es parte del juego

Todos cumplen su papel, que en cinco temporadas da para muchísimo más, para cambiarte una vida, y para enseñarte las cosas tal y como son. Y Omar, todo rock’n’roll en sus venas, diciendo al abogado: “Igual que usted amigo. Yo tengo la escopeta. Usted su cartera. Es parte del juego ¿cierto?”. Lo dicho, The Wire te cambia la vida.

El juego de Omar Little en The Wire.

cerrando temas y series: the wire

Dos días después de asistir al final de Lost, en una ceremonia más íntima y personal, vi el último capítulo de The wire. Hace una semana, poco más o menos, 24 también emitía su último capítulo y ayer, ¡maldita sea! Pelotas, la única serie nacional que seguía, terminó de malas maneras, esperando una tercera temporada que nunca llegará.

Pasado el apurón de Lost, me tomé un tiempo para disfrutar de The wire, una de esas joyas televisivas que, además, resulta tremendamente adictiva. Antes de nada, comentar que no es una serie al uso, es decir, que a pesar de ser policiaca hasta el tuétano, no resuelven cuatro casos por capítulo, ni los investigadores son una rama altamente especializada en resolver crímenes ni, por supuesto, los análisis de ADN, la piedra angular de cualquier investigación, se realizan en apenas diez minutos y se anuncian con pitidos de ordenador. The wire no es eso, ni lo pretende. Se trata de una serie lenta, de digestión árdua, del tipo de series que prefiero últimamente. The wire es un chute de realidad y pobreza, un cóctel explosivo empaquetado en un lugar que sólo conocía de un puñado de referencias de algunos libros, Baltimore.

The wire

The wire

En The wire todo pasa lentamente, despacio. Los análisis se hacen en un mes, más o menos, y los detectives se equivocan al analizar una escena del crimen o acuden borrachos a trabajar. No es el mundo perfecto, ni lo intenta. Hay errores, algunos aciertos y mucha incomunicación entre los distintos estamentos y, como punto central de todo, una escucha telefónica, un cable (wire, en inglés), que permite a la policía seguir los pasos de los chicos malos. Y Baltimore, la ciudad, es un personaje más, compuesto de mil caras. Las casas vacías, los muelles o las esquinas del oeste cobran vida, mágicamente y pasas a ocupar un sitio más en el elenco.

Habla, principalemente, de los esfuerzos de la policía de Baltimore para hacer cumplir la ley, pero también de todo lo que se relaciona íntimamente con ella: la política (los tejemanejes del ayuntamiento), la judicatura y los delincuentes. Lo mejor de la serie, sin duda, es el retrato descarnado y limpio que hacen de los personajes. Policías cuya única motivación es el alcohol y la forma de evitar hacer su trabajo, criminales que van siempre dos pasos por delante, sencillamente porque los perseguidores (policía, jueces) no saben anticiparse o hablar entre ellos y, en medio de todos, la población de los peores barrios de la ciudad y los drogadictos.

En una serie que se basa, y cómo, en unos personajes magistralmente definidos e interpretados, me resulta muy difícil escoger sólo un personaje pero, de tener que hacerlo, me quedaría con Bubbles. El motivo es muy sencillo: en el cuarto episodio hice un alto en la emisión para cerciorarme de que realmente se trataba de un actor, Andre Royo, y no de un verdadero drogadicto. El listón, está muy alto y el puesto muy discutido. Por el lado de los buenos, Lester Freamon, el detective perspicaz y tenaz tiene muchas bazas, pero también las tiene Omar Little, el ladrón de gansters. En una serie tan coral, con tantos y tan buenos personajes, como decía, lo difícil es elegir uno.

Son cinco temporadas, cada una basada en ámbito de la vida de la ciudad. Comienza con la lucha antidroga en el oeste de la ciudad para pasar, en la segunda temporada, a pelear con los estibadores del puerto. En la tercera, la acción vuelve al oeste, donde los gánster se han hecho con el control del barrio y hay continuos ajustes de cuentas. La cuarta, mi favorita, se centra en el juego político del ayuntamiento y, sobre todo, en la educación de los chicos de las esquinas y, por último, la quinta temporada culmina con el cuarto poder, la prensa. Esta organización de las temporadas, tocando temas tan concretos se debe, supongo, a que los guionistas trabajaban como periodista y policía antes de escribir la serie.

Me he dado cuenta de que, como a ciertos autores, he comenzado a seguir los productos de la cadena HBO, la responsable de The wire y algunas otras series que también me han dejado huella: Six feet under (A dos metros bajo tierra), In treatment, Generation kill, Band of brothers (Hermanos de sangre) o The pacific, del que estoy a un episodio del final.

