Archivo de la etiqueta: viajar

fotografías – París

A mediados de febrero nos fuimos cuatro días a París, la capital del país vecino, como regalo de Reyes, una de esas nuevas tradiciones que hemos ido adquiriendo. De los dos, sólo yo había pasado por la ciudad de la luz veinte años atrás, así que se podría decir que íbamos en igualdad de condiciones y conocimientos.

Torre Eiffel (VIII) blanco y negro Louvre (VII) cascos

Tras la pertinente investigación y estudio con guías de viaje, blogs y padres (más guías de viaje, mapas, comentarios, must-have, etcétera…), nos embarcamos en un avión a las siete de la mañana para volar desde Sevilla.

Sacré-Cœur (III) cantante

Aunque nos gusta, cada vez más, recorrer una ciudad desconocida tranquilamente, en esta ocasión y por el poco tiempo y lo mucho que ver, tuvimos que meternos en el pellejo de turistas y sacrificar ciertas buenas costumbres. El resultado fue que hicimos muchas fotos de la torre Eiffel (muchas, muchas), estuvimos varias horas en el Museo del Louvre, tratando de aprender algo y esquivar a los sacafotos compulsivos y compartimos Bateau Mouche con una horda de adolescentes yankis.

moulin rouge (II)

Sena

El poso y los recuerdos que quedan de esos fríos días de febrero son muy buenos aunque la vuelta fue a las tantas de la madrugada y del lunes siguiente sólo tenemos recuerdos somnolientos,

gárgolas (III)

Como siempre, se pueden ver una selección de las fotos aquí abajo:

O con más calma y sin animaciones, en este set de flickr: París 2012.

Stockholm

«Estocolmo lo componen catorce islas», me dijo eme en el avión, de camino a la capital de Suecia y no me extrañó porque todo el vuelo había transcurrido sobre lagos. Más tarde descubrimos que la mayor parte del tiempo que pasamos en la ciudad, lo hicimos rodeados de agua o, directamente, sobre ella.

panorámica de Gamla Stan desde un barco

A pesar de estar construida a caballo entre la tierra y el agua, la ciudad es inmensa y cuenta con todo tipo de comodidades para moverse. Como no, las bicicletas siempre son la mejor opción pero, también hay metro, tranvía, autobuses y taxis. A pie, si uno está en buena forma física, puede ser la mejor alternativa.

Como es la ciudad más grande de todas las que íbamos a visitar en Escandinavia, decidimos pasar más tiempo allí que en ninguna otra y reservamos cinco días casi completos. Y mereció la pena. La primera noche, dimos un largo paseo hasta el final de la isla de la Ciudad Vieja (Gamla Stan) y, de vuelta al hotel, el Ayuntamiento aparecía especialmente brillante entre el agua y las nubes.

Gamla Stan es una pequeña isla, prácticamente peatonal, que merece ser recorrida de arriba a abajo unas cuantas veces. Así, entre lluvia, restaurantes de lo más variopinto y el museo de Alfred Nobel, uno se puede encontrar tiendas de souvenir, de juguetes o de discos y libros. Pasear por la mañana de un día laboral garantiza que todos los transeuntes sean turistas (mayoritariamente chinos) y hacerlo por la noche, es garantía de tranquilidad y sosiego.

en el Palacio Real de Estocolmo

En una ciudad (y un país) donde hace cincuenta años definieron la forma de hacer los pisos del resto de Europa, con sus ventanas, su pequeña terraza y algo de jardín para que jueguen los niños, absolutamente todo está ordenado y en su sitio. Tanto es así que me extrañó que las islas no estuvieran ordenadas alfabéticamente.

Tras la segunda Guerra Mundial, el partido que gobernó lo hizo durante cerca de cuarenta años y le dio al país el concepto de estado del bienestar que abanderan hoy. En los setenta, cambió el gobierno y el nuevo jefe se encargó de continuar con las ideas del anterior. Exactamente igual que en España, donde lo primero que se ven son las guadañas. Escuchamos esta historia en el barco turístico que rodea Estocolmo y, sobre la marcha, empezamos a pensar en pedir asilo.

