palabras más, palabras menos

Desde hace poco más de semana y media soy uno de los ciento sesenta personajes que están apuntados al Taller de las palabras, un taller de escritura o escritores que lleva a cabo Tino Pertierra en los foros de La Nueva España. En definitiva, se trata de que un señor nos pone ejercicios semanales, para que un montón de pirados tengan una excusa para no dejar de juntar palabras.

Nunca me había planteado inscribirme en un taller de esta guisa pero, tengo que admitir que, a pesar de empezar con reticencias, estoy disfrutando de la experiencia. Hasta ahora, el camino había sido autodidacta, trataba de aprender mediante libros, ensayos y un montón de textos en los que, con algo de suerte, conseguías enterarte del contenido del índice. Aquí, al menos, ya me han dado dos palabras a cambio del primer ejercicio obligatorio que tuve que entregar: sólido y concienzudo. Quizá algún día sepa qué significa :D .

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letras por libros

Hace tiempo que sigo Náufrago del diario, el blog de Tino Pertierra, donde escribe una columna diaria bastante inspirada e inspiradora. Son pequeñas descripciones del día a día, conversaciones imaginadas y voces en off que conforman un bonito mosaico, de agradable lectura y que dejan, como el buen vino, un poso entre dulce y amargo.

Últimamente cambia cosas por libros. Por una descripción de un rincón o una historia pegada a la canción favorita, Tino envía más letras. De mi primera participación en este divertido concurso gané un libro y con la segunda aspiro a otro. Ambos textos los reproduzco aquí abajo:

Un libro a cambio de tu rincón

A media luz, el futón blanco que está al fondo del despacho gana varios enteros. Si luego decides darle una oportunidad y te sientas, notarás que, aunque es blando, posee un puntito de rigidez que permite pasarse horas sentado, devorando libros, charlando o, todavía mejor, abrazándose a ella para compartirlo.

Un libro a cambio de tu canción

Sólo el principio de aquella canción por trillada y repetida le hizo levantar la vista del vaso, del tercer vaso de Soberano y esbozar una sonrisa cansada. Tenía razón. Tenía toda la maldita razón y él no le había hecho caso. Años escuchándola, tarareándola, dejándose la voz en los conciertos para darse cuenta tarde de que se lo estaban cantando a él.

Le había costado años y un matrimonio verse reflejado en el espejo sucio y oscuro de un bar, a las tres de la mañana y sin prisa por volver a un piso vacío. Ella se había ido y él tenía sed, una sed bronca y gris que no se iba sino al quinto coñac a palo seco.

El final era el mismo desde hacía poco más de un mes. Se levantaba tropezando con el taburete y maldiciendo entre dientes pero esta vez, guardaba el equilibrio a duras penas mientras cantaba a gritos:

…y una mañana comprendí que a veces gana el que pierde a una mujer…

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