeté. Esperé el golpe. No podía pensar. Mi cabeza gritaba. Órdenes tras órdenes. Mi cuerpo respondía. Entero. Sin dudas. Como una máquina. Como nunca. El volante giró. Otra vez. Impacto lateral.

Apenas hubo golpe. Sí muchas chispas. ¡Mi coche!, pensé. ¡Lo estoy destrozando! Pero estaba vivo. Traté de frenar. No quiso. El guardarraíl frenaba. Pero no demasiado. Poco a poco. Lentamente. Parecía que frenaba. Casi estaba detenido.

El golpe apareció. Desde atrás. Inesperado. Con todo resuelto. Otro vehículo. Sin advertencias. Sin ruido. Sin esperar. Ese sí dolió. Y aturdió. Y dió impulso. Más chispas. Mi cuerpo, descontrolado. El coche, lanzado. Sin fricción. Libre.

De pronto, recordé. El freno manual. Podría funcionar. Busqué la palanca. A ciegas. Mano derecha. Palpé. Entre los asientos. ¡Bingo! Tiré. Sin pensar. De golpe. Con fuerza. No esperaba aquello. Frenó, sí. Derrapó, también. Giró. Ciento ochenta grados. Misma dirección. Sentido opuesto. Veía coches enfrente. Venían hacia mí. Esperé otro golpe. Uno frontal, brutal. Nunca se produjo. El coché frenó. Sin más. Sobre la línea. En el centro.

Mi cabeza gritaba. ¡Fuera! ¡Fuera! ¡Sal del coche! Yo intentaba obedecer. Busqué la palanca. La puerta abrió. Estaba intacta. Era lo único.

Salí. Mis piernas temblaban. No me sostenían. Mi cabeza gritaba. ¡Vete al arcén! ¡Quítate del medio! Obedecí. Ví otros coches. Detenidos. Golpeados. Gente asustada. Corriendo. Hacia el arcén. Todos.

Salté el guardarraíl. Caí de rodillas. No me levanté. Vomité. Temblaba. Sudaba. Reía. Lloraba. Todavía vivía. El peatón, también. El coche, no. Veía cachos, fragmentos. Aletas, puertas, focos. Todo roto. Por la carretera.

Alguien preguntó. ¿Está bien? ¿Tiene algo roto? Asentí. Quería hablar. No podía. Paladee vómito. Palpé sudor. Me estremecí. Me ladee. Terminé tirado. Olí la tierra. Sentí calor. Dejé de temblar. Dejé de llorar.

Lentamente, me levanté. Varios coches rotos. Un coche humeaba. Gente esperando. El tráfico, detenido. Al fondo, luces. Se oían sirenas. Se calmaban algunos. Otros lloraban. Uno ofrecía ayuda. Yo no sentía. Apenas oía. Sólo mi sangre. Bom, bom, bom. Contra mis oídos. Nada más.

Respiré. Y paladee vómito.

Ejercicio para el taller de escritura que consistía en escribir un relato empleando frases de tres palabras, como máximo. Hay que estar atento, la verdad, porque a la mínima se lía uno la manta a la cabeza y no le salen frases de menos de quince palabras. Quizá por eso, por ese límite máximo que han impuesto, ahora me desahogo escribiendo el equivalente a medio texto en tres únicas frases. ¡Vendetta!