tiovivo muerto

Las islas más cercanas al centro de la ciudad tienen un cometido, una función. Al otro lado del museo de Historia Natural está Skeppsholmen, con el museo de Arte moderno y unas extrañas esculturas al aire libre que recuerdan vagamente a Curro, el de la Expo de Sevilla. Djurgarden, por el contrario, tiene un parque temático de casas suecas desde 1100 hasta 1850, un recinto con animales típicos del país, el museo del Vasa, un galeón que se hundió el día que lo botaron y que resulta inmpresionante y unos cuantos museos más. Gamla Stan, además, alberga el Palacio Real y el parlamento.

piedra rúnica en Djurgarden

Como estaba previsto, caminamos mucho, recorrimos una gran parte de la ciudad a pie y degustamos algunas de las delicias locales, unos arenques crudos en varias salsas con sabor a Baron Dandy, que volvieron a conseguir que eme pusiera cara de asco durante una cena completa.

Aún así, para tratarse de una ciudad prácticamente desconocida y de la que apenas tenía referencia (ABBA no cuenta como tal), volvería para quedarme sin ninguna duda.

Copenhagen

Tengo cierta tendencia a evocar mi infancia y todo lo que allí sucedió para explicar ciertas acciones en el presente y, una de las más claras, fue viajar a Dinamarca. Además de las galletas danesas y los cuentos de Andersen, la imagen que arrastraba desde hacía años era la de una pequeña estatua de bronce de mirada melancólica, que mira al horizonte desde el puerto de Copenague.

la sirenita (I)

Y no defraudó, la verdad. Ni la estatua de la sirenita, ni el resto de la ciudad. Es muy posible que, al ser la primera escala del viaje, todavía arrastrásemos el complejo de españolitos con nosotros y todo nos pareciese más grande, más bonito y más brillante que cualquier cosa que viésemos en España. Pero ese complejo no se fue en todo el viaje. Todo en esta ciudad estaba diseñado pensando en el uso y la función que tendrían. Y todo era bonito y fácil de usar.

bicicletas familiares

Lo que probablemente no esperaba y me impactó de lleno fueron las bicicletas. Creo, y esto es algo completamente subjetivo, que cada danés debe tener tres o cuatro bicis porque es la única manera en que me salen las cuentas. Era, además, una delicia ver a tanta gente montando en bicicletas de todo tipo, formas y estados, acompañados, con críos y con plataformas en la parte delantera para poder llevar cajas o más gente. Daba igual el estado de la bici mientras anduviese y había alguna que no te llegabas a explicar cómo podían moverse. El ayuntamiento también tiene sus propias bicis que cualquier puede usar y, aunque al principio nos dieron un poco de miedo porque no tienen freno y la forma de detenerse en pedalear hacia atrás, al final terminé cogiéndoles el truco. El sistema de alquiler es sencillo, como el de los carros de supermercado, sólo hay que tener una moneda de veinte coronas y desbloquear el candado. Lo difícil es encontrar una bicicleta libre.

panorámica de Nyhavn

Teníamos idealizados a los escandinavos como fríos y distantes (y altos y rubios :) ) y el choque fue brutal. Pocas veces he visto gente tan amable y dispuesta a ayudarte sin esperar a que pidas auxilio. Un ejemplo: al aterrizar me pegué con una máquina para comprar los billetes del tren a Copenague y compré cuatro tickets en vez de dos. En la ventanilla de asistencia, una señora enorme y con una sonrisa del mismo tamaño sólo dijo “y sí querías dos, ¿por qué has sacado cuatro?” antes de estallar en una carcajada y devolverme el dinero sobre la marcha. Ni reclamaciones, ni malas caras ni largos procesos en los que parece que, más que el importe de un par de billetes, te están devolviendo el PIB de algún país pequeño.

Y luego está ese pequeño detalle del civismo y la educación. Ahora sé que allí sí tienen de eso y que aquí, nosotros, sólo creemos saber qué es. Puede sonar duro pero, ¡qué coño!, he tenido la sensación de haber viajado al futuro cincuenta años y ahora estoy curando la decepción posterior.

