el lado del cliente

Ayer fue el último día de trabajo de cinco compañeros que, hace un tiempo, decidieron dejarse unos meses tras los libros y presentarse a unas oposiciones. A estos cinco les salió bien y hoy, a estas horas, ya están al otro lado de la línea, del lado del cliente.

Como casi siempre, las despedidas fueron la parte más extraña de todo el proceso, con esa mezcla de alegría y tristeza. Alegría porque es una mejora en su trabajo y en su vida, qué duda cabe. Tristeza porque, por muy bien que se de, la relación con ellos ya no volverá a ser la misma. Sí, todos mentimos diciendo que nada cambiará pero, lo cierto es que siempre hay algo que cambia y que enfría ánimos y cambia relaciones. Puedes seguir compartiendo cosas pero, a falta de un espacio común donde rozarse día tras día (metafóricamente hablando), las cosas cambian irremediablemente.

Convertirse en funcionario nunca fue una de mis prioridades pero, dado que estoy en la comunidad autónoma con más porcentaje de trabajadores de la función pública por habitante, casi un treinta por ciento, no puedo negar que se me haya pasado por la cabeza. Para bien o para mal, ese pensamiento sólo ha estado unos segundos en mi mente antes de ser descartado. No por nada, sino que creo que no es una buena opción laboral para mí, aunque la realidad se empeñe en abrirme los ojos a hostias.

En fin, compañeros, amigos, ahora estaís del otro lado del teléfono, sed buenos, pacientes y acordaros (a menudo) de lo que es estar aquí.

ei, bi, si, di…

Esta mañana tuve una de esas experiencias que uno tarda en olvidar, ya sea porque pueblan las pesadillas durante una temporada o porque, hasta que llega, quita el sueño. Durante casi dos horas estuve haciendo una presentación del proyecto en el que estoy metido, en inglés. No fue difícil pero tampoco fue fácil, máxime cuando sólo pude prepararlos durante un par de días. Las cosas más obvias, con los nervios, se me olvidaban y las notas que había tomado me salvaron un poco el pellejo. Al final, nuestros insignes visitantes parece que quedaron contentos y yo salí vivo, que ya es más de lo que contaba.

eme, por su parte, estaba encantada de volverme a ver vestido de traje…

limón

El viernes pasado, durante la comida de empresa típica de estas fechas, mis compañeros me otorgaron el premio “Fernando Fernán Gómez al más limón”. Hubo muchos más premios, con varias categorías tan dispares como la simpatía (el clásico premio naranja) o al mejor compañero pero, sinceramente, sigo pensando que me llevé el más significativo.

Desde que tengo uso de razón, siempre que ha habido una entrega de premios, ha habido premio limón y, normalmente, el agraciado no suele recogerlo de buen gusto. A mí me encantó recibirlo sobre todo porque no habría sido posible sin mis compañeros, que se han pasado un año desoyendo mis indicaciones para llamarme borde y pesado por algo tan sencillo como recordarles las cosas. Quizá por eso, casi me cae otro de los posibles diplomas gracias una expresión adaptada del impagable RTFM.

En fin, que tengo un cáctus de plástico sobre mi equipo que, aunque no anula la radiación del monitor, sí tiene una maceta de barro que pesa lo suficiente, como para ser utilizada como arma arrojadiza. Quien sabe, a lo mejor el año que viene me dan el premio a la mejor puntería.