Por cierto, si alguien se queda con ganas de más, los mismos guionistas se han embarcado en otra serie, en otra ciudad y con otro barrio: Treme, en Nueva Orleans. Si en The wire la droga lo impregnaba todo, en Treme es la música lo que une. Tres episodios llevo y ya tengo que andar tomándolo en raciones pequeñas para no agotarla.

¡soy un agradecido!

EL AGRADECIDO
La última raza no es ingenua, ni advenediza, ni despechada. Es una raza que prefiere los viajes y no los destinos. Una raza que ama las preguntas, sabiendo incluso que las respuestas nunca superan las expectativas. Esta especie no compró nunca merchandising de LOST, ni pensará jamás que una serie puede cambiar el mundo. Pero durante 116 semanas descargó con cuidado un video y le puso un subtítulo, y se sentó en el sofá a disfrutar de una historia. Supo, esta raza, que solamente había sentido ese placer único, ese placer primitivo, a los doce años, cuando leía a Verne o a Stevensson (que también dejaban hilos sueltos). Y cuando acabó la season finale no lloró de emoción ni se sintió defraudado. Pero notó que algo —en su vida— había llegado a destino, y supo que ya no habría viajes placenteros, de ese estilo, nunca más. Pero como el viaje había sido intenso y conmovedor, y también esperanzador y trágico, antes de apagar la tele por última vez dijo “gracias”. Y siguió con su vida.

Hernán Casciari en Ocho espectadores en busca de un final

El miércoles, oficialmente, se terminó Lost para eme y para mí. Lo que empecé el lunes a las seis de la mañana lo terminé el miércoles a la una de la madrugada. Costó pero finalmente pude ver los seis minutos que olvidaron en Cuatro y la última media hora por tener que ir a trabajar. Y debo decir que me gustó el final.

Comenzamos a ver Lost hace poco más de cuatro meses, del tirón y como si hubiésemos apostado algo. «Nos lo tomamos con calma y así podremos ver todos los capítulos sin esperar por la última temporada», decíamos. La realidad, obstinada, es que nos enganchamos a las historias cruzadas, a los saltos temporales y hasta a los osos polares y alcanzamos el ritmo de las emisiones recién comenzada esta sexta y última temporada.

¿Y todo para qué? Para seguir una serie que, por primera vez ha hecho partícipes a sus seguidores, yendo más allá que el emitir cada capítulo y esperar buenas audiencias. Desde el primer capítulo nos han liado todo, la cabeza y las ideas, para mantenernos en tensión, expectantes. Y les funcionó.

Como todas las series tiene altibajos, capítulos memorables y diálogos que seré capaz de repetir dentro de veinte años. Pero no recordaré Lost por eso, ni por las intrigas. Recordaré esta serie porque no sólo había que ver los capítulos, también había que seguirla en Internet, en foros y blogs. Y había hay que escuchar muchas opiniones y teorías de todo tipo. Sin ir más lejos, el retraso de un día medio para ver el último episodio significó, en la práctica, que tuviese que desconectar todos los servicios a los que normalmente me conecto (twitter, facebook, blogs) e, incluso, que no pudiese acceder a el diario El País para no ver un artículo en portada que destripaba (o eso creo, no pasé la vista por el titulo :) ) el final.

Con el final, como dije, he quedado bastante contento por un motivo fundamental: no lo esperaba y no nos han tomado por idiotas. Independientemente de que lo importante fuesen los personajes o la isla, era demasiado fácil tirar por el camino del buenrollismo y resolver todas las dudas, dándoles además, un final previsible a cada personaje. En vez de copiar el consabido “todo era un sueño; ahora vas y encajas las piezas como puedas”, se han inventado otro, basado en una idea que llevaba rondando en Internet desde el principio, pero dándole una vuelta de tuerca más. Y, por supuesto, del millón largo de preguntas (diez arriba, diez abajo), que plantearon a lo largo de las seis temporadas, apenas si han dado respuesta a unas pocas, dejando para la imaginación y las ganas de cada uno el resolverlas.

Recomiendo, en cualquier caso, los artículos de pjorge sobre todos y cada uno de los episodios de la última temporada (Lost, 6ª temporada, episodios 17 y 18, “The End”). Con un análisis tan detallado y completo, la historia se desgrana prácticamente sola ante tus ojos.

Y ahora sí, doy por finalizada Lost.