Y, para terminar, una curiosidad: no todo en la cocina local es maravilloso. Muchos platos lo son, de verdad, pero en ocasiones uno falla en la elección. Y sino, sólo hay que pedir un Steak tartar. Una delicia.

creando complicidad

Este fin de semana nos lo hemos reservado eme y yo para realizar un pequeño viaje a Lisboa. Desde hace tres años, los reyes majos nos traen un único regalo para los dos, normalmente un viaje. No es nada espectacular (salvo una vez en Granada), solemos elegir un destino cercano para no hacer muchas horas de coche y siempre vamos con el LED de turista activado. Si conocemos el lugar, nos dedicamos a callejear y pasear y, si no lo conocemos, paseamos y callejeamos, visitando los sitios más típicos. Por supuesto, no descuidamos la gastronomía, que es la forma elegante de decir que nos ponemos hasta los ojos con las viandas típicas de la zona.

Tratamos de hacer de esos días un fin de semana para nosotros, alejados de Mérida, de las rutinas diarias, de los horarios. Intentamos, sencillamente, tener algo de tiempo para gastar juntos, una actividad verdaderamente complicada cualquier día laborable y algunos fines de semana. Y son buenos esos instantes, paseando por alguna de las calles del centro de una ciudad que no es la tuya, comentando cualquier cosa insignificante que nos haya llamado la atención, buscando ángulos para disparar la enésima fotografía del día.

Creando complicidad, que falta hace. Son los días que recordaremos cuando la realidad, obstinada, se imponga. Porque lo hará. Mientras tanto, estaremos en Lisboa.

Uscita lato destro

Roma es una de esas ciudades con demasiadas historias a cuestas para que un turista sienta fuerzas de conocer la mayoría. Mil veces destruída y otras mil veces construída, la ciudad ha sabido emerger sobre el pavimento con esa mezcla de caos e Historia (con mayúsculas, que estamos hablando de la ciudad eterna) que resulta tan embriagadora. La ciudad dispone de todos lo necesario para encandilar, uno por uno, a cuantos turistas pisan sus calles. Infinidad de monumentos, pequeñas historias de gente que lleva siglos muerta, lugares emblemáticos gracias al cine y un sinfín de personajes poblando sus calles la convierten en un sitio atractivo y peculiar.

Hace algún tiempo leí, en una de esas columnas de diario que te ilumina la vida, que en la actualidad las personas no viajamos para aprender ni para observar otras culturas. Hoy en día, el turista medio viaja para ver si los monumentos que venían en el catálogo de la agencia de viajes están donde se supone que estarían. Uno no visita el Coliseo de Roma para admirar su grandeza, sus medidad de coloso ni para imaginar cómo se vería lleno. No. Uno viaja para ver si, saliendo de la estación de metro Colosseo, junto al circo romano, el Palatino y el Foro itálico, están un montón de piedras formando una elipse. Por eso esta ciudad es tan especial, porque los catálogos siguen teniendo la razón.

Todo en Roma es turismo, respira turismo y vive del turismo. Imagino que, como en todas partes, habrá muchos más negocios pero, la cara que muestra al visitante está volcada con el turismo de masas. De día y de noche, las calles más céntricas de la cuidad se llenan de gentes de mil países, armados con cámaras digitales y fajos de euros, en busca de una verdadera experiencia turística. Rosas bañadas en la Fontana de Trevi, Polaroids con tu cara quemada por el flash y Neptuno ilegible en la distancia, camisetas con declaraciones de amor a la ciudad e, incluso, artilugios voladores luminiscentes pueblan las manos y las mochilas de la gente. Muchas de esas personas, ávidas de material digital que llevar a sus casas, filman y fotografían todo aquello que esté fabricado en mármol, el material de los Emperadores y los Papas. La estupidez llega al punto de fotografiar cualquier estatua, cuadro, tapiz o mosaíco que hay en los Museos Vaticanos, de camino a la Capilla Sixtina y, como no dejan tomar fotos en el lugar más visitado del museo y el techo está muy alto, levantar un par de veces la vista y salir corriendo hasta el McDonalds más cercano.

Por mi parte, adoro el lado más serio de todo cuanto se puede ver en la ciudad pero también me encantar perderme entre el gentío, sentirme un turista más y saber que, momentaneamente, mis euros y mi cámara de fotos está a salvo entre el gentío. Esto ocurre, normalmente, al caer el sol, tras haber caminado demasiado, haber vuelto a vivir retazos de la infancia, cuando recorrí la ciudad con dos profesores de historia y cuando, por enésima vez, eme me suplica que deje de hacer fotografías a un pedazo de mármol que tiene quinientos años.