para esto sirven las estadísticas

Cada día estoy más encantado de haberme metido en linkedin porque, aunque al principio siempre cuesta volver a introducir toda la información laboral sobre uno, a la larga compensa y te da algunos de esos buenos momentos que no olvidas en tu vida.

Fue uno de estos días pasados, revisando las estadísticas que ofrece la web, cuando sentí algo parecido a un dejà vu de hace apenas cuatro meses. Alguien de google me había vuelto a encontrar.

sourcer

Mi mente, que cuando quiere es muy puta, se encargó de pasar ante mis ojos la estrepitosa entrevista técnica que perpetré y entonces lo entendí todo: ese anónimo buscador del buscador estaba perdido. Como un pulpo en un garaje. Sino, no se habría pasado por mi perfil ni por error.

London calling…

Hace diez años yo era un ferviente seguidor del software libre con experiencia, a pesar de mi edad, que trabajaba en lo que le gustaba y, de paso, se dedicaba a administrar sistemas. Estaba en el escalón más bajo de la pirámide pero era osado y tenia empuje. Hay épocas en las que parece que no hay barreras, límites y así eran aquellos días. Fue, además la temporada que más aprendí, gracias casi siempre al mítico naveiras, que ejerció de gurú, guía y consejero.

Fue, también, la época en que puse mis metas a la altura de mis sueños: quería trabajar en Google. Pensaba, ingenuo de mí, que mis conocimientos, mi bagaje era suficiente para convencer al buscador. Envié mi currículum varias veces, rastreé con esmero sus ofertas de empleo en la web e incluso traduje mi hoja de servicio al inglés, con la idea de terminar en las islas británicas. Todos los esfuerzos fueron baldíos y me empeñe en esperar una llamada telefónica que nunca se produjo.

Hasta la semana pasada.

El lunes recibí un email en linkedin, la red laboral, de un reclutador de google, interesándose por mi predisposición a un cambio de residencia, de país y de trabajo. Tienen, decía el correo electrónico, una necesidad que cubrir en Londres. Al igual que me sucedió con el gran sueño americano, tuve que leer varias veces el correo para creerme lo que leía. No era spam, tampoco era una broma y no me vendían nada… sólo podía ser cierto.

Mi respuesta volvió a ser afirmativa y, de nuevo, la espera de una respuesta se nos hizo eterna. eme, por su parte, dejó bien claro que prefería Chelsea sobre Nothing Hill y un apartamento coquetón, un loft blanco, luminoso y céntrico, sobre una casa. Fue, supongo, su manera de escapar a la ansiedad.

Un par de correos electrónicos más tarde, el reclutador quedó en llamarme el jueves, para charlar un rato. Dicho así suena extraño pero fueron sus palabras. Nada de entrevista, job appliance, ni nada por el estilo. Una charla, casi entre colegas de toda la vida, al más puro estilo Google, desenfadado y casual. Pintaba bien.

Pero, en la práctica todo resultó mucho más complicado, principalmente por la línea de teléfono. La conversación se produjo a trompicones, con una de las partes, yo, escrutando cada ruido tan atentamente como podía, incluso a pesar de perder una de cada cuatro palabras. Además, no fue una entrevista al uso (algo esperable por parte de esta compañía) y no hubo repaso de currículum, aficiones, hasta luego y, si nos gustas, llamamos otro día para hacer las preguntas técnicas. Aquí fue todo en uno, de hecho, la parte técnica fue lo que más tiempo llevó. Tampoco se anduvieron con rodeos a la hora de decir que no había respondido bien suficientes preguntas, cosa que agradecí, por aquello de evitar la espera sabiendo el resultado. Al cabo de algo menos de una hora, me encontré con una puerta cerrada y una advertencia: aprende y en un año volveremos a hablar.

Así que en poco menos de una semana he podido cumplir, en parte, un viejo sueño, uno de los más recurrentes e inalcanzables. Ahora, con estos pocos días en medio puedo decir que no terminé de creérmelo, no podía por más que lo deseara, porque aunque más viejo y veterano de más guerras, soy un poco más honesto. Sabía que no tenía ninguna oportunidad pero, ¡qué coño!, no iba a dejar de probar suerte.

Ahora ya puedo decir que me google me ha buscado para hablar de trabajo. ¡Hay mus! :)

mi gran sueño americano

Duró, como la mayoría de los sueños, poco tiempo. Apenas tres semanas de incertidumbre, nervios e ilusión que comenzaron el martes que recibí un correo electrónico de Facebook. En él una reclutadora de la red social me preguntaba si estaba dispuesto a escuchar ofertas de trabajo para San Francisco. Al principio creí que era spam y tuve que leer varias veces el texto para creérmelo. Y dije que sí.

En su correo ya me mencionaban el inmenso potencial que tienen, el número de usuarios activos con que cuentan y la increíble cantidad de volúmenes de datos que manejan. Un caramelo jugoso para un administrador de sistemas. Por mi parte puse todo mi empeño en dos frentes: cagarla lo más tarde posible para disfrutar del viaje y pensar que vivía en un programa de cámara oculta para no darme por enterado, pues había mucho en juego.  

En la semana siguiente cruzamos varios correos más hasta fijar una primera entrevista telefónica. Como entre la costa oeste americana y España hay nueve horas de diferencia su llamada, tempranera, me pilló en la playa con el sol bajo y batallando con mi sobrino. Como todas la primeras entrevistas sirvió para demostrar que ninguno iba de farol y hacer una primera criba con los que sobran. Aunque no estuve especialmente suelto gracias a mi inglés bastardo, pasé el trámite con cierta solvencia. Next level, rezaba el mensaje que envié al puñado de amigos que tenía idea del proceso.

Más correos electrónicos, más nervios mientras eme, tensa y expectante, soñaba con una casa victoriana de colores vibrantes en una de esas avenidas en cuesta por donde se tiraba Steve McQueen en los setenta. La oportunidad era, al mismo tiempo, enorme y aterradora. Empezar de cero otra vez, en otro país, lejos de todas partes pero con eme, se me antojaba bastante más sencillo que cuando me vine a Extremadura aunque me planteaba las mismas dudas sobre los límites de mi capacidad.

La segunda entrevista telefónica también me pilló en la playa, en una de el País Vasco. Fue técnica y más trabada que la primera porque había cambiado la interlocutora y también el tipo de entrevista. Comandos, ficheros de registro, números que indican porcentajes y cosas así me tuvieron batallando con la memoria y el idioma durante veinte minutos. Al terminar, como la vez anterior, un escueto recibirás noticias en un par de días y el tiempo se puso de parte, se espesó hasta no transcurrir y me tuvo consultando el correo cada diez minutos, dentro del horario laboral de la costa oeste.

Algunos amigos ya trataban de reservar una habitación “barata y con vistas a la bahía” para el próximo verano cuando llegó el último correo. No había pasado la entrevista técnica y, con gran pesar, daban por zanjada mi aventura americana, aunque quedaríamos como amigos. En mi respuesta les agradecí la oportunidad y el esfuerzo, consciente de que han sido mis quince minutos de gloria y que los niveles de ilusión y ganas tardarán mucho tiempo en alcanzar las cotas de estos días.

Nos llevó un par de días asumir que se había acabado, deshacer las maletas imaginarias y poner en venta la casa victoriana con vistas a Alcatraz para que finalmente, el sueño se difuminase como la niebla. Como sucede cuando alguien ilumina de golpe una escena, lo vimos todo con claridad: habíamos despertado al gran sueño